Lucía
Ensenada, Baja California.
—Siempre quise volver aquí —admití sin vergüenza alguna.
Admiraba la vista; era justo como lo recordaba cuando venía de visita con mis tíos y cuando vivía aquí. El mar azul destacaba con los rayos del sol y el olor a marisco, aunque lo extrañaba, seguía siendo apestoso.
—Lo sé, siempre lo mencionabas desde que éramos niños.
En cada vacación le prometía a Nico traerlo para que pudiéramos ver el amanecer juntos. Eso, antes de darme cuenta de su temor y de que nos separaran.
—¿Lo recuerdas?
—Recuerdo todo lo que tenga que ver contigo, Lucía Isabel.
Incliné la cabeza y vi a los lobos marinos subiéndose a la roca que estaba cerca de la barda de concreto.
Venir al malecón de Ensenada, era un espectáculo; los barcos gigantes se asomaban al fondo, pareciendo un cuadro pintado a mano. De esos donde el agua se divide del cielo con una simple línea.
—¿Qué ves? —me preguntó, sacándome de la disociación en la que estaba.
Apunté a los lobos marinos, emocionada como si fuera la primera vez que estaba allí. Porque lo era, pues una nueva versión de mí, más sana, más amada y más feliz era la que visitaba este lugar.
—Son lindos de lejos, pero de cerca son feos, estoy segura.
—Nunca has estado a lado de uno, no sabrías cómo son.
—¿Cómo sabes que no he estado cerca de uno?
—Porque tu mayor miedo era el agua, al igual que yo, y el mar es eso.
—Mentí, nunca le tuve miedo.
Boquiabierto, se quedó pensativo unos segundos.
Nunca le tuve miedo al agua ni al mar, pero él sí. Mentí porque no podía soportar el hecho de que las personas se rieran de él por tener un miedo que el mundo catalogaba como irracional.
Le dediqué una mirada curiosa. Sonriendo satisfecha, no esperaba más, no esperaba nada y, aún así, él estaba haciendo un gran esfuerzo por darme todo.
—¿Cómo estás seguro que le temes al mar si nunca has estado cerca de él? —lo cuestioné, haciéndolo pensar aún más.
—Lo estoy ahora mismo —apuntó al agua.
—¿Y tienes miedo?
Desvió su vista otra vez al mar, examinándolo. El viento revolvió su cabello y llevó su perfume hasta mis sentidos.
—No lo sé —respondió con tranquilidad.
—Solo hay una manera de averiguarlo. Si no estás listo, siempre podemos volver al comienzo.
Sujetó mi mano y paseamos por el malecón.
—Conseguí el mejor hotel, cerca de aquí —cambió rápido de tema de conversación.
—No vamos a quedarnos en un hotel. Vamos a vivir la experiencia completa de ir a la playa.
—En tu plan, ¿no está la opción de dormir?
Me frenó por completo y la sonrisa que ya no consideraba tonta se presentó.
—Vamos a ir a comprar las cosas necesarias para acampar —dije, saltando y aplaudiendo.
—Oh, no.
—Oh, sí.
—No, Lucí, no me hagas eso.
—Por favor.
—No voy a acampar y hazle como quieras.
Nunca creí que me sentiría atraída más por él, hasta que lo vi sin camisa armando la casa de campaña que acabábamos de comprar. No era tan grande, pero era lo que habíamos conseguido. Además, era un gran pretexto para estar juntitos.
—No porque seas bonita quiere decir que no ayudarás —me reclamó.
—Yo armé las sillas, te toca eso. —Señalé la tienda de acampar, sonriendo de oreja a oreja.
—No sé cómo hacerlo —se quejó por quinta vez.
—Con la práctica podrás hacerlo más rápido, mi amor.
Resopló, enredándose entre la estructura y la tienda.
—Te salvaste esta vez.
Reí y me paré, dejando mi gran comodidad para irle a ayudar. Le di instrucciones de cómo acomodar los palos fierrosos y después de unos minutos la tienda de acampar estaba lista.
—Nuestra habitación costosa está lista —bromeé.
—No puedo creer que me hagas quedarme aquí.
—Es para poder ver el anochecer juntos.
—Lo podíamos hacer desde el hotel
—Si, pero no ibas a vivir la experiencia.
***
Caminar por el área de los comerciantes antes de poder llegar a ver a la olas chocar con las montañas siempre era mi parte favorita. Las personas eran amables y cálidas; otras también eran insistentes para que compráramos sus artesanías.
Durante nuestro paseo compramos cuarzos de protección en la gran oferta de tres por uno. Yo me quedé con los de color rojo y rosa, y él me quitó el azul que brillaba en la oscuridad.
Llegamos hasta el letrero que decía: "La Bufadora". Al lado se encontraba un señor haciendo una pintura en un plato con sus manos. Dos lobos marinos, la luna y un mar hermoso se reflejaban en ella; sin pensarlo, la compramos como el recuerdo de nuestra primera visita a la playa juntos.
—¿Quién te sugirió esta idea, Nicolás? —pregunté, admirando el gran paisaje que era él.
—¿Insinúas que soy tonto?
—No
—Lucí, lo estás haciendo.
—¿Eres tonto? —lo cuestioné
—Sí me estás diciendo.
—Te estoy preguntando, que es diferente
Una vez que terminé con mi burla, aprecié el paisaje; ahora sí, el de las montañas y el mar.
El viento continuaba despeinando mi cabello y erizando mi piel. Ir de su mano, caminando sin preocupación alguna era un privilegio. Uno que deseaba se quedara para toda la vida.
La luna se asomaba en el océano mientras la marea subía.
—Un pajarito me comentó que tenías la curiosidad de estar en este lugar cuando fuera de noche —comentó Nicolás.
—Qué pájaro tan chismoso —caminé sin alejarme de él.
Sí, siempre tuve la duda de cómo era esta parte de Ensenada cuando oscurecía, pues ver cómo unas montañas literalmente escupía agua seguía siendo raro.
—Aún no entiendo cómo sale agua de allí —apuntó a las rocas de donde se expulsaba el chorro de agua.
—Miles de leyendas me han contado de este lugar que lo explican, como la de la ballena que se separó de su manda quedando entre las grandes rocas. —Le señalé con mi dedo a cuáles me refería—. Al no ser escuchada, se fusionó con las piedras alrededor y, para no ser olvidada, lanza chorros de agua para seguir pidiendo ayuda.
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Editado: 27.05.2026