Lucía.
El tío David me acompañaba en la oficina en su malísimo intento de calmar mis nervios.
Nicolás fue claro con sus instrucciones; hasta dejó una nota sobre su escritorio para que no las olvidara.
1. No salgas de la oficina hasta que vuelva.
2. Cierra con llave la puerta y no permitas a nadie entrar.
3. Nunca le creas a los hombres con los que trabajamos (a excepción de mí)
4. Irnos a casa a tomar chocolate caliente y comer pan, o ir por tacos (tú decides)
5. Estrenar la pijama de seda roja que dejé sobre la cama
6. Siempre estar pensando en mí, sin que nadie te distraiga de mi belleza y mis grandes bíceps.
Pdta..
No olvides que: te adoro, preciosa. Dejé un nuevo perfume con extracto natural de menta en el primer cajón del escritorio por si te desesperas, y también una foto mía por si necesitas motivación.
Al terminar de releer la nota por quincuagésima vez, revisé los cajones para encontrarme con que exactamente había dejado una foto de él sin camisa, con una nota adhesiva que decía:
"Qué lo disfrutes, preciosa. Provecho"
—Llevan horas en la sala de juntas. No puedo seguir aquí, tío. Tengo que saber de qué hablan.
Ninguno de sus remedios pareció haber funcionado. Ya le había fallado con la regla 2 de la lista al dejar entrar a mi tío.
—Confía en Nicolás.
—Confío en él, pero en su padre no.
Al menos esa no la rompí, porque sí confiaba en él. Más no se lo admitiría en la cara, porque eso le subiría el ego.
—No somos nadie para juzgar a las personas —me sostuvo al intentar abrir a la puerta.
—Cierto, pero él no es una persona.
—Lucía.
Me advirtió al ver que estiré mi mano para quitar el seguro.
—No es una persona —repetí, segura de que no lo era—, ni un padre.
¿Por qué no podía juzgar al monstruo que fue con su hijo?
No le bastó con golpearlo cada que podía y lastimarlo sin piedad alguna. Me pedía que entendiera que el hombre que era un gran padre en los ojos de todo el mundo, a espaldas sumergía a su hijo dentro de una bañera para que supuestamente dejara de llorar.
Tal vez fue un gran patrocinador para la vida; ojalá hubiera sido un buen padre. La tía Lilia había hecho bien al divorciarse de él, pero merecía más sufrimiento para que sintiera en carne propia lo que significaba ser su hijo.
—No lo voy a dejar solo.
Quité el seguro de la puerta, ignorando cada instrucción, y llegué hasta la sala de juntas. Un escalofrío me recorrió la espalda y una punzada en mi corazón me frenó.
—¿Te gusta Lucía? —recalcó Rubén, el padre de Nicolás.
—No —respondió seguro, sin darse cuenta de que lo observaba por la puerta medio abierta—. No es apropiado de mi parte enamorarme de todas mis secretarías. Es mi asistente; sirve para cumplir mis deseos y ya.
Las últimas palabras me dolieron como un cuchillo a la yugular. Deseaba que estuviera mintiendo.
Tal vez esperaba ser alguien para él y no un simple objeto saciante.
—Creo que estás enamorado de ella.
—Daré este comunicado una única vez. —Se puso de pie ante toda la junta directiva, solicitando su atención.
Arregló su traje y se reacomodó la corbata que esta mañana le había ayudado a atar.
—Adelante
Su padre se levantó de su asiento al otro lado de la mesa. Nicolás tensó su músculos y enderezó su espalda.
—Lo que pasa con Lucia es totalmente profesional. Te equivocas al creer cosas, papá. Lucia solo desea salir adelante
—Desea tener un esposo millonario para que la proteja del mundo
—Y no desperdiciaré mi empresa para ello —lo interrumpió.
—El señor Nicolás tiene razón —añadí entrando al lugar con un nudo en la garganta—. Soy una simple secretaria que hace su trabajo, permiso.
Una asistente que no debió atender esa llamada en la madrugada y una estúpida que no debió haberse dejado besar por él. Porque desde que puse un pie en esta oficina deseé a Nicolás y, desde que me besó en esa regadera, me tuvo comiendo de su mano.
Quizás no debí, pero sí lo hice.
Asumo que fui yo quien se lastimó al creer que él me amaría de la misma manera..
***
—¿Segura? —me cuestionó mi tío, haciendo más complicado todo esto.
—Saca el maldito escritorio y regrésalo a su lugar.
Lugar donde no debió moverse y de donde no debí salir.
—Gracias —le agradecí al ver todo como era desde un inicio.
Volví a mi silencio y a mi escondite. Viéndolo desde mi lugar, seguía en su computador sin apartar la vista.
Sin dar una simple explicación.
Dolió que no me desmintiera enfrente de todos, y me destrozaba que no lo hiciera en nuestra privacidad, en nuestro "lugar seguro".
Tal vez esperaba que corriera a mis brazos y me dijera que todo fue un simple malentendido.
Simplemente esperaba borrar esa estupidez de mi cabeza.
Esa que tenía nombre y apellido: Nicolás Hernández.
Mi celular sonó repetidas veces. ¿Era él apiadándose de mi corazón o intentando tomar ventaja? Nunca lo sabría porque no lo revisé. Mejor apagué el dispositivo y lo puse boca abajo sobre la mesa.
Trabajar no me resultaba desde hace varios días, pues mi mente no se quedaba quieta, disociando cada segundo.
Un correo apareció en mi pantalla, sacándome de mis escenarios mentales, y el destinatario estaba justo en la oficina de enfrente..
"Ábrelo", leí en sus labios y lo ignoré.
Llegó otro mensaje y no me digné ni siquiera a voltearlo a ver. Los problemas se arreglaban en persona; si se excusaba detrás de una pantalla era porque todo fue cierto.
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Editado: 27.05.2026