Fue la noche más cálida de invierno para Acacia. El calor del fuego nunca paro -aunque si disminuyo-, las mantas no desaparecieron, su camisón tampoco, sus preocupaciones se apaciguaron.
Un aumento casi imperceptible en la luz de la habitación fue lo que la despertó. Una pequeña luz blanquecina se asomaba por la punta de la mesita al lado de la cama.
La cortina apenas estaba abierta, la luz demostraba que el día había comenzado, pero solo se escuchaba silencio. Sentía completo placer cuando movía los pies contra las suaves sabanas y la punta de los dedos de sus manos estaban frías por haber sostenido las colchas cubriéndola lo más posible. Sin embargo, era una sensación agradable a comparación de los últimos días transcurridos.
Se permitió disfrutar de los efectos solo un momento más, y con pesadez se levantó cuando creía ya era demasiado tiempo de ociosidad.
Un escalofrió la recorrió de pies a cabeza y le puso la piel de gallina apenas aparto las mantas de sí misma, el camisón se pegó a ella por la corriente de aire. Diviso su vestido al final de la cama, en el mismo lugar en donde lo había dejado la noche anterior.
Se había vestido sola más veces de las que podía contar, pero eso no significaba que fuera una tarea fácil. Su ropa íntima siempre fue lo más fácil, aunque consistiera en cuatro piezas distintas, casi todas eran simples de poner; su única dificultad con aquello era la primera pieza en poner: su cotte. El resto de la vestimenta era fácil, hasta que llegaba la hora de atar y apretar su vestido.
Su apariencia no era la más importante para ella, pero siempre se garantizaba estar lo más prolija posible en su situación. Nunca sabía que era lo que podía llegar a pasar.
Una vez terminada su tarea, se dispuso a ordenar el pequeño desorden que había hecho y dejar el camisón prestado bien doblado sobre el baúl a los pies de la cama.
Alcanzo sus zapatos de lana y sus chopines y una vez puestos, se encamino hacia la puerta de la habitación.
En el preciso instante en el que tiro de la puerta para abrirla, se encontró con la imagen del señor Loughty con la mano alzada hecha un puño como si estuviera preparado para tocar. Su porte y vestimenta tan impecable como el día anterior.
Parecía tenso e indeciso mientras la miraba a los ojos. Carraspeo intentando llamar la atención de Acacia, quien lo observaba con fijeza sin saber que decir. Esperando a que fuera el quien diera la primera frase, como lo había hecho hasta el momento.
Y por supuesto, lo volvió a hacer.
-Señorita Turner, he decidido venir a despertarla debido a que mi amigo, el señor Sherman, a pedido explícitamente comenzar el desayuno cuando usted se encuentre presente-dijo tomando control de todo rastro del nerviosismo que había demostrado. Acacia asintió.
-Siento haber despertado tan tarde, señor, le juro que no fue mi intención-murmuro mirándolo a los ojos.
-Oh. No, no es un problema, señorita. En esta casa son madrugadores desde que tengo memoria. Tienen los horarios más estrictos que he conocido-respondió con rapidez; estaba casi segura que había vislumbrado un asomo de sonrisa.
Acacia sintió la necesidad de hacerle saber lo agradecida que estaba por ese gesto, así que en respuesta fue ella quien le brindo una sonrisa de labios cerrados.
Seguido de ello, avanzo un paso para poder salir de la habitación más reconfortante en la que había estado, y cerró la puerta tras de sí al dar el segundo paso; el señor Loughty se mantuvo a su lado, esta vez con sus dos brazos detrás de sí y con la figura tan recta que parecía más imponente que el día anterior.
-Ha pasado usted una buena noche?-pregunto. Acacia giro la cabeza ligeramente para mirarlo.
-Sí, señor. Ha sido una noche de sueño maravillosa-dijo al volver a fijar la mirada al camino.
-Me complace escucharla decir eso. El señor Sherman es un hombre muy reconocido en la sociedad, no solo por ser un hombre tan simpático, sino por las tan gratas atenciones que brinda a sus visitantes.
-Pues, es buena noticia haber podido comprobarlo, señor.
-Si. Su habitación de invitados me ha hecho cuestionar incluso la forma en la que trato a los míos, es curioso pensar en eso estando tan lejos de mi hogar-confeso con soltura.
-¿Se encuentra usted tan lejos de casa, señor Loughty?-pregunto con genuina curiosidad.
El señor Loughty parecía complacido por el interés de su acompañante.
-Mucho, señorita. Mi hogar esta en las afueras de Bedfordshire- Acacia no sabía con seguridad cual fue su expresión al escuchar al joven, pero se sintió avergonzada cuando, después de mirarla fugazmente, el señor Loughty aclaro- Eso queda pasando Londres, señorita. Incluso más lejos que Hertfordshire y Luton, en dirección al noroeste.
-Mis disculpas, señor, jamás había escuchado sobre ese condado. Ya sabe usted cuales son mis conocimientos en cuanto al territorio del país-el señor Loughty asintió levemente.
Siguieron los últimos tramos en silencio, tanto que Acacia juraba escuchar el llanto de un bebe que creía ser el hijo del señor y la señora Sherman. Pasaron el umbral hacia el comedor justo cuando la sirvienta de la noche anterior llenaba una copa más vino delante de una silla vacía.
La mesa llena de uvas, manzanas, pan, sopa y demás.
A diferencia de lo que había escuchado, los niños no se hallaban presentes. Solo compartirían el desayuno con los dueños de la casa, por lo que Acacia dedujo que de los niños se encargaban las sirvientas.
Y por un momento sintió un poco de compasión con las criaturas al ver la indiferencia de su madre al llanto apenas audible. Jamás había sido alguien con gran destreza para deducir las emociones de las personas, pero estando ahí, al lado del señor Loughty, podía sentir la negatividad a su alrededor, como si fuera una especie de nube.
No tardó mucho en comprender que era por un grado de irritación y molestia por parte de este.