El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 36 CUANDO APRENDES A ESTAR CONTIGO

Hay una diferencia enorme entre estar solo y sentirse solo.

Puedes estar rodeado de personas y sentir un vacío inmenso.

Puedes vivir en una casa llena de voces y sentir que nadie te conoce realmente.

Puedes tener cientos de contactos en el teléfono y no tener a quién llamar cuando necesitas hablar.

Y también puedes encontrarte completamente solo una tarde…

y sentir una paz que hacía años no conocías.

La soledad tiene muchas formas.

A veces llega después de una separación.

Después de una pérdida.

Cuando los hijos crecen.

Cuando termina una etapa laboral.

Cuando los amigos toman caminos diferentes.

Cuando una persona se jubila.

Cuando alguien que estuvo siempre deja un espacio vacío.

Pero existe otra soledad.

Una que no necesariamente llega porque alguien se fue.

Llega cuando nosotros mismos nos hemos alejado de nosotros.

Cuando ya no sabemos qué sentimos.

Qué queremos.

Qué nos gusta.

Qué nos duele.

Qué soñamos.

Qué necesitamos.

Y quizás por eso aprender a estar contigo no significa resignarte a la soledad.

Significa construir una relación interior que pueda acompañarte durante todas las etapas de tu vida.

Porque habrá momentos en los que alguien estará a tu lado.

Y habrá momentos en los que tendrás que caminar unos pasos solo.

Aprender a estar contigo puede convertir esos momentos en una oportunidad de encuentro.

TERESA Y LA CASA EN SILENCIO

Teresa tenía setenta y un años.

Había vivido durante décadas en una casa llena de movimiento.

Primero fueron sus hijos.

Después los amigos de sus hijos.

Luego los nietos.

Cumpleaños.

Navidades.

Domingos.

Comidas.

Discusiones.

Risas.

Televisión.

Puertas que se abrían y cerraban.

Hasta que un día la casa quedó prácticamente en silencio.

Sus hijos habían formado sus propias familias.

Los nietos ya no eran pequeños.

Cada uno tenía su vida.

Teresa estaba orgullosa.

Pero las noches eran difíciles.

El silencio parecía demasiado grande.

Una tarde decidió hacer algo diferente.

En lugar de encender inmediatamente el televisor, preparó una taza de té.

Se sentó junto a la ventana.

Y permaneció allí.

Al principio escuchó solamente el ruido de la calle.

Después escuchó un pájaro.

Luego el viento.

Después el reloj.

Y finalmente…

se escuchó a sí misma.

Comenzó a pensar en cosas que había dejado de preguntarse.

¿Qué quiero hacer ahora?

¿Qué me gusta?

¿Qué me gustaría aprender?

¿Qué personas quiero visitar?

¿Qué lugares todavía quiero conocer?

¿Qué puedo hacer con esta etapa?

La casa seguía silenciosa.

Pero el silencio ya no parecía vacío.

Era espacio.

Teresa comenzó a llenar ese espacio lentamente.

Primero con plantas.

Después con libros.

Luego con música.

Más tarde se inscribió en un taller de pintura.

Y finalmente comenzó a escribir pequeños recuerdos de su vida.

No había dejado de extrañar a sus hijos.

No había dejado de quererlos.

Pero descubrió algo importante:

extrañar a alguien no significa que debas dejar de vivir.

ESTAR CONTIGO NO ES ESTAR CONTRA EL MUNDO

A veces creemos que si aprendemos a estar solos terminaremos alejándonos de todos.

No.

La soledad saludable no significa aislamiento permanente.

No significa rechazar vínculos.

No significa dejar de necesitar a otros.

Los seres humanos necesitamos conexión.

Necesitamos amistad.

Familia.

Comunidad.

Afecto.

Conversación.

Contacto.

Apoyo.

Pero también necesitamos un espacio interior que no dependa completamente de la presencia de otros.

Porque si no podemos estar solos ni siquiera unos minutos, podemos terminar buscando personas no por amor, sino por miedo al vacío.

Y una relación construida únicamente para evitar la soledad puede convertirse en dependencia.

Aprender a estar contigo no significa decir:

“No necesito a nadie.”

Significa:

“Puedo amar a otros sin sentir que dejo de existir cuando no están.”

MIGUEL Y LOS DOMINGOS

Miguel tenía sesenta y cinco años.

Había trabajado toda su vida.

Cuando llegó la jubilación, los primeros meses fueron agradables.

Después aparecieron los domingos.

Le parecían interminables.

Durante años los domingos habían sido familiares.

Ahora los hijos tenían sus propios compromisos.

Algunos domingos lo visitaban.

Otros no.

Miguel comenzó a mirar el reloj.

Las diez.

Las doce.

Las tres.

Las seis.

Esperaba que el día terminara.

Un día su hija le preguntó:

—Papá, ¿qué haces cuando estás solo?

—Nada.

—¿Y qué te gustaría hacer?

Miguel no supo responder.

Ella le regaló una libreta.

En la primera página había escrito:

“Cosas que todavía puedes descubrir.”

Miguel comenzó a escribir.

Aprender fotografía.

Volver a pescar.

Leer novelas.

Cocinar.

Caminar.

Visitar pueblos.

Aprender a usar una cámara.

Llamar a un viejo amigo.

Escuchar música.

Plantar tomates.

No hizo todo.

Pero comenzó.

Y los domingos dejaron de ser días que necesitaba soportar.

Se convirtieron en días que podía habitar.

LA SOLEDAD NO SIEMPRE ES EL PROBLEMA

Hay una diferencia entre la soledad elegida y el aislamiento que produce sufrimiento.

Una tarde tranquila puede ser maravillosa.

Pero si durante mucho tiempo sientes tristeza profunda, desconexión, desesperanza o incapacidad para relacionarte, no necesitas soportarlo en silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.