Nicolás.
Observaba el lugar desde la puerta abierta de la casa de campaña. Luci dormía tan plácidamente que me sorprendía cómo era posible, si el colchón inflable estaba hasta el suelo y la arena se hizo más dura de lo que me gustaría admitir.
Era incómodo, pero también era sanador estar aquí.
La última vez que estuve cerca de algo igual fue cuando no asistí al cumpleaños de Lucía Isabel, mi padre me ilusionó con traerme al mar y, cuando llegamos, no me dejó entrar.
Dijo que no podía porque, si lloraba cada vez que me sumergía en la bañera, haría más grande el océano con mis lágrimas.
Di un beso en su mejilla antes de acercarme silenciosamente a la orilla. El sol no salía por completo, lo que no ayudaba ante mi miedo a la oscuridad. Recordé los últimos días y la pelea papá. Miré mis nudillos y no me arrepentí por dejarlos plasmados en su rostro.
No me hizo sentir mejor, pero confirmé que no era como él y que nunca lo sería.
Las olas golpeaban la orilla y la arena brillaba.
El agua me llamaba; un intento bastaría para saber si lo lograría. Al llegar la espuma a mis pies, retrocedí un paso. Las partículas de arena y alga húmedas me perturbaban más.
—Puedes hacerlo, es solo agua —me lo repetí.
No lo creía porque no solo era el agua; era la frustración, el miedo, la desesperación y el deseo de haber podido hacer las cosas distintas.
—¿Qué tal si dejas que el agua limpie los miedos?
Luci colocó su mano en mi hombro en espera de mi respuesta.
—Solo mojaré los pies.
Di un paso enfrente y el agua mojó mis dedos.
—Deja que la ola se lleve el dolor que no te corresponde —su voz se tornó pacífica.
El viento comenzó a soplar levemente y regresé sobre mis pasos, derrotado. Agaché la cabeza aun caminando de espaldas, Luci tomó mi mano y me detuvo. El sol comenzaba a salir y el calor disminuía un tanto la tensión.
Mi mano temblando se calmó gracias a que el viento traía un aroma suave y diferente, pero muy deleitable a mis sentidos.
Volteé y me di cuenta que era Lucía usando la fragancia natural que creé para Isabel.
—Ya estoy cerca y sí, me da miedo el mar —confesé con la mirada al piso—. No entro porque me da miedo no salir.
—Ese miedo era antes, cuando no estaba yo para ayudarte a salir de cualquier mar que exista.
—¿Cómo estás tan segura?
—Confío. ¿Confías en mí?.
Me quedé callado un segundo.
Claro que confío en ella.
Respiré y Confié.
—No, no, no puedo, ya hasta aquí.
Seguía sin entrar al mar que tanto miedo me daba.
—Nicolás, tranquilo.
—No puedo, no puedo. No sé qué hay debajo de mí, no sé qué animales o plantas están tocando mis pies. Me voy a ahogar, no lo entiendo, no sé nadar.
Luci se posicionó frente a mí y me tomó de los brazos.
—Yo estaré aquí para sostenerte. Sí eso es lo que quieres.
Se dio media vuelta y la sujeté de la cintura, aferrándome a su piel. Juntos caminamos, dejando que el mar nos cubriera poco a poco.
Estábamos frente a frente, con el agua salada al nivel de mi cuello. Podía tocar el fondo de vez en cuando, pero ella flotaba por completo.
Sus brazos se entrelazaron en mi cuello y yo me aferré a su espalda. Las montañas no dejaban que el sol saliera de golpe, regalándonos un amanecer.
Los colores amarillos y naranjas se plasmaban en su piel pálida.
—Mírame —me aconsejó sin apartar su vista de mis ojos.
—Aunque el amanecer es muy bello, me gusta más verte a ti.
—Dicen que el mar es de buena suerte, se lleva todo lo malo y atrae todo lo bueno.
—Lo sé, porque me trajo aquí contigo.
—También dicen que si te tiras 7 veces de espaldas se va toda la mala energía.
—También si te pasas un huevo —mencioné con sarcasmo.
—Lástima que no traemos huevos.
—Tú no, pero yo siempre traigo dos.
—Nicolás —sonrió, haciéndome olvidar por completo del exterior.
El impulso de aquel beso fue incontenible.
La vida nos regaló nuestro momento.
Únicamente ella y yo.
Nico e Isabel.
Lucía y Nicolás.
Sin miedos irracionales ni dudas, ni mucho menos preguntas ni preocupaciones.
Comprobé que era cierto lo que Lucía Isabel me dijo aquella vez:
Al final del día, sí vuelves a entrar al mar.
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Editado: 27.05.2026