El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 19 VOLVER A ABRIR EL CORAZÓN

Hay personas que después de sufrir aprenden a protegerse.

Y es comprensible.

Cuando alguien te decepciona, construyes una distancia.

Cuando alguien te traiciona, empiezas a desconfiar.

Cuando alguien te abandona, temes volver a necesitar.

Cuando alguien te humilla, escondes tus vulnerabilidades.

Cuando amas y pierdes, puedes llegar a pensar que amar fue el problema.

Entonces el corazón aprende una estrategia:

“Si no vuelvo a abrirme, nadie podrá volver a hacerme daño.”

Parece una solución.

Durante un tiempo incluso funciona.

Pero existe un precio.

Porque la misma puerta que impide entrar al dolor también puede impedir que entren el amor, la amistad, la ternura, la alegría y las nuevas oportunidades.

Y llega un momento en que debes preguntarte:

¿Estoy protegiendo mi corazón o lo estoy encerrando?

La diferencia puede ser muy pequeña.

Pero cambia una vida.

EL CORAZÓN DE ADRIANA

Adriana tenía cincuenta y ocho años.

Había estado casada durante treinta y un años.

Cuando su matrimonio terminó, sintió que algo dentro de ella se rompía.

No solamente había perdido una relación.

Había perdido una imagen del futuro.

Durante décadas había imaginado que envejecería junto a la misma persona.

La separación cambió sus planes.

Durante mucho tiempo no quiso conocer a nadie.

Sus amigas intentaban convencerla.

—Tienes derecho a volver a enamorarte.

Adriana respondía:

—No quiero volver a pasar por lo mismo.

No quería sufrir otra vez.

No quería confiar.

No quería comenzar de nuevo.

Y sobre todo no quería sentirse vulnerable.

Durante años mantuvo su corazón cerrado.

Hasta que una tarde su nieta le preguntó:

—Abuela, ¿por qué nunca dejas que nadie se acerque?

Adriana sonrió.

—Porque algunas personas hacen daño.

La niña respondió:

—Pero algunas personas también hacen bien.

Adriana quedó en silencio.

No porque la niña hubiera descubierto una gran verdad filosófica.

Sino porque había dicho algo sencillo que ella había olvidado.

No todas las personas son las mismas.

Su experiencia anterior era real.

Su dolor era real.

Pero el futuro no tenía obligación de repetir el pasado.

NO TODOS LOS QUE LLEGAN VIENEN A QUEDARSE

Una de las grandes dificultades de abrir el corazón es aceptar que no podemos garantizar cuánto durará una relación.

Amar no incluye un contrato que diga:

“Esta persona estará conmigo para siempre.”

Las personas cambian.

Las circunstancias cambian.

Las etapas cambian.

Algunas relaciones duran toda una vida.

Otras duran años.

Otras meses.

Algunas solamente aparecen para enseñarnos algo.

Y aunque esto pueda resultar doloroso, no significa que las relaciones breves sean inútiles.

Un encuentro puede ser importante aunque no sea permanente.

Una amistad puede marcarte aunque después los caminos se separen.

Una conversación puede transformar algo aunque nunca vuelvas a hablar con esa persona.

Una persona puede entrar en tu vida y dejar una enseñanza que permanece mucho después de su partida.

No todo lo valioso tiene que durar para siempre.

EL ERROR DE CONFUNDIR PROTECCIÓN CON DISTANCIA

Protegerte puede significar establecer límites.

No contar inmediatamente toda tu vida.

Observar antes de confiar.

Reconocer señales de alerta.

Decir no cuando algo te hace daño.

Alejarte de relaciones destructivas.

Buscar ayuda cuando la necesitas.

Eso es cuidado.

Pero cerrar completamente el corazón es diferente.

Significa no permitir que nadie se acerque porque existe la posibilidad de sufrir.

Y entonces empiezas a vivir en un estado de prevención permanente.

Analizas cada palabra.

Desconfías de cada gesto.

Esperas el abandono.

Buscas señales de traición.

Interpretas cada silencio.

Y terminas sufriendo por acontecimientos que quizá nunca ocurran.

El pasado se convierte en una especie de vigilante permanente.

Pero no puedes construir una vida nueva mientras vigilas eternamente la puerta de una casa antigua.

LA HISTORIA DE SERGIO

Sergio tenía cuarenta y cinco años.

Su mejor amigo había traicionado su confianza.

Habían compartido negocios, vacaciones, problemas familiares y años de amistad.

Hasta que una decisión económica terminó destruyendo la relación.

Sergio quedó devastado.

Después de aquello dejó de confiar incluso en sus otros amigos.

Si alguien tardaba en responderle un mensaje, pensaba:

“Seguro está molesto conmigo.”

Si alguien cancelaba un encuentro:

“Ya no le importo.”

Si alguien hacía un comentario extraño:

“Algo está ocultando.”

Su mente había aprendido a buscar peligro.

Un día una amiga le dijo:

—No estás desconfiando de las personas. Estás desconfiando de tu capacidad para afrontar otra decepción.

La frase lo golpeó.

Porque comprendió algo:

él no tenía miedo solamente de que lo engañaran.

Tenía miedo de no poder soportarlo nuevamente.

Entonces comenzó a trabajar en algo diferente.

No intentó convencerse de que todas las personas eran buenas.

Aprendió algo más realista:

“Si alguien me decepciona, podré poner límites. Podré alejarme. Podré pedir ayuda. Podré sanar.”

Eso cambió su manera de relacionarse.

Ya no necesitaba garantías absolutas.

Había comenzado a confiar también en sí mismo.

CONFIAR EN TI ES LA BASE PARA CONFIAR EN OTROS

Muchas veces pensamos que la confianza consiste en creer que otra persona nunca nos hará daño.




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