El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 12 El silencio que te devuelve a ti mismo

Vivimos rodeados de ruido.

Ruido afuera.

Ruido dentro.

Teléfonos.

Mensajes.

Noticias.

Opiniones.

Problemas.

Responsabilidades.

Conversaciones.

Pantallas.

Comparaciones.

Recuerdos.

Preocupaciones.

Y, en medio de todo ese ruido, existe una voz que muchas veces dejamos de escuchar.

La nuestra.

No la voz que habla para agradar.

No la voz que responde automáticamente.

No la voz que repite lo que otros esperan.

Sino esa voz más profunda que aparece cuando finalmente dejamos de correr.

Una voz tranquila.

A veces casi imperceptible.

Una voz que no suele gritar.

Que no exige.

Que no amenaza.

Que simplemente pregunta:

”¿Estás bien?”

Y cuando por fin tenemos el valor de responder con honestidad, pueden aparecer respuestas que llevábamos mucho tiempo evitando.

Tal vez no estás cansado del trabajo.

Tal vez estás cansado de sentir que tu vida no te pertenece.

Tal vez no estás enojado con una persona.

Tal vez estás herido.

Tal vez no necesitas otra distracción.

Tal vez necesitas descansar.

Tal vez no necesitas que alguien te diga qué hacer.

Tal vez necesitas escucharte.

El silencio puede resultar incómodo porque no permite esconderse fácilmente.

Cuando todo queda quieto, aparecen pensamientos.

Recuerdos.

Preguntas.

Deseos.

Miedos.

Y también algo maravilloso:

claridad.

El día en que Martín apagó el teléfono

Martín tenía cuarenta y dos años.

Cada mañana despertaba y lo primero que hacía era mirar el teléfono.

Antes de levantarse.

Antes de lavarse la cara.

Antes incluso de abrir completamente los ojos.

Mensajes.

Noticias.

Redes sociales.

Correos.

Después comenzaba el día.

Durante el trabajo revisaba constantemente la pantalla.

En el almuerzo miraba videos.

Por la noche veía series mientras respondía mensajes.

Y cuando finalmente se acostaba, el teléfono permanecía sobre la mesa de luz.

Decía que no tenía tiempo.

Pero un domingo ocurrió algo diferente.

Se quedó sin batería.

El cargador estaba roto.

No podía usar el teléfono.

Al principio se sintió incómodo.

Caminó por la casa.

Miró el aparato varias veces.

Después se sentó junto a una ventana.

No sabía qué hacer.

Durante varios minutos escuchó únicamente los sonidos de la calle.

Un perro.

Un automóvil.

El viento.

Un pájaro.

Un vecino cerrando una puerta.

Y entonces se dio cuenta de algo:

Hacía años que no escuchaba su propia casa.

Ni siquiera sabía qué sonidos existían alrededor de él.

Preparó café.

Se sentó.

Y permaneció allí.

Sin pantalla.

Sin música.

Sin conversación.

Después de un rato comenzó a pensar en algo que llevaba meses evitando.

No estaba feliz con su trabajo.

La idea había aparecido muchas veces.

Pero siempre la había tapado con actividad.

Ese domingo no pudo taparla.

La escuchó.

Y por primera vez se preguntó:

”¿Qué quiero realmente hacer con mi vida?”

No encontró la respuesta ese día.

Pero encontró algo más importante.

La pregunta correcta.

El silencio no siempre trae respuestas

A veces esperamos que el silencio nos entregue una solución.

Nos sentamos.

Respiramos.

Cerramos los ojos.

Y esperamos una revelación.

Pero no funciona así.

El silencio no siempre responde.

A veces simplemente nos permite escuchar mejor las preguntas.

Y eso ya es muchísimo.

Porque hay preguntas que cambian una vida.

¿Qué necesito?

¿Qué estoy evitando?

¿Qué me duele?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero construir?

¿Qué persona quiero ser?

¿Qué estoy haciendo solamente para agradar?

¿Qué estoy manteniendo por miedo?

¿Qué necesito aceptar?

¿Qué necesito cambiar?

No todas tendrán respuesta inmediata.

No tienen por qué.

Una semilla tampoco muestra inmediatamente el árbol que contiene.

Algunas respuestas necesitan tiempo.

La mujer que descubrió que estaba triste

Ana tenía cincuenta y un años.

Era conocida por ser alegre.

Siempre sonreía.

Siempre hacía bromas.

Siempre estaba disponible.

Cuando alguien preguntaba:

—¿Cómo estás?

Respondía:

—¡Excelente!

Hasta que una tarde se quedó sola.

Su familia había salido.

La casa estaba en silencio.

Ana se sentó en el sofá.

No tenía nada que hacer.

Y de pronto lloró.

Lloró durante mucho tiempo.

Al principio se asustó.

Pensó:

“¿Qué me pasa?”

Después comprendió.

Estaba triste.

No por una sola razón.

Había acumulado pequeñas pérdidas.

Una amistad que terminó.

Un sueño que abandonó.

Una relación familiar distante.

El cansancio.

Los años.

Una sensación de vacío que no había querido reconocer.

Había utilizado la alegría como una forma de esconderse.

Pero aquella tarde, en silencio, ya no necesitaba actuar.

Al día siguiente comenzó a hablar con alguien de confianza.

No resolvió todo inmediatamente.

Pero dejó de fingir.

Y eso fue un comienzo.

Hay emociones que solo necesitan ser escuchadas

Nos han enseñado a solucionar demasiado rápido.

Si alguien está triste, queremos animarlo.

Si alguien tiene miedo, queremos tranquilizarlo.

Si alguien está enojado, queremos explicarle.

Pero algunas emociones no necesitan una solución inmediata.

Necesitan espacio.

La tristeza puede decir:




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