Lucía.
—¿Aló?¿Nicolás?
Contesté la llamada sin mirar el destinatario y sí, lo primero que vino a mi mente fue él.
—No, no soy Nicolás, soy su tío.
Me quedé en silencio porque ¿por qué me llamaría su tío?
Mejor pregunta: ¿quién era su tío?
—Sé que no quieres verlo —siguió explicando mientras intenté mantenerme despierta—, pero de verdad te necesita.
¿A las 12 de la noche me necesitaba?
La última vez que fui cuando lo hacía terminé viviendo en su casa por meses y, para acabarla, me enamoré de él. Requería de mi ayuda, pero no pensó en mí cuando dijo esas cosas.
—¿Qué pasa con él?
—Sabes cómo es, no quiere volver a su casa. Algo pasó y él sigue en el gimnasio, golpeando el saco de box.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—No quiere volver sin ti. No ha parado de golpearlo desde la mañana y no puedo detenerlo.
—¿Y yo sí puedo?
—Eres la única que puede y lo sabes.
Renegué golpeando la cama y arañando mis cobijas.
Era obvio que iría contradiciendo mi razón. Parecía que la historia se repetía, solo que esta vez no quería que llegáramos al final.
Contra todo pronóstico, me encontraba parada en la puerta del lugar dispuesta a entrar por él.
—Usted, tú...—lo señalé al reconocer quién era—. Usted es el doctor.
La indignación me hizo olvidar por un segundo al hombre adicto al ejercicio.
—Hola, Lucí. Soy el tío de Nicolás.
Extendió su mano; lo ignoré, caminando sin rumbo, sin saber dónde estaba mi exjefe.
—Me mintió.
—No —Le dirigí una mirada juzgona al escucharlo negar—. Solo un poco.
—Soy una estúpida. —Toqué el inicio de mi frente con ambas manos, frenándome por completo—. Soy una estúpida y ambos me mintieron.
—No fue mi intención. Nico me pidió ayuda en el hospital, quería acercarse a ti.
—¿Todo fue falso? —seguí avanzando, buscándolo solo con la mirada.
—No.
Me intentó sujetar, pero lo esquivé.
—No me toque. No confío en usted
—Está bien, enójate lo que quieras conmigo, pero él te necesita. —Lo apuntó con su dedo y ubiqué a Nicolás—. No lo dejes solo.
¿Cómo él me dejó?
Le dejé de prestar atención al ver a Nicolás perdido, golpeando como loco el costal.
Flashback.
Sus manos llenas de lodo temblaban. Las golpeaba en el árbol intentando quitárselo, pero solo veo cómo se quejaba con cada puñetazo.
Intenté limpiarlas con las mías; puede que la tierra le estuviera dando comezón y por eso lloraba. Eso debía de ser. Nicolás era un niño muy limpio y no le gustaban las cosas mojadas.
Me puse de puntillas para jalar mi falda y poder ayudarlo.
—Nico, déjame quitártelo.
—No, quiero estar solo —sin querer me empujó, tirándome al suelo—. Perdóname, Isabel, no quise lastimarte.
—Son novios, son novios —comenzaron a gritar a nuestro alrededor al ver la mano de Nico junto a la mía, ayudándome a levantar.
Mis ojos se llenaron de agua. Yo no quería que Nicolás se enterara de esta manera. Sí me gustaba, pero éramos mejores amigos y mamá decía que los amigos no se podían enamorar.
—No, que asco, ella nunca me gustará. Yo no amo a Isabel —se defendió Nico.
Quité la lágrima de mi cachete.
Lo dijo.
Dijo lo que tanto temía.
—¿Por qué pelean? —se acercó mi madre al escuchar los chillidos que ya no pude ocultar.
—A Nicolás le da miedo el agua y es una niña porque no le gusta Isabel —respondió uno de nuestros amigos.
—Me mojaron y me llenaron de lodo.
Nico agachó la cabeza jugando con sus dedos. Escuché cómo empezó a hacer sonidos con su boca; estaba llorando. Era la primera vez que lo veía así.
Se tiró al suelo escondiendo su cara.
—A mí también me da miedo el agua —grité sin temor a que mamá me regañara.
Caminé hacia donde estaba Nicolás y le di mi mano. Moví mi cabeza, señalándole que nos fuéramos.
Él la tomó y huimos juntos.
Fin del flashback
No dijo nada en todo el trayecto a su casa. Lo sostuve en mis brazos y le di mi compañía. Esa que prometí que no faltaría.
Su tío me brindó ayuda para subirlo hasta su recámara.
Le pedí que me dejara sola con él al ver que se desmoronó por completo en el piso. Era la misma imagen de aquel niño, tan frágil que me daba miedo quebrarlo. Su cara permanecía pegada a sus rodillas mientras se abrazaba a sí mismo.
Me acerqué con preocupación, sentándome con él para poder abrazarlo por detrás. Entrelacé mis brazos y con suavidad lo recosté sobre mi cuerpo.
Las lágrimas cesaron su transcurso, pero su pecho aun temblaba, costándole respirar profundamente. Toqué su cara con lentitud; tal vez mi cuerpo le brindaría la calidez que había perdido.
Susurraba, pero era en vano.
Nico no estaba aquí.
La temperatura en su cuerpo volvió a subir, así que dejé que el silencio le brindara la calma que necesitaba. Posicioné mi mano en su corazón y lo acaricié. Quizás podría quitarle todo el dolor acumulado.
Daría lo que fuera por no verlo así. El mundo se estaba quemando, pero era mi responsabilidad salvarlo.
No, corrección: anhelaba salvarlo a él.
Solo a él.
—Nico.
—Hace años que nadie me dice así.
Sentí su lágrima caer en mi mano y di un beso fugaz en su frente mientras comenzaba a peinar su cabello con mis dedos.
—Aquí estoy.
—Te fallé, no te protegí. No estuve allí cuando me necesitaste.
—¿De qué hablas, Nico?
—Fue él, fue él —su voz se quebró en cada palabra —. Yo no sabía, lo juro.
Seguía sin entender qué quería decir.
Se enderezó alejándose de mí. Al tocar su hombro, dio media vuelta y me tomó de las mejillas.
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Editado: 27.05.2026