El poder en la oscuridad

Doce

Luz. Mucha luz.
Acacia se despierta con los rayos del sol en sus ojos; le toma unos segundos entender en dónde está y con quién está.

Se sienta con brusquedad, impulsada por los recuerdos de anoche. La llama de las velas, las mesas, las cortinas, los gritos, la tensión, Kilian.

Lo busca desesperada con la mirada. El temor arraigado en su estómago se amortigua al encontrarlo al otro lado de la habitación durmiendo sentado en un sillón destrozado.

Solo en ese momento se percata de ella misma. El abrazo, los susurros, estoy asustada. La confesión llega como un relámpago y no hace más que confundirla.

Estaban sentados. Al final de la cama. Pero ahora ella está sentada en el centro de ésta y con las piernas tapadas.

El corazón salta, siente sus latidos acelerarse. Recuerda todo, a pesar de sus momentos de intensidad recuerda todo. Cómo la escuchó a pesar del pánico obvio en sus ojos; como no la juzgo, a pesar de que eso habría hecho cualquier persona; como la calmó, a pesar de que sus exabruptos no lo merecían; como la entendió, a pesar de que ese no era su deber.

Con parsimonia se quitó la manta de encima para levantarse de la cama y percibió por primera vez el olor a mo que había en la habitación, desvía la vista hacia la cama nuevamente para encontrarse con mantas raídas y sucias.

Probablemente debería estar agradecida por dormir en una superficie blanda y cálida en lugar del suelo frio, húmedo y duro a la intemperie; pero en lugar de estar agradecida un escalofrió la recorre al pensar cuantas personas pueden haber dormido en esa misma cama con las mismas mantas que demuestran no haberse lavado en meses.

Pero la cama suena y se veía como un paraíso a comparación con el sillón en el que dormitaba Kilian.

Un sentimiento nuevo de gratitud la embarca por completo y por esa misma razón se encamina hacia la puerta; quiere conseguir algo para comer para agradecerle, incluso si eso significa robarlo.

Pero al intentar abrir la puerta Kilian le habla.

-No lo hagas, no es seguro este lugar, Acacia-su voz sale en un siseo bajo, ronco y adormilado.

-No iba a escaparme-respondió en un susurro nervioso. Kilian soltó una risita en respuesta.

-¿Ibas a robar?-la forma irónica en la que hablo no era agradable en él. Sus palabras calaron dentro de Acacia como un tazón de sopa hirviendo.

-¿Qué es lo que sucede, Kilian? Nada de eso le molesto antes-sonaba herida; igual que un ciervo al que acaban de cazar.

Kilian se lamentaba por dentro al verla de esa forma; no quería tratarla de esa forma, pero no sabía cómo impedir que continuara poniéndose en riesgo. Era ilógico; el intentaba protegerla y ella robaba sin necesidad. Él tenía dinero suficiente para los dos.

-No lo necesitas. No ahora, Acacia, no debe ponerse en peligro por robar una hogaza de pan cuando yo soy perfectamente capaz de comprarla-hizo énfasis en la última palabra.

Acacia tenía la intención de rebatirlo, tenía la intención de enfrentarlo. Pero algo en sus ojos le hizo recapacitar; estaba decidido, tenía la determinación instalada en cada rincón de sus ojos color tierra y se podía distinguir en ellos un deje de advertencia.

Era una batalla en la que Acacia no iba a luchar. Él tenía razón, no necesitaba robar, pero era la única manera en la que ella podía conseguir algo para agradecerle.

Pero de eso Kilian no poseía conocimiento, ni lo iba a poseer.

-Tiene razón, no lo necesito-respondió con simpleza. Se encogió de hombros en un gesto despreocupado, pero se quedó para en el lugar.

No le agradaba la idea de volver a sentarse en la cama andrajosa y tampoco había otro lugar para hacerlo.

Sentía la mirada inquisitiva de Kilian sobre ella y eso le ponía los pelos de punta, sobre todo porque no tenía el valor para mirarlo a los ojos.

La inseguridad picaba dentro de ella y le había sentir que, si lo miraba, el se daría cuenta de lo que significaban en realidad los sucesos de la noche anterior y huiría de ella como un cordero asustado.

-He estado pensando durante la noche- la voz de Kilian inundo la habitación e irrumpió el silencio que se había instalado-Creo que sería una buena opción enseñarle a defenderse.

Acacia lo miro durante unos segundos con los brazos cruzados sin entender bien a qué es lo que se refería Kilian. ¿Defenderse? Ella podía defenderse.

En cierto modo sabía que él tenía razón. Ella podía defenderse, pero no sabía hacerlo. Hasta el momento todas las situaciones críticas se habían desarrollado para los peores escenarios posibles.

Y en ninguno de ellos se había defendido, solo había huido.

Con la paliza de Beltrán huyo; de las miradas inquisitivas y condenatorias del pueblo huyo; del señor Bread también huyo. Incluso del cariño de Ada huyo.

Lo cierto era que Acacia no estaba acostumbrada a ninguna emoción que no fuera el odio de Beltrán, los gemelos y Lotaria. Hacía mucho tiempo que convivía con el desprecio. Ciertamente la calidez de Inés, Walden, Ricker y Cecily se sentían errónea; se podría decir que ensayada si no fuera porque había convivido con su cariño gran parte de su vida.

Pero el amor que Inés sentía por ella, era menor al miedo que le tenía a su esposo. Calidez podía ser cariño, pero el cariño no era amor. Y jamás lo seria. Por el contrario, si bien amaba al pueblo, a su origen y a todo lo que ella podía llamar sus raíces; el pueblo nunca había sido muy considerado con ella.

Si bien no podía decir que habían sido crueles, por lo menos no hasta sus últimos días allí, tampoco podía decir que estaban afectados por su partida. Ciertamente había sido invisible toda su vida allí, solo de vez en cuando los rumores sobre su origen se escuchaban por las calles, con comentarios como “No es parecida a ninguno de ellos” o “Es imposible que el embarazo de Inés no haya sido notado”. Nadie les creía.

Recordaba esos momentos como las peores temporadas. Fueron, por lo menos, cuatro veces en toda su vida en as que las palizas hacia Inés eran más frecuentes y violentas. Fueron cuatro veces en toda su vida en las que el pueblo, tan pequeño como una escasa colonia de peses, miraba hacia otro lado para evitar ser testigo de sus moretones, el labio partido y las marcas que se asomaban en el rostro de Inés y la ropa desgarrada de los hermanos que se atrevían a defenderlas.



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En el texto hay: romance, brujas, gemelasmagia

Editado: 23.09.2026

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