El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 14. El plan falló

Lucía.

—Siéntate. Necesito mostrarte un video.

El desplante de mi padre siempre solía ser calmado. Buscaba las soluciones a los problemas y, yo en cambio, me enfocaba en darle mil vueltas al asunto hasta que me explotaba la cabeza.

No sabía qué tan buena idea era estar en su despacho. La puerta cerrada no me daba la fortuna de salir huyendo cuando la pregunta se acercara. Salir por la ventana podría generar algunos moretones, pero nada de lo que no me pudiera recuperar.

<<Tranquilízate, Lucía Isabel. Solo habla con tu padre>>

—No opines y no hables. Observa, Chabela.

Era muy malo para los sobrenombres. Desde que tengo memoria me llamaba Chabelita y aprendí a tomarle cariño a eso.

—Entendido, papá.

Extendió su teléfono, me acomodé en el sillón del centro e hice caso a sus indicaciones.

No opiné.

No hablé.

—Como escucharon, no estoy en una relación. Estoy concentrado en mi empresa, no tengo tiempo para distracciones —explicaba en el video con una tranquilidad que me generaba unas ganas inmensas de romperle la cara.

—Lo vimos bailando muy cerca, señor —comentó uno de los periodistas—. Las miradas no mienten y el amar a alguien no es un delito.

—Amar, la palabra más fuerte que podemos utilizar, ¿no cree? No, no amo a la persona con la que me vieron bailar. No amo a Lucía.

Desvié mi mirada al suelo. Pues lo dijo.

Nicolás aceptó no amarme y estaba en todo su derecho. Unos simples meses a su lado no cambiaban absolutamente nada en la vida de las personas.

Solo que no entendía por qué cambiaron todo en mí.

Sí, fue algo casual.

Fuimos algo pasajero.

—¿Y bien ?¿Qué esperas que haga? —continué mirando al piso.

No quería ver a papá a los ojos porque, cuando lo hago, me derrumbo. Me desarmó por completo y no permitiría que un hombre me destrozará.

No, otra vez.

—Sabes porque lo dijo, ¿cierto?

Negué con la cabeza mientras ponía el celular en la mesa.

—Porque no me ama —confesé finalmente.

—Porque te está protegiendo —me corrigió, pero no le creí—. Los conozco a ambos desde que eran niños. —Se sentó a mi lado y sujetó mi mano—. Un amor puro como el suyo no es posible que termine así y, mucho menos, que se olvide. Pasaron 13 años separados y un día fue suficiente para que todo volviera a ser como antes.

Me quedé en silencio, buscando la manera de salir de esta situación.

—Cuando las personas me protegen, me terminan rompiendo más.

Me atreví a verlo a los ojos por unos segundos. Identifiqué esa luz cerca de sus pupilas, la misma que apareció en las mías en aquella foto que Montse me había tomado cuando lo veía.

Era la constancia de que amábamos demasiado para lo poco que el mundo nos otorgaba y anhelábamos a la persona incorrecta porque la idealizamos para que fuera la ideal.

Mis razones para querer a Nicolás no estaban claras y las razones por las que papá seguía amando a mi madre no las entendía, pero asumo que bastaban para él.

—Nicolás, no es tu madre.

—Mi madre me negó porque le daba vergüenza. Fue más fácil creerles a los demás que a su propia hija y Nicolás me rechazó..

—Porque te ama lo suficiente como para soportar separarse de ti antes que hacerte sufrir.

Tragué grueso ante tal imposición. Uní mi otra mano a la de mi padre, recargando mi cabeza en su hombro.

Las palabras de Nicolás seguían en mi mente. El "no te amo" se hacía cada vez más grande en cada uno de los escenarios ficticios, decepcionándome de mí misma. Me invadió la culpa de no haber hecho las cosas bien, de no presentarme como Isabel y de no haber aclarado cada uno de los chismes desde el primer momento.

Mi voz no fue poderosa en aquel tiempo de mi vida porque yo misma decidí apagarla. Fue mi decisión creer que hacía lo correcto.

Pero no más.

Me despedí de papá y la carencia de un abrazo de mamá me corrompió. No sé si porque nunca lo obtuve o por lo mucho que lo necesitaba.

***

En la sala de la casa me encontré a la tía Lilia, la mamá de Nicolás. La mujer que me demostró que desde el día uno no nos hizo falta tener un lazo sanguíneo para ser familia.

Desde que eran niñas, mi madre y ella fueron mejores amigas. Vivieron juntas toda la vida; sus planes siempre fueron claros: sus hijos se casarían y así nunca tendrían que seguir separadas.

Sin embargo, el alejamiento llegó mucho antes desde que Nicolás se quedó en la Ciudad de México y yo me fui a Baja California.

La familia nunca volvió a ser unida y ninguno de nosotros volvió a ser lo mismo.

—Tía, ¿qué haces aquí?

—Vine a ver a la neurótica de tu madre.

Me acerqué para saludarla de beso y terminé abrazándola fuertemente.

—Te necesito, necesito a mamá.

Mis piernas se doblaron un poco mientras mi tía me sostenía con fuerza. Depositó un beso en mi mejilla y me mantuvo en sus brazos.

Las lágrimas se aproximaron, por más que intenté contenerlas.

Escuché el sonido de los tacones en el pasillo y el perfume de mamá me mareó al abrazarnos.

Me abrazó.

Mamá me abrazaba.

—Lo dijo, lo dijo, mamá. —Caí de rodillas, tapando mi cara en los brazos de mi tía—. Lo hizo.

Ambas se sentaron sobre sus rodillas. Lilia quitó el cabello de mi cara y mamá me detuvo para no derrumbarme por completo. Por primera vez, mamá estaba allí para mí, secando mis lágrimas y abrazando lo que dolía.

Sin hablar, se quedó conmigo. La necesitaba más de lo que algún día lo admití.

Sus abrazos solo llegaban en ocasiones muy especiales. No solía ser cariñosa conmigo y por eso mentía diciendo que odiaba que lo fueran conmigo. Nunca le conté lo que sentía porque parecía que todo lo que hacía nunca era suficiente para ser digna de ser su hija.

Grité internamente, solo quería que me viera como su hija, que estuviera para mí y que me amara tal como amaba a los que ni siquiera eran sus hijos.




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