El Poeta del Tercer Mundo

Capítulo 2: Los Pajaros Cantarán diferente

—¡ELÍAAAS!

La puerta se abrió de golpe.

—Otra vez te quedaste hasta tarde escribiendo, ¿no es así?

Una muchacha entró sin pedir permiso.

—Ya levántate. Edwin está a punto de comerse tu desayuno.

Tomó una almohada y le dio un golpe en la cabeza.

—Mmh...

El chico se cubrió la cara con las sábanas.

—¿Por qué eres tan molesta?

Alba se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

Silencio.

..

—¿Qué acabas de decir?

Otro silencio.

..

—¡¿Hoy en día ya no existe respeto por la hermana mayor?!

Elías abrió un ojo.

Ay no, mala idea.

—Prepárate para las consecuencias, pequeño poeta.

Sonrió.

—Y no serán consecuencias literarias.

—¿Qué?

—Se avecina un gran ataque consecutivo de cosquillas.

—NO. NO, ESPERA.

—Demasiado tarde.

—¡AAAH JAJAJAJAJA, ALBA, NOOO!

---

Minutos después.

—¿Por qué los dos parecen haber salido de una guerra entre mafias rivales?

Preguntó aquel chico rubio mientras untaba mermelada sobre una tostada.

—Edwin, fui atacado.

Dijo Elías con solemnidad.

—Era yo, durmiendo plácidamente en mi lecho, añorando todas las posibilidades de un nuevo y maravilloso día. Ya escuchaba el cántico de los pájaros al unísono, las marmotas agregando sus silbidos de buena bonanza. Edwin, si hubieras oído los tambores que los castores ejecutaban con admirable esmero ¡Era pleno trabajo primaveral!

—No existen castores aquí.

Murmuró Alba.

—Y ENTONCES..... las ranas se unieron con el croar de sus almas.

Alba se llevó una mano a la frente.

—Ya empezó...

—¡Fue espléndido! La orquesta estaba completa. La sinfonía madrugadora se encontraba en su punto más glorioso.

Levantó un dedo dramáticamente, como quien controla la batuta con exagerados movimientos.

—Y entonces... ¡BUM!

—...

—Sentí como un dolor irreverente se apoderaba de mi ser.

—Qué tragedia.

—UN OBJETO suave al tacto. Dulce en apariencia. Pero cruel y mordaz ante impulsos agresivos.

Miró a Alba.

—Hermana, qué crueldad tan impoluta.

Expresó secándose una lágrima imaginaria.

__Me siento tan–‐

—Shu, shu, shuu.

Alba agitó la mano hacia él interrumpiendo sus líneas.

—En resumen, este sujeto volvió a desvelarse escribiendo poemas y me llamó molesta.

—Porque lo eres.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

—Como decía. Me llamó molestosaaa. Y como hermana mayor me pareció un insulto.

Apoyó ambos brazos sobre la mesa.

—Así que lo golpeé suavemente con una almohada. Eso hacen las hermanas mayores responsables, ¿verdad?

Luego giró lentamente hacia Elías.

—¿Verdad, hermanito?

El brazo de Alba rodeó el cuello de Elías con sospechosa firmeza.

—Ah, sí, sí. Totalmente normal.

—¿Lo ves?

—Completamente saludable.

—Incluso perfecto.

......

—¡Edwin es una abusiva! ¡Auxilioo!

—¡Ven aquí!, ¡te voy a dar uno real!

—¡NO!

Ambos empezaron a correr por toda la cocina.

Edwin continuó desayunando.

Completamente acostumbrado a la situación, lo veía con resignación.

—Oh, cuatro patas de madera.

Firmes miran al revés.

Esperando que te acerques.

Y descanses de una vez.

Si el camino te fatiga, querida hermana,

deja atrás las amarguras

y siéntate en la silla,

a merced del reclamo.

Al instante, Alba terminó sentada sobre la silla.

Parpadeó.

..

....

—Elías.

—¿Sí?

—¿Qué te dije sobre usar tus versos contra tu hermana?

.....

—Que era poco ético.

—Correcto.

—Pero tremendamente efectivo.

Alba estalló en carcajadas.

—¡JAJAJAJAJA!

—Ese estuvo muy bueno, Elías, jajaja.

Edwin soltó un suspiro.

—Santo cielo, no tienen remedio.

Y al final terminó esbozando una sonrisa.

—En fin.

Empujó un plato hacia Elías.

—Desayuna de una vez, saldremos pronto.

—La editorial tiene muchas ganas de seguir explotándote.

Los ojos de Elías brillaron.

—¡Eso es fantástico!

—Pff, se supone que no tiene que parecerte fantástico.

—¿Por qué no?

Tomó una tostada.

—Hay personas que pasan toda una vida esperando que alguien quiera leerlas.

Le dio un mordisco.

—Yo todavía tengo muchas cosas que escribir. ¡Que me exploten másss!

—Qué chico.

—Ah, por cierto, casi lo olvido.

—Alba, el editor Wilson quiere tener una cena contigo esta noche. Creo que el hombre siente la pasión inherente del amor corriendo por sus venas. Lo tienes loco, hermana.

—¿Qué?, ¿Wilson? ¿Quién es ese?

—El de los bigotes que parecen dos palillos pegados a la cara.

Acotó Edwin dejando la taza sobre la mesa.

—Ah, sí, sí. Con que se llamaba Wilson.

—Dile que no voy a poder.

—¿Por qué?

—Porque prefiero a los rasurados.

Elías soltó una carcajada y Edwin también.

—Más claro no puede estar. Además, hoy llegaremos tarde.

—Tenemos una reserva importante con el escultor Steward.

—Es cierto.

Continuó Alba.

—Mientras Edwin retrata sus memorias, yo cantaré para él y su esposa.

—Suena interesante.

Respondió Elías.

—Tráiganme algo interesante, un escultor debe tener historias fascinantes.

—Okey, okey.

—Y no se preocupen, este pobre muchacho se quedará en la espera como si de un desdichado se tratara.

—Ay, vil destinooo.

..

..

—Alba.

—¿Sí?

—¿Trajiste la almohada con la que lo golpeaste?

—Está en el pasillo.

—¿Me la pasas?

—Por supuesto.

—¡¿QUÉ?!

—¡Creí que éramos amigos!

PUM.

---

—Buenos días, señor Wilson.

—¡Pero vaya!

El hombre prácticamente saltó de su asiento.

—¡Ya llegó nuestro poeta!

Sus ojos se dirigieron inmediatamente al montón de hojas que Elías llevaba bajo el brazo.




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