Nicolás
En el segundo en que puso sus ojos en ella, supe que el alejarla era lo correcto.
Aunque eso significara no tenerla de inmediato
—Isabel habló conmigo. No tomaré represalias y no me arrepentiré de lo que dije.
—Mira, papá, lo de ayer...
Fue un error en todos y cada uno de los sentidos.
—¿Valió la pena? —indicó su labio partido, aún rojo por el golpe—. ¿Al menos ella es la indicada?
Levanté la cabeza, sin comprender a dónde iba esta conversación. Lo hecho estaba hecho. Los golpes ya estaban dados y el dolor ya se había esfumado. No le pediría perdón y tampoco me sentiría mal por él.
—¿Qué esperas que responda? —titubeé solo una vez.
Después recordé cada día en la bañera, cada grito, cada regaño y cada petición de no ser su hijo. Entonces, allí, mi pecho se comprimió, sin poder llorar.
No sabía hacerlo..
—¿Si la quieres? Sé lo que dijiste ayer, pero no lo creí.
—¿Estamos haciendo esto de papá e hijo? Bastaba partirnos la madre para crear este vínculo —enmascaré mis ganas de gritar y salir corriendo—. Pero falta algo. Cierto, la confianza.
—Solo responde mi pregunta
—¿Por qué, papá?¿Por qué?
—Porque quiero saber. Quiero saber de tu vida, de tus días. Quiero estar allí para ti.
Sí, eso faltaba. Darnos una leve paliza para arreglar nuestros problemas. Me encantaría no sentirme como un monstruo que daña todo lo que toca y así poder estar tan tranquilo como él.
—¿Para qué? ¿Para lastimarme más?¿Para que la separes de mí como lo sueles hacer?¿Para golpearla también?
—Para acompañarte.
—No me malentiendas, pero la última persona que deseo que esté a mi lado eres tú.
—La amas
Sí, la amo más que mi maldita vida, más que a todo lo que pude imaginar. Pero si se lo decía, lo arruinaría más y me separaría de ella.
Protegerla lejos de él y de todo ese odio que pasaba por mis venas era lo único que me daba paz; que me calmaba. Porque el que estuviera aquí significaba que la dañaría, como absolutamente todos los aspectos de mi vida.
—Te hice fuerte, Nicolás.
Se atrevió a decir.
—Me mataste desde el día uno en que fui tu hijo. —Me paré, golpeando el escritorio con fuerza—. Vivir fue un infierno y lo único que me que me salvó lo terminaste destruyendo, como siempre.
Mi padre golpeó la mesa al igual que yo y retrocedí un paso. Mis labios temblaban y mis ojos se llenaron, limitando mi visión. Las lágrimas no salían de mí, solo se acumulaban, quemándome internamente.
—¿Qué pasó? —Entró Lucí de inmediato al escuchar el disturbio.
—Nada —dijimos ambos
Una sola gota cayó al verla. La limpié y me recompuse al sentirla presente.
—Se escucharon ruidos fuertes —me analizó con la mirada, dándose cuenta de lo obvio—, y luces molesto.
—No lo estoy. No quería asustarte, preciosa.
Me arrepentí de llamarla así frente a mi padre.
—¿Estás bien? —Entrecerró los ojos. Asentí, pero no me creyó—. La nueva llegó.
Anunció entre dientes mientras su ojo temblaba.
—Hazla pasar —ordené, viéndola quedarse estática sin ejecutar mi petición—. Por favor —agregué con calma.
Se tardó en hacerlo. Parada en la puerta, no dejó de mirarme, así como yo no dejé de verla. Mordió su mejilla por dentro mientras su pierna no dejaba de temblar. No descifraba sí era por molestia o preocupación.
Me ilusionaba que estuviera así por mí, aunque por ambas razones lo estaba por mi culpa.
—Antes de eso —volteó a ver a mi padre y se quedó en silencio—. Olvídalo.
Su desplante cambió al ver los moretones en su cara. Su palidez se volvió aún más potente, casi como una hoja en blanco. Le dio miedo lo que yo había causado.
—Papá, retírate.
Me obedeció, por primera vez en la vida, y salió de la oficina. La nueva, sin ninguna pizca de decencia, entró, posicionándose enfrente de mi escritorio, sosteniéndose con sus manos en él.
Lucí siguió sin hablar; solo rodó los ojos al verla cruzarse de brazos y en un movimiento se posicionó firme a mi lado.
—Me llamo Julieta y seré su nueva asistente —extendió una mano.
La ignoré y volteé a ver a mi mujer.
—No solicité una asistente.
Lucí encogió sus hombros y desvío su mirada. Me iba a dejar abandonado también, de eso se trataba todo esto.
—Tú no, pero David sí lo hizo —por fin habló y luego se dirigió a la supuesta nueva asistente—. Y si la señorita desea serlo, primero abróchese dos botones más en su camisa —resaltó, haciendo que mis ojos encontraran el escote pronunciado de la tal Julieta.
Dios mío. Devolví mi mirada al techo. No podía darme el lujo de ocasionar más problemas. No sabía cómo resolver los que ya estaban como para que esto también nos afectara.
—¿Y quién eres como para darme reglas? —sonó retadora la Julieta.
—Tu jefa —respondió Luci, segura, sonriéndole de mala gana.
Me causó risa, la cual se me borró de inmediato al notar su ojos en mí y volví a mirar al techo.
—La falda, dos dedos arriba de la rodilla —ordenó Lucí.
Cuando es mandona me eriza la piel de lo excitante que se ve.
—Mi único jefe es el señor Nicolás. Si no le gusta, él me lo puede decir —me guiñó el ojo—. Pero nunca le ha disgustado, ¿o sí?
Tomé asiento y, al intentar agarrar los papeles, Julieta extendió sus manos y tocó las mías.
—Creo que ambas se están tomando atribuciones innecesarias.
Retiré mis manos y me pasé el alcohol que estaba en la mesa, desinfectándome.
—Cierto, exjefe. Perdón por molestarlo, no volverá a pasar.
Enunció antes de salir de mi oficina, pisando más fuerte de lo normal. Podría llegar a decir que el tacón casi hizo un agujero en el piso.
—Lo arruiné, ¿cierto?
—A mi no me vea, señor. Yo solo soy la nueva.
—Eras la nueva; ahora estás despedida.
***
Lucía
#2538 en Novela romántica
#68 en Joven Adulto
jefeysecretaria, amor romance dudas odio misterio, enemiestolover
Editado: 27.05.2026