El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 35 VOLVER A ELEGIRTE

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿Cuándo fue la última vez que te elegiste a ti mismo?

No para abandonar a nadie.

No para ser egoísta.

No para hacer daño.

Sino simplemente para escuchar lo que necesitabas.

Quizás llevas años eligiendo.

Elegiste lo que necesitaban tus padres.

Después elegiste lo que necesitaban tus hijos.

Luego lo que necesitaba tu pareja.

Tu trabajo.

Tu familia.

Tus amigos.

Las personas que dependían de ti.

Y poco a poco, casi sin darte cuenta, comenzaste a ocupar el último lugar.

“Después de esto descanso.”

“Cuando termine aquello, pienso en mí.”

“Ahora no puedo.”

“Hay cosas más importantes.”

“Primero los demás.”

Y así pueden pasar años.

Hasta que un día te miras por dentro y descubres una sensación difícil de explicar:

estás presente en tu propia vida, pero llevas mucho tiempo sin preguntarte cómo estás.

No necesariamente porque nadie te quiera.

A veces sucede precisamente porque has amado mucho.

Has dado.

Has cuidado.

Has sostenido.

Has acompañado.

Pero incluso el amor necesita equilibrio.

Porque amar a los demás no debería significar desaparecer.

Y quizás una de las formas más profundas de sanar sea aprender nuevamente a decir:

“Yo también importo.”

ELENA Y LA SILLA VACÍA

Elena tenía sesenta años.

Durante décadas había sido la persona que resolvía todo.

Si alguien necesitaba una cita médica, ella la organizaba.

Si había un cumpleaños, ella preparaba todo.

Si alguien tenía problemas, ella escuchaba.

Si había una discusión familiar, intentaba solucionarla.

Su teléfono casi nunca estaba en silencio.

Una tarde se sentó en la cocina después de haber pasado todo el día atendiendo asuntos de otros.

Miró una silla vacía frente a ella.

Y tuvo una sensación extraña.

Se preguntó:

—¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó qué quiero yo?

No encontró una respuesta inmediata.

Aquella noche tomó una hoja de papel.

Escribió:

“Cosas que me gustan.”

Se quedó mirando la hoja.

No sabía qué poner.

Había pasado tanto tiempo preguntándose qué necesitaban los demás que había olvidado sus propias preferencias.

Después de unos minutos escribió:

Caminar.

Leer.

Escuchar música.

Viajar.

Tomar café tranquila.

Pintar.

Hablar con una amiga.

Dormir sin despertador.

Ver el amanecer.

Y una última palabra:

Silencio.

Elena sonrió.

Había encontrado algo que llevaba años buscando.

No una nueva vida.

Sino una parte de la vida que ya tenía y que había dejado abandonada.

ELEGIRTE NO SIGNIFICA ABANDONAR A LOS DEMÁS

Esta diferencia es fundamental.

Elegirte no significa dejar de amar.

No significa ignorar a quienes te necesitan.

No significa convertirte en una persona indiferente.

Significa reconocer que tú también eres una persona que necesita cuidado.

Puedes ayudar y descansar.

Puedes amar y poner límites.

Puedes dar y recibir.

Puedes acompañar y pedir compañía.

Puedes escuchar y también ser escuchado.

Puedes estar para otros sin dejar de estar para ti.

El problema aparece cuando confundimos amor con sacrificio permanente.

Cuando creemos:

“Si digo que no, soy malo.”

“Si descanso, soy egoísta.”

“Si necesito ayuda, soy débil.”

“Si tengo tiempo para mí, estoy abandonando a los demás.”

No.

El cuidado también necesita incluirte.

Porque una persona agotada puede seguir amando, pero con menos recursos.

Una persona que nunca descansa puede comenzar a vivir con resentimiento.

Una persona que nunca pone límites puede terminar sintiendo que todos se aprovechan.

Y una persona que siempre se abandona por otros puede llegar a olvidar quién es.

LA HISTORIA DE MARCOS

Marcos tenía cincuenta y cuatro años.

Durante veinte años había trabajado prácticamente sin descanso.

Su argumento siempre era el mismo:

—Lo hago por mi familia.

Y era verdad.

Trabajaba por su familia.

Quería que sus hijos tuvieran oportunidades.

Quería pagar la casa.

Quería que nada les faltara.

Pero sus hijos comenzaron a crecer.

Un día su hija le dijo:

—Papá, ¿por qué nunca haces algo que te guste?

Marcos respondió:

—No tengo tiempo.

Ella sonrió.

—Siempre dices eso.

Aquella frase se quedó dentro de él.

“No tengo tiempo.”

Pero Marcos comenzó a preguntarse si realmente era solamente una cuestión de tiempo.

Quizás también era una cuestión de permiso.

Nunca se había permitido querer algo para él.

Finalmente comenzó a caminar por las tardes.

Después retomó la fotografía.

Más adelante comenzó a viajar algunos fines de semana.

No abandonó su trabajo.

No dejó de cuidar a su familia.

Simplemente dejó de pensar que para demostrar amor debía desaparecer.

Y descubrió algo maravilloso:

sus hijos no necesitaban un padre permanentemente agotado.

Querían un padre presente.

Un padre capaz de conversar.

De reír.

De disfrutar.

De contar historias.

De vivir.

CUANDO APRENDES A DECIR “NO”

Una de las palabras más difíciles para algunas personas es:

No.

No puedo.

No quiero.

No ahora.

No estoy disponible.

No me hace bien.

No estoy de acuerdo.

No puedo ayudarte con esto.

No deseo participar.

No necesito justificarme.

Para algunas personas, pronunciar esas frases produce culpa.




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