El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 17. Se cancela el trato

Lucía.

Después de visitar la oficina para redactar mi renuncia, mi tío David me contó la verdad: él fue quien investigó a detalle mi vida y se lo confesó a Nicolás.

Me enfurecí porque ahora Rubén tenía el poder de chantajearlo con sus estúpidas peticiones; aceptaba o, de lo contrario, lo metería preso por las últimas agresiones.

Ahora su padre volvería a la empresa para estar a lado de Nicolás, o eso era lo que él creía. Pues mi firma era necesaria para que las últimas acciones legales se efectuaran.

Agradecí a papá por ser el accionista mayoritario y después le pedí la destitución de Rubén Hernández. Cuando me cuestionó por qué lo hacía, no tuve el valor de confesarle la verdad, pero al ser apoyada por la Tía Lilia todo fue más fácil.

Así que me fui directo al restaurante.

Caminando hacía la mesa que se me indicó, enderecé mi postura al recordar a mi madre decir:

"Camina derecha, con seguridad. Saca las pompas, espalda recta, hombros atrás, pecho de fuera. Vamos, Isabel, camina como señorita".

Me devolví a la realidad al llegar a donde debía.

Nicolás se sorprendió por un microsegundo; sonriente, bajó la cabeza.

—No aceptamos su trato —hablé con claridad, tomando asiento a su lado.

El padre de Nicolás recorrió con su mirada todo mi cuerpo y eso pareció molestarle a Julieta, la ex nueva asistente.

Qué pequeño era el mundo.

Sonreí divertida ante los celos de la mujer.

—La perfumería no necesita su dinero —volví a entonar ante la falta de educación de estas personas—. Usted ya no es accionista.

—Tal vez mi dinero no, pero sí mi prestigio —me enfrentó Rubén.

Negué, haciendo un sonido con mi lengua y me acomodé mejor en la silla. Sería una pelea difícil, mas no imposible.

Mi jefe seguía en silencio, con una sonrisa de lado; las marcas de golpes eran visibles en ambos.

—¿Por qué lo necesitamos si tenemos a Isabel Gallego? —continué con los argumentos.

Por primera vez, Nicolás me dirigió la mirada y afirmó con su cabeza. Allí confirmé que ya lo sabía todo y que, por más que huyera, el destino siempre buscaría la manera de unirnos.

—No veo la firma de ella en ningún lado —se unió Julieta.

Las ganas de callarla le dieron cosquillas a mi mano, pero las evité.

—Creo que mi prometido y yo —Señalé a Nico y después a mí.

—¿Prometido? —ironizó Nicolás

—¿Prometido? —preguntó Julieta

—¿Prometido? —añadió Rubén.

Afirmé y continúe con la mentira.

—Como decía, creo que nos saltamos un simple paso.

—Necesitas mi experiencia y mi poder —me sentenció Rubén, afilando su mirada—. Alguien como tú llevará a la quiebra la perfumería. Escúchame, Nicolás, sé lo que es mejor para ti.

Solté una carcajada y Nico rodó los ojos.

Cómo me encantaba que me subestimaran.

—Rubén, sé lo que hago —mencionó mi jefe—, y confío en ella, más de lo que confió en mí.

Entrelazó su mano con la mía por debajo de la mesa. Julieta permanecía en silencio, con la boca fruncida.

Ah, verdad, no es divertido ver coquetear con otra al hombre que te gusta.

—¿Qué sabes tú de negocios? —me enfrentó Julieta

—Más de lo que sabes tú, querida —me defendió, Nicolás.

—Pues te ves demasiado joven para saber hacer negocios —me retó su padre.

—Pues usted se ve demasiado viejo para no saber hacerlos —respondí con gusto.

Entrecerró sus ojos, ofendido, y la risa de Nicolás no ayudó a que permaneciera seria.

—¿Te crees muy valiente por ser la amante de Nicolás? —siguió la mujer con su cantaleta

—No me creo, soy valiente.

Le guiñé el ojo, afectando su poco nivel de madurez.

—Ser la prometida falsa..

—Si quiere seguir haciendo tratos con nosotros, tendrá que seguir nuestras condiciones —interrumpí a Julieta, dirigiéndome a Rubén—. Le mentí, no volveremos a hacer negocios juntos.

La mujer se calló por unos segundos. Al fin, porque no la soportaba.

—¿Quién eres para ponerme condiciones? —cuestionó nuestro exsocio.

Reí con frialdad; después de todo, jamás haríamos tratos y jamás se nos volvería a acercar.

—Usted ya me conoce, pero no se preocupe, me presento: Isabel Gallego, para servirle a todos menos a usted.

Estiré mi mano para saludarlo y sonreí de oreja a oreja con la satisfacción que pocos tendrían.

Me levanté, haciéndole señas a Nicolás de qué nos retiráramos Sin poner ni una oposición, se puso al lado mío y volvió a tomar mi mano.

—Nicolás —lo detuvo autoritariamente.

—Papá —se corrigió y con calma lo encaró— Rubén, nos quedamos sin hacer tratos. Ni hoy ni en un futuro. Como dije: confío en ella más que en mí mismo.

Nos retiramos del restaurante en silencio.

Nicolás seguía detrás de mi caminata rápida con intenciones de huir de él. No quise seguir indagando en cuestiones que no eran necesarias, en detalles que dolían y en circunstancias que nos afectaban.

Lo que parecía una pequeña llovizna se intensificó; parecía que el clima estaba coludido con el revoltijo de emociones que llevábamos cargando.

—Espera —me sujetó del brazo y por poco tropiezo—. Súbete al carro —ordenó desesperado.

—No me digas lo que tengo que hacer.

Continué caminando para intentar llegar al otro lado del estacionamiento, pero no dejaba de perseguirme, como un perro faldero.

Solo quería descansar y que todo terminara.

Deslicé mis pies, pero él estrechó su agarre y me frenó por completo. El chofer me esperaba del otro lado; no pude llegar porque me acorraló en la primera camioneta que encontró de las que estaban estacionadas.

Me encasilló con sus manos a la altura de mis clavículas.

—Suéltame.

—Súbete al carro —repitió con la respiración agitada

—No —me quejé.

Se acercó más a mi cuerpo y lo separé, dejando mis manos como obstáculo.




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