El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 17 CUANDO DESCUBRES QUE TU VIDA TIENE UN PROPÓSITO

Durante mucho tiempo nos hacen creer que encontrar nuestro propósito significa descubrir una gran misión.

Como si algún día fuéramos a despertarnos con una respuesta perfecta:

“Esto es para lo que nací.”

Y a partir de entonces todo tendría sentido.

Pero la vida rara vez funciona de esa manera.

El propósito no siempre llega como una revelación.

A veces aparece lentamente.

En una conversación.

En una persona que necesita de ti.

En una habilidad que nunca habías valorado.

En una experiencia dolorosa que te enseñó algo.

En una injusticia que despertó tu deseo de ayudar.

En una pérdida que cambió tus prioridades.

En una actividad sencilla que te hace sentir profundamente vivo.

Y a veces el propósito no tiene nada de espectacular.

Puede ser criar.

Acompañar.

Escuchar.

Crear.

Enseñar.

Cuidar.

Escribir.

Sembrar.

Servir.

Perdonar.

Inspirar.

O simplemente convertirte en una persona que hace un poco más amable el mundo de quienes la rodean.

Quizás el propósito de tu vida no sea algo que debas encontrar.

Quizás sea algo que vas construyendo.

Poco a poco.

Día tras día.

Decisión tras decisión.

EL PROPÓSITO DE AMALIA

Amalia tenía sesenta y tres años.

Durante treinta y cinco había trabajado como costurera.

Sabía transformar una tela sencilla en un vestido.

Podía arreglar una prenda casi sin mirar.

Reconocía la calidad de un tejido con solo tocarlo.

Pero nunca consideró aquello un talento especial.

Para ella era simplemente su trabajo.

Cuando se jubiló, durante los primeros meses disfrutó de levantarse sin despertador.

Después comenzó a sentirse extraña.

Sus días parecían demasiado largos.

Una mañana escuchó golpes en la puerta.

Era Valentina, una vecina de diecisiete años.

La joven llevaba una bolsa con unas telas.

—¿Podrías enseñarme a coser?

Amalia sonrió.

—¿A coser?

—Sí. Mi mamá dice que tú eres la mejor.

Amalia aceptó.

La primera clase duró casi tres horas.

Valentina se equivocó.

Rompió un hilo.

Cosió torcido.

Se pinchó un dedo.

Se frustró.

Amalia se rio.

—Yo también fui así.

Durante las siguientes semanas continuaron.

Después llegó otra joven.

Y otra.

Al poco tiempo, Amalia tenía seis alumnas.

No cobraba.

Lo hacía porque le gustaba.

Una tarde una de ellas terminó su primera falda.

La levantó orgullosa.

—La hice yo.

Amalia la miró.

Y comprendió algo.

Había pasado décadas creyendo que su trabajo consistía en coser ropa.

Pero quizás también había estado acumulando otra cosa:

la capacidad de enseñar.

Su propósito no había aparecido de repente.

Había estado escondido dentro de su propia historia.

Solo necesitaba que ella dejara de considerarlo algo cotidiano.

A VECES TU PROPÓSITO ESTÁ ESCONDIDO EN LO QUE HACES BIEN

Todos tenemos habilidades que minimizamos.

Decimos:

“Eso no es nada.”

“Cualquiera puede hacerlo.”

“No es importante.”

Pero quizás para otra persona sí lo sea.

Tal vez sabes escuchar.

Tal vez sabes cocinar.

Tal vez sabes explicar.

Tal vez sabes reparar cosas.

Tal vez tienes paciencia.

Tal vez sabes organizar.

Tal vez sabes cuidar animales.

Tal vez sabes trabajar con las manos.

Tal vez sabes acompañar a alguien cuando está triste.

Tal vez escribes.

Tal vez pintas.

Tal vez haces reír.

Tal vez tienes una experiencia que puede ayudar a alguien que atraviesa algo parecido.

No subestimes aquello que aprendiste durante tu vida.

Porque muchas veces el propósito no aparece desde lo desconocido.

Aparece cuando descubrimos el valor de lo que ya llevamos dentro.

EL PROPÓSITO NO SIEMPRE ES UNA PROFESIÓN

Hay personas que tienen un trabajo que aman.

Y hay otras que no.

Eso no significa que sus vidas carezcan de propósito.

Una persona puede trabajar en una oficina y encontrar propósito cuando acompaña a un compañero que atraviesa un momento difícil.

Una persona puede trabajar en una fábrica y encontrar sentido cuando ayuda a un joven a aprender un oficio.

Una madre puede encontrar propósito en acompañar a sus hijos.

Un abuelo puede encontrarlo en transmitir historias familiares.

Una persona jubilada puede encontrarlo cuidando una huerta.

Un vecino puede encontrarlo ayudando a otros.

El propósito no necesita aparecer en una tarjeta de presentación.

Puede aparecer en la manera en que utilizas tu tiempo.

En la forma en que tratas a las personas.

En aquello que eliges cuidar.

En la huella que dejas.

LA HISTORIA DE GABRIEL Y EL BANCO DE LA PLAZA

Gabriel tenía setenta años.

Cada mañana caminaba hasta una plaza cercana.

Se sentaba siempre en el mismo banco.

Al principio lo hacía porque estaba jubilado y no sabía cómo ocupar las mañanas.

Con el tiempo comenzó a reconocer a las personas que pasaban.

Una mujer caminaba con su perro.

Un hombre llevaba a su hija a la escuela.

Una señora mayor se sentaba a leer.

Un adolescente esperaba el colectivo.

Gabriel empezó a saludar.

Después comenzó a conversar.

Un día vio a un muchacho sentado solo.

Tenía la cabeza baja.

Gabriel se acercó.

—¿Todo bien?

—Sí.

Gabriel sonrió.

—Cuando uno dice “sí” mirando al suelo, normalmente significa otra cosa.

El muchacho levantó la cabeza.

Se llamaba Bruno.

Tenía problemas en su casa.

Gabriel no intentó darle una solución.

Simplemente escuchó.

Al día siguiente Bruno volvió.




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