El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 18. ¿Dónde está, Lucía?

Nicolás

—Ayúdame, por favor —se escuchó el chillido al contestar la llamada—. Lu... lu...

—¿Qué pasa, David? Habla bien. Dicciona, carajo.

—Se la llevaron —dijo entre el llanto

—¿A quién?¿De qué hablas?

Mis manos comenzaron a temblar y la punzada en mi corazón presentía que algo no andaba bien.

—A Lucía.

Todo a mi alrededor se derrumbó en el momento en que mencionó ese nombre. Acababa de discutir con ella y ahora alguien la podría dañar. Volteé a todos lados, como si mágicamente la pudiera encontrar allí. No debí dejarla ir sola.

—Tranquilízate. ¿Quién se la llevó?

Agarré con fuerza el volante; aún no salía del estacionamiento. Eso quería decir que no podía estar tan lejos de mí, había probabilidad de salvarla.

Me abroché el cinturón y respiré profundo. Iría a donde sea por ella y haría pagar a quien estuviera detrás de esto.

—¿A dónde se la llevaron? —pregunté con un tono más alto de voz.

—Me mandaron esta dirección —titubeó David y los nervios se concentraron en mis manos entumecidas.

—¿Y qué esperas? Mándamela —ordené

El mensaje tardó unos segundos en llegar; cuando lo leí, no lo pensé dos veces y me dirigí al lugar.

No le presté la suficiente atención a la ubicación, solo seguí las instrucciones que marcaba el GPS.

—Por favor, tráela de vuelta —dijo antes de que me colgara la llamada.

Esto no podía estar pasando. La había dejado sola unos días y todo se había ido a la mierda. Creí que la protegía al alejarme; aquella noche creí que había arreglado las cosas al golpear a mi padre, pero lo único que hice fue perderla más.

Nadie le iba a tocar un pelo, nadie la lastimaría. Y si lo hacían, me encargaría de hacerlos pagar con mis propias manos.

Salí del estacionamiento a toda velocidad, tomando la avenida con el maldito tráfico de la tarde, que me hacía ir igual de rápido, pero con más precaución. No era momento de tener otro accidente, si no, ¿quién la salvaría?.

Di vuelta en la intersección y revisé la ubicación nuevamente en el mapa de mi celular. Estaba algo retirado y cada minuto contaba en estos casos. Pensé en llamar a la policía, pero no sabía quién la tenía ni la razón del secuestro.

Así que seguí por la carretera, tomando un atajo.

<<Vamos, Lucí, todo estará bien>> , me di ánimos internamente.

Mis manos no dejaban de temblar y mis ojos se empañaban.

Si tan solo se hubiera subido al carro como le dije, me hubiera acompañado en todo momento y nada de esto habría pasado.

Si me hubiera escuchado, le habría explicado todo.

Si tan solo hubiera entendido que mis palabras fueron porque creí que así mi padre no la volvería a tocar. No la quería a mi lado después de eso, porque era ponerle un tiro al blanco en la frente.

Él iría tras ella y ella no merecía ese tipo de dolor.

Quería que viviera libre, así como era ella.

No era justo que sufriera, que el mundo le fallará y, sobre todo, que viviera bajo el fantasma de su familia. No creí que los secretos que nos hicieron guardar, en realidad eran las verdades que tanto la dañaron.

La subestimé porque ella, más que nadie, podía protegerse sola.

Estaba a unas calles de la ubicación; las casas a mi alrededor se veían costosas. No era el típico lugar donde tendrían secuestradas a las personas, pero la gente estaba loca y enferma, tenía que esperarlo todo y debía estar preparado para ello.

Reduje la velocidad, pues tenía que pasar desapercibido ante las personas que estaban afuera. Me adentré con sigilo; era un lugar con mucha seguridad.

¿Cómo podrían haber traído a Lucí aquí?

¿A dónde me mandaste, David?

Mi respiración se agitaba con cada minuto; no habría manera de que pasara tanta gente, aunque si les decía que mi mujer estaba secuestrada en una de esas casa, podría ser que tuviera ayuda.

O tal vez ellos eran cómplices.

Chingada madre, necesitaba un plan. Debí haber pedido ayuda.

Estacioné el auto en las afueras de la privada y me bajé, vigilando con mi mirada a todos lados. Estaba a salvo, nadie me seguía.

La paranoia no ayudaba del todo.

Me recliné en la cajuela del auto y respiré profundo. No me servía de nada estar nervioso. Limpié el sudor de mis manos y llamé a David.

—David, necesitamos un plan —susurré.

—Sí, ya lo tengo.

—Hay mucha seguridad y no sé dónde estoy.

—Sigue mis indicaciones: primero te acercas al portón con el guardia.

Hice caso sin colgar la llamada y actué normal.

—Hola, buenas tardes —saludé al guardia, quien lucía familiar—. Mi nombre es Nicolás Hernández.

No era posible, le acababa de decir mi nombre real al posible cómplice.

—Dile que vas a ver a la señorita Isabel Gallego, de parte de su tío David, él ya sabe qué hacer.

Repetí lo que dijo David.

Palabra por palabra.

Me abrió la reja sin problema alguno. Al caminar, la adrenalina bajó y entendí lo que salió de mi boca.

—Una vez dentro, vas, tocas la puerta y hablas con Lucía.

—¿Qué? —cuestioné sin entender nada.

—Sí, por fin se dejan de estupideces y se hacen responsables de sus palabras.

—No —Me frené en seco frente a la inmensa puerta—. Dijiste que estaba secuestrada.

—Jamás dije eso.

Salí por fin del trance y reconocí cada aspecto del lugar.

Estaba en mi casa.

—Me engañaste y casi me da un infarto —lo enfrenté con unas ganas inmensas de partirle la cara.

—No, te dije que se la habían llevado y el chofer lo hizo. Aparte, te di un incentivo para que fueras tras el amor de tu vida. De nada, futuro sobrino.

Soltó una carcajada lo que ocasionó que me hirviera la sangre por la mentira.

Dejé salir todo el aire, tranquilizándome, pues todo estaba bien.

Nunca había deseado que algo fuera mentira como ahora.

—¿Se puede saber qué haces aquí y no en tu trabajo? —ironicé parado en la puerta de mi habitación.




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