El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 37 APRENDER A MIRAR CON NUEVOS OJOS

Hay momentos en la vida en los que nada parece haber cambiado…

pero nosotros sí.

La misma casa.

La misma calle.

La misma familia.

El mismo trabajo.

El mismo barrio.

Las mismas fotografías.

Los mismos problemas.

Y, sin embargo, algo dentro de nosotros empieza a mirar de otra manera.

Una ventana que antes parecía vieja ahora parece hermosa.

Una conversación que antes nos molestaba ahora nos hace comprender.

Una persona que antes juzgábamos ahora nos despierta compasión.

Un día común ahora nos parece un regalo.

Y entonces descubrimos una verdad sencilla, pero profunda:

no siempre necesitamos cambiar nuestra vida para comenzar a vivirla de otra manera.

A veces necesitamos cambiar la mirada.

Durante años podemos acostumbrarnos a mirar aquello que falta.

El dinero que no tenemos.

La oportunidad que perdimos.

La persona que se fue.

El cuerpo que cambió.

El sueño que no cumplimos.

La edad que avanzó.

El problema que todavía permanece.

Y mientras miramos lo que falta, dejamos de ver lo que existe.

No porque debamos negar las dificultades.

No.

La vida tiene problemas reales.

Hay pérdidas reales.

Hay injusticias.

Hay cansancio.

Hay incertidumbre.

Pero incluso dentro de una vida imperfecta puede existir algo que todavía merece ser visto.

Una taza de café.

Una conversación.

Una mano.

Una canción.

Un árbol.

Una mascota.

Una sonrisa.

Una oración.

Una tarde tranquila.

Una persona que todavía está.

Un sueño que todavía respira.

Y quizás aprender a mirar sea una de las formas más profundas de despertar.

EL CAMBIO DE MARTÍN

Martín tenía sesenta y nueve años.

Durante mucho tiempo había pensado que su vida había perdido emoción.

Todos los días eran iguales.

Se levantaba.

Desayunaba.

Hacía algunas tareas.

Almorzaba.

Miraba televisión.

Dormía.

Y repetía.

—Ya no pasa nada interesante —decía.

Una mañana salió a comprar pan.

En el camino comenzó a llover.

Martín se refugió debajo del techo de un comercio.

Mientras esperaba, observó la calle.

Una mujer corría tratando de cubrir a su hijo con una campera.

Un hombre cerraba rápidamente un negocio.

Dos adolescentes reían mientras saltaban los charcos.

Un perro sacudía el agua de su cuerpo.

Una pareja compartía un paraguas demasiado pequeño.

Martín sonrió.

Nunca había prestado atención a esas cosas.

La lluvia terminó.

Continuó caminando.

Al llegar a casa encontró el pan todavía caliente.

Preparó café.

Se sentó junto a la ventana.

Y pensó:

—Quizás mi vida no es tan aburrida. Quizás yo había dejado de mirar.

Aquella frase cambió algo.

No necesitaba mudarse.

No necesitaba ganar dinero.

No necesitaba comenzar una aventura extraordinaria.

Necesitaba recuperar la capacidad de observar.

Desde entonces empezó a caminar sin auriculares algunos días.

Miraba los árboles.

Las casas.

La gente.

Los cambios de estación.

Los atardeceres.

Y descubrió que el mundo había estado lleno de pequeñas historias todo el tiempo.

Él simplemente había dejado de prestarles atención.

LA COSTUMBRE DE NO VER

El cerebro humano puede acostumbrarse a casi todo.

A una casa.

A un paisaje.

A una persona.

A un sonido.

A una rutina.

Lo que al principio nos parecía extraordinario puede convertirse en parte del fondo.

Por eso muchas veces dejamos de valorar aquello que tenemos.

No necesariamente porque seamos desagradecidos.

Sino porque nos acostumbramos.

El primer día que vemos el mar puede dejarnos sin palabras.

Después de vivir cerca del mar durante años, quizás ya ni siquiera lo miramos.

La primera vez que escuchamos la voz de un hijo puede emocionarnos.

Años después podemos escucharla mientras hacemos otras cosas.

La primera vez que alguien nos abraza puede quedar grabada en la memoria.

Con el tiempo, algunos abrazos se vuelven automáticos.

La familiaridad puede hacer que dejemos de mirar.

Por eso necesitamos aprender nuevamente a ver.

CLARA Y LAS MANOS DE SU MADRE

Clara tenía cincuenta años.

Su madre tenía ochenta y dos.

Durante toda su vida había visto las manos de su madre.

Manos pequeñas.

Con algunas manchas.

Dedos ligeramente torcidos.

Uñas sencillas.

Nada extraordinario.

Una tarde estaban cocinando juntas.

Clara observó aquellas manos mientras su madre cortaba verduras.

Y de repente pensó:

“Estas manos me peinaron.”

“Estas manos me prepararon comida.”

“Estas manos me curaron cuando estaba enferma.”

“Estas manos sostuvieron mi rostro cuando lloré.”

“Estas manos trabajaron durante años.”

Clara se quedó mirándolas.

Su madre preguntó:

—¿Qué pasa?

Clara tomó una de sus manos.

—Nada.

Y después dijo:

—Nunca había mirado tus manos así.

Su madre sonrió.

Clara sintió una emoción profunda.

No había aparecido nada nuevo.

Las manos eran las mismas.

La madre era la misma.

La cocina era la misma.

Pero la mirada había cambiado.

Y cuando cambia la mirada…

algunas cosas empiezan a parecer sagradas.

NO NECESITAS IDEALIZAR PARA APRECIAR

Mirar con nuevos ojos no significa convertir todo en algo perfecto.

Tu familia puede tener problemas.

Tu trabajo puede ser difícil.

Tu casa puede necesitar reparaciones.

Tu cuerpo puede tener limitaciones.

Tu relación puede atravesar conflictos.




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