Lucía
—¿Irás?
Arrugué la nariz, dudosa de mi respuesta.
—¿Vas a ir conmigo?
—No puedo, día de aniversario —enseñó su mano, destacando el diamante en su dedo—. El primer año de esposos es importante
—Tienes razón, Montse —me rendí sin siquiera intentar continuar la súplica.
Reposé mi rostro en la mesa del escritorio, sin mover los brazos de mis costados.
—Ya hiciste mucho por mí —volví a tratar de iniciar un chantaje.
Hundí más mi cara, aplastándola por completo.
—Dejar que comieras toda la nieve de mi refrigerador mientras te quedabas dormida en mi sofá era lo menos que podía hacer.
Pasó su mano por mi cabello, cuidándome. Ladeé mi cabeza en su dirección, sin verla por completo, pues no quise ver la lastima que seguramente se notaba en sus ojos.
—¿Crees que algún día alguien me quiera tanto como para casarse conmigo?
Me arrepentí de preguntar eso y me enojé con mi cerebro por dejar que mi corazón tomara las riendas de esta conversación; volví a mi realidad y le di un vistazo rápido. Montse alzó sus cejas para después mover sus ojos apuntando al jefe.
—Nicolás era un gran prospecto.
—No, él no —me reincorporé en un solo movimiento y añadí—. ¿Crees siquiera que me casaré?
Solté un leve quejido, reclinando mi cabeza hacia atrás.
—Le tienes más miedo a hacerlo que no encontrar el amor.
—No —negué, rodando los ojos— Yo no tengo miedo de esas cosas —las palabras se me tropezaron entre sí, dificultando el darme a entender.
Por supuesto que no le tenía miedo a entrar al altar, vestida de blanco, y vivir la noche de mis sueños. Me aterrorizaba adaptar mis días a la vida de alguien, sacrificar mis proyectos por nuevos objetivos juntos que, posiblemente, no llenarían nada en mi interior, y el hecho de ser vulnerable con otra persona.
Me atormentaba que después del casamiento pasara lo que supuestamente tenía que pasar: que llegaran los hijos, las crisis familiares y, al final, terminar siendo una mala esposa y una mala madre.
—¿Y por qué no arreglas las cosas con el jefe?
Por eso no quería preguntarle nada, porque Montse me animaría a hacer las cosas que sabía que tenía que hacer.
Apoyé mis brazos arriba del escritorio, escondiendo otra vez mi cara en ellos.
—Solo quiero un novio —mencioné sin levantar mi rostro.
—Aún lo tienes, no has perdido a nadie.
—No puedo perder lo que nunca tuve.
—Pues, amiga, lo vas a perder si no vas y peleas por él.
Elevé un poco mi cabeza, encontrando a la supuesta asistente mostrándole algo a lado de él, pegando sus pechos en su cara. Sin pensarlo, ya estaba caminando hasta entrar a la oficina.
—Nicolás —lo nombré segura, quitándome el cabello de los hombros.
Arreglé mi postura y me fui directo a posicionarme en medio de ambos. No sin antes desabrochar dos botones más de mi camisa.
—Exjefe, necesito hablar con usted —dije autoritariamente, acercando mi pecho como lo hacía la mujer.
Me detuve en la mesa con mi mano empuñada mientras su perfume me envolvía con lentitud
—Julieta, retírate. Ya firmé tu despido. Ahora tengo prioridades que atender —antes de dejarla salir, la volvió a llamar—. Cierra la puerta.
—Por favor —agregué.
Se reclinó en su silla, viéndome de pies a cabeza como solía hacerlo. Relamí mis labios y crucé mis piernas al apoyar mi cuerpo en su escritorio, apretando los músculos.
—Saldré temprano —le avisé.
Lo usaba de pretexto para no aceptar que la bilis en mi interior se había detonado por culpa de la nueva.
—Ya no soy tu jefe, no es necesario que me pidas permiso.
<<Técnicamente, nunca lo fuiste.>>
—Tengo una cena importante —proseguí sin prestarle mucha atención.
Se puso de pie y mi mirada se fue hacia arriba con él, sus labios se acercaron y apreté aún más las piernas.
Con su gran paciencia, tocó mi mano haciendo pequeños círculos con sus dedos, subiendo y erizando mi piel.
Encantándome.
No caería, no debía caer en las tentaciones.
—¿Cena con quién?
Su mano llegó a mi hombro y frené sus intenciones de besarlo. Enarcó sus cejas, pasando su lengua por sus dientes.
—Creí que no te tenía que avisar —titubeé con escalofríos en mi piel.
Avanzó un paso y, con delicadeza, su mano atrapó mi cintura.
—¿Te gusta Julieta? —pregunté a secas, separándome lo poco que podía.
—¿No escuchaste que la despedí?¿No entiendes que me gustas tú? —tomó la presilla de mi pantalón y me atrajo hasta su cuerpo—, me gustas tú, ¿cuántas veces lo necesito decir?
—Muchas más para que te crea.
—Pues las diré.
—Siempre y cuando estemos solos. Digo, ya van dos veces que dices que no cuando estás acompañado.
—¿Me estuviste espiando?¿Cómo lo sabes? Eso no es correcto.
Me balanceé en mis puntillas para alcanzar su oreja y susurrar:
—Suerte que odio las cosas correctas.
***
La "cena importante".
Iba de la mano de papá, saludando a sus amigos. Mi madre se negó a acompañarnos después de su gran espectáculo. El enojo no se le había pasado, y menos porque papá me había defendido.
—Solo aléjate un rato de ese muchacho. Cuando tú madre se tranquilice, asegúrate de no volverlo a dejar ir.
—¿Lo estás defendiendo, papá? Después de lo que te conté.
—No es momento de hablar de eso —se incorporó mi tío a la conversación—, les explico después —añadió al ver que el padre de Nicolás se acercaba.
Saludándonos amablemente, parecía ser el hombre más cordial del mundo. Cuando se percató de mi presencia, frenó frente a mí. El latido de mi corazón resonó en mi pecho, paralizándome momentáneamente.
—¿Tú?
Escuché su voz áspera, causando sudoración fría en mis manos y sequedad en mi boca.
Me recordaba muy bien. Ojalá y sí, porque yo lo hice cada noche durante cuatros años. Y me daba por bien servida que tan solo mi fantasma lo atormentara hasta la eternidad.
#2538 en Novela romántica
#68 en Joven Adulto
jefeysecretaria, amor romance dudas odio misterio, enemiestolover
Editado: 27.05.2026