El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 16. Visita de Isabel

Nicolás.

No sabía si fue un sueño.

No sabía si de verdad estuvo aquí.

No sabía nada, solo que el alcohol me hizo olvidar todo lo que hice en el día.

Alguien tocó la puerta, pero la resaca me pesaba más que mi deseo de existir. El golpe se intensificó, con el sonido retumbando en mis oídos. Me sostenía muy apenas con mis antebrazos y sujeté mi cabeza para evitar sentir que se caía.

Todo daba vueltas alrededor del sillón.

—Tía.. —murmuré con los ojos entrecerrados—. Tía Isabel —por fin formulé.

¿Cómo es que estaba enfrente de mí?

¿Qué hacía aquí?

—¿Qué le hiciste a Isabel? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Nada, llevo años sin verla.

No tenía recuerdos claros de ella, solo fragmentos de cuando éramos niños jugando en el patio. Además de que era la compañera que teníamos a distancia en la universidad.

—¿Cómo que no? —me dio una manotada, golpeando mi hombro.

Me quejé, pues todo dolía el triple.

—Basta, déjame dormir, tía.

—Mira, engendro del demonio. —Se sentó en la mesa del centro de la sala y me tomó de los cachetes con fuerza—. Hijo de tu santa madre, mi hija llegó ayer llorando a la casa y, considerando que ignoró todas mis advertencias de estar contigo, el culpable eres tú

—¿Tu hija qué? No he visto a Isabel —Quité sus manos con delicadeza, alejándolas de mi cara y recaí en sus palabras con lentitud.

¿Quién salió de la casa ayer llorando? ¿Lucía?

¿Quién había estado en la casa? ¿Lucía?

¿Quién era su hija? ¿Isabel?

Entonces, ¿Quién es Lucia? ¿Isabel?

<<Lucía Isabel Gutiérrez Gallego>>, resonó dentro de mí. El nombre que escuché por cuatro años en la universidad.

Cuatro malditos años de mi vida sin ponerle cara, solo el recuerdo de la pequeña Isabel. Tantas veces la esperé con ansias. Rogaba que me visitará y que fuéramos amigos.

Lucia Gutiérrez era mi asistente.

Isabel Gallego, la niña de papi, mimada y sobreprotegida que huyó. Y la misma a la que también le fallé tantas veces.

—¿Por qué te quedas callado? Arregla tu desastre, Nicolás.

—Espera, espera. Déjame pensar, Isabel.

—Tía Isabel, para ti. Igualado, ¿no te da vergüenza? Todo lo que he hecho por ti y me pagas con el descaro de..

—Ya, tía Isabel —la tomé de los brazos sin medir mi fuerza—. ¿Lucia es tu hija?

Se retorció, haciéndome consiente de que la apreté. La solté, disculpándome de inmediato

—Lucía, Isabel. Sí, da lo mismo. Es mi hija y la hiciste llorar.

—No lo sabía —susurré, volteando a todos lados—. No lo sabía.

Ella no me lo dijo.

Pero no me mintió

Solo no lo mencionó.

¿Por qué?

Pasé mis manos por mi cara resoplando.

—¿Cómo no lo sabías? Es por lo que entró a tu empresa.

—No —negué con la cabeza.

Lucía llegó a mi vida siendo una simple asistente y se quedó en ella para ser mucho más.

—Sí, en eso quedamos cuando volvimos de la Baja.

—No. Porque tú.. tú eres su mamá.

—¿Te lo dijo, verdad?

Negué nuevamente, empuñando mis manos.

—Me lo dijo —mencioné furioso—. Me dijo todo menos que era tu hija.

—¿Sabes por qué no lo hizo?

—Porque nos odiábamos

—Ese odio nunca se lo creyeron. —Sacudió su cabeza, riéndose—. Siempre se amaron, solo que ella pensó que la abandonaste cuando tu padre te llevó lejos en su cumpleaños y tú pensaste que ella huyó toda su vida.

¿Si nos amábamos, entonces por qué no decirme que era la misma niña?

—No te lo dijo porque...

—Por tu culpa —comprendí todo y recordé lo que me había contado Lucía—. Por tu culpa se alejó y yo, de estúpido, creí que la protegía del mundo al ocultarla. —Me levanté y la resaca salió por completo de mi cuerpo—. La protegí de mi padre, pero nunca pensé en protegerla de ti.

—¿Protegerla de mí? Lo único que hice fue hacerle un favor, así las cámaras no estarían sobre ella todo el tiempo.

—Ella te necesitaba y la quebraste —a completé la frase, sin pensar—. Fue mi padre y no le hiciste nada.

—Tú padre es un hombre demasiado poderoso como para tenerlo de enemigo —aseguró sin mostrar ni un remordimiento—. Todos le dijeron que ella nunca sería nada en la vida y solo había una manera de demostrarlo.

—¿Huyendo de ti?

—No, Nicolás.

—¿Haciéndose la humilde y pobre? —pregunté con sarcasmo.

—Ganándose las cosas por su talento, su disciplina y su trabajo. No por ser mi hija ni por cautivar con su belleza a los menos indicados.

Suspiré sin saber qué estaba haciendo.

Pero sí sé qué fue lo que hice.

—Nadie la hubiera juzgado como tú lo hiciste, tía Isabel.

Enarcó sus cejas, juzgándome.

—Protegí a mi hija, haciéndola invisible para las personas. La hice de hierro para que nunca más las personas la corrompieran. La convertí en una mujer inteligente.

—Bastante si me lo preguntas. La mejor en todo.

—Te abrió su corazón, incluso sin que tú te hayas dado cuenta. Te dejó verla. —Sujetó mis manos entre las suyas—. La conoces porque Isabel así lo quiso.

Bajé mi mirada al suelo, aún uniendo cabos. No estaba enojado porque me ocultara su nombre ni porque no regresara. Estaba furioso porque, si no lo hizo, fue porque yo también la dañé al grado de no tenerme confianza.

—¿Y qué hago? —cuestioné.

Necesitaba una guía para resolver el cochinero que ambos habíamos ocasionado.

—No desaproveches la oportunidad que te está dando. La ves porque te abrió una parte de ella —enunció con tranquilidad—, y te advierto

—¿Ahora qué, tía Isabel?

—Si vuelvo a tener a mi hija en mis brazos, llorando por tu culpa. —Me señaló con su dedo, afilando su mirada—. Te castrare, Nicolás. Te cortaré los huevos.

Una sonrisa nerviosa se plasmó en mi rostro.

—No volverá a pasar. Lo prometo o yo mismo seré el que me los corte.

Bajó su dedo y el alivio llegó a mi cuerpo. Fue como si hubiera bajado el arma con la que me apuntaba. Rasqué la parte trasera de mi cabeza, respirando hondo mientras limpiaba el sudor de mis manos en mi pantalón.




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