El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 34 LA PAZ DE ACEPTAR LO QUE NO PUEDES COMPRENDER

Hay preguntas que pueden acompañarnos durante muchos años.

¿Por qué ocurrió?

¿Por qué a mí?

¿Por qué aquella persona se fue?

¿Por qué no llegó aquella oportunidad?

¿Por qué tuve que atravesar aquella pérdida?

¿Por qué alguien que amaba me hizo daño?

¿Por qué hice aquella elección?

¿Por qué Dios permitió aquello?

¿Por qué, después de haber dado tanto, las cosas no salieron como esperaba?

Y algunas de esas preguntas no tienen una respuesta que podamos encontrar.

Buscamos explicaciones.

Hablamos con amigos.

Leemos.

Rezamos.

Pensamos durante noches enteras.

Intentamos reconstruir cada detalle.

“Si hubiera hecho esto…”

“Si hubiera dicho aquello…”

“Si hubiera llegado cinco minutos antes…”

“Si aquella persona hubiera elegido diferente…”

Pero la vida no siempre entrega respuestas.

Y esa ausencia de respuestas puede convertirse en una de las cargas más pesadas que llevamos.

Porque a veces creemos que para poder estar en paz necesitamos comprenderlo todo.

Y quizás no sea así.

Quizás la paz no siempre aparece cuando encontramos una explicación.

Quizás aparece cuando aprendemos a decir:

“No entiendo por qué ocurrió, pero no voy a permitir que esta pregunta destruya el resto de mi vida.”

EL DÍA EN QUE MARTA DEJÓ DE PREGUNTAR “POR QUÉ”

Marta tenía sesenta y cuatro años.

Había atravesado una pérdida que cambió su vida.

Durante mucho tiempo intentó encontrar una explicación.

¿Por qué?

Había hablado con médicos.

Con familiares.

Con amigos.

Había leído.

Había rezado.

Había buscado señales.

Había reconstruido conversaciones.

Y siempre regresaba a la misma pregunta.

—¿Por qué?

Una tarde estaba sentada en una plaza.

Una amiga se sentó a su lado.

—¿Todavía te preguntas por qué?

Marta bajó la mirada.

—Todos los días.

Su amiga tomó su mano.

—¿Encontraste la respuesta?

—No.

—¿Y crees que algún día la encontrarás?

Marta permaneció en silencio.

Después dijo:

—No lo sé.

Su amiga respondió:

—Quizás no necesitas encontrarla para seguir viviendo.

Marta la miró.

Aquella frase no resolvió su dolor.

No podía hacerlo.

Pero abrió una pequeña puerta.

Marta comprendió que había pasado tanto tiempo buscando una explicación que había dejado de mirar el resto de su vida.

Todavía tenía personas que la querían.

Todavía tenía mañanas.

Todavía tenía canciones.

Todavía tenía libros.

Todavía podía caminar.

Todavía podía ayudar.

Todavía podía reír.

Todavía podía llorar.

Todavía podía rezar.

La pregunta seguía existiendo.

Pero ya no ocupaba todo el espacio.

Marta comenzó a decir:

“No sé por qué ocurrió. Pero sé que todavía estoy aquí.”

Y eso fue suficiente para dar el siguiente paso.

NO TODO DOLOR NECESITA UNA EXPLICACIÓN

A veces queremos convertir cada experiencia en una lección.

Pero debemos tener cuidado.

No todo sufrimiento tiene un propósito evidente.

No todo fracaso ocurrió “para enseñarnos algo”.

No toda pérdida fue “necesaria”.

No todo dolor tiene una explicación espiritual inmediata.

Hay cosas injustas.

Hay despedidas que llegan demasiado pronto.

Hay decisiones que jamás comprenderemos.

Hay personas que nos decepcionan.

Hay oportunidades que se pierden.

Hay situaciones que simplemente suceden.

Intentar encontrar un significado inmediatamente puede incluso hacernos más daño.

Porque podemos terminar preguntándonos:

“¿Qué hice para merecer esto?”

Y esa pregunta puede convertir el dolor en culpa.

No.

Hay situaciones que no son nuestra culpa.

Hay cosas que simplemente no podemos controlar.

Y reconocerlo no es rendirse.

Es aceptar la realidad.

LA DIFERENCIA ENTRE ACEPTAR Y RESIGNARSE

Aceptar no significa decir:

“Está bien que haya ocurrido.”

Aceptar significa:

“Ocurrió. No puedo cambiar ese hecho. Ahora necesito decidir qué haré con mi vida a partir de aquí.”

La resignación puede decir:

“No puedo hacer nada.”

La aceptación puede decir:

“No puedo cambiar aquello, pero todavía puedo elegir mi próximo paso.”

La resignación cierra.

La aceptación abre.

La resignación abandona.

La aceptación reorganiza.

La resignación dice:

“Todo terminó.”

La aceptación pregunta:

“¿Qué queda?”

Y muchas veces queda más de lo que imaginamos.

Queda nuestra capacidad de amar.

Queda nuestra dignidad.

Quedan personas.

Quedan sueños.

Queda nuestra experiencia.

Queda nuestra fe.

Queda nuestra capacidad de elegir.

Queda el presente.

Y mientras exista el presente…

todavía existe posibilidad.

JORGE Y LA PUERTA QUE NO SE ABRIÓ

Jorge tenía cincuenta y tres años.

Había trabajado durante mucho tiempo para conseguir un puesto determinado.

Estudió.

Se preparó.

Hizo sacrificios.

Esperó.

Finalmente se presentó.

No lo eligieron.

Durante semanas estuvo convencido de que aquello significaba que había fracasado.

—Todo el esfuerzo fue inútil —decía.

Su esposa le preguntó:

—¿Seguro?

—¿Cómo que seguro?

—Quizás el esfuerzo no te llevó al lugar que querías. Pero ¿qué construyó en ti?

Jorge se quedó pensando.

Había aprendido.

Había conocido personas.

Había desarrollado nuevas habilidades.

Había descubierto cosas que podía hacer y otras que no quería volver a hacer.

La puerta no se abrió.

Pero el camino hacia esa puerta había cambiado su vida.




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