El portal a Apricon.

13

Tengo las extremidades paralizadas. Ya había aceptado mi final, pero nunca se me paso por la cabeza este rescate, mucho menos, que viniera de él.

Lo observo, petrificada, el corazón latiendo tan fuerte que parece un tambor resonando en mi pecho, rebotando como si intentara salir. El aire a su alrededor crepita. El calor que emana es abrasador, y el brillo rojizo de las llamas a su espalda hace que entrecerrar los ojos sea inevitable.

¿Cómo es posible que Krohonan esté aquí?

La serpiente titubea por un segundo, su cabeza maciza inclinándose, como si considerara a Krohonan como un peligro. Es gigantesca, mucho más aterradora cuando se compara con él, pero su actitud cambia, algo en su presencia la intimida. Su lengua bífida se extiende en una amenaza, se enrolla con un siseo estridente y, sin más, se repliega y desaparece entre las aguas.

Con esfuerzo, me arrastro alejándome del borde, las manos resbalando en el barro, los pies sin fuerza. Cada movimiento es una lucha contra el fango y el miedo.

—Ya deja de jugar —Me toma del brazo y me levanta como si no pasara nada.

El alivio se cuela entre los temblores de mi cuerpo, pero aún tengo preguntas.

—¿Qué... qué haces aquí? —logro jadear.

—Salvando al anzuelo que me puso la arpía de Annalis.

Krohonan suelta una risa corta, sin humor.

—¡Estaba bien sola! —le espeto, sacudiéndome con brusquedad.

— ¿"Bien sola"? —Su voz gotea sarcasmo—. ¡Unos Corvus querían venganza e ibas a terminar siendo la merienda de la serpiente Apep!

¿Corvus?

¿Los cuervos?

Entonces... ¿era él el de antes?

Pero…

—¿Desde cuándo me estas siguiendo?

—Desde que Annalis te observaba salir del pueblo, rumbo a tu propia muerte.

—¡Solo venía a recoger unas bayas! ¡No iba a pasar nada!

Krohonan alza una ceja.

—¡Puedo hacerlo yo sola!

—Adelante.

Da un paso atrás, con los brazos aún cruzados, mirandome casi desafiante, como si estuviera esperando que fracase mientras busco la salida de este agujero.

—Sorpréndeme.

Aprieto la mandíbula. El fango me traga los tobillos con cada paso tembloroso. La densa neblina, que su llegada había dispersado, comienza a reclamar su territorio, espesándose a nuestro alrededor, ahogando la luz y el sonido. Veo un tronco caído más adelante, lo bastante grande y seco como para servir de puente hacia tierra firme.

Tomo impulso, ignorando el tirón del barro. Doy el primer salto, apuntando al tronco.

Mis pies resbalan.

El equilibrio me abandona. Me voy de bruces hacia el agua negra, pero nunca llego a tocarla.

Una mano me atrapa por la parte de atrás de la camisa, atajándome en el aire aterrizando.

Krohonan aterriza sin ningún cuidado, soltándome como una mochila vieja.

—¿Has subido de peso?

Será cretino.

—¡Qué te importa?! —le solté, sacudiéndome el barro de los brazos.

Sus alas se repliegan en su espalda sin dejar rastro. Ni plumas, ni cicatrices. Como si nunca hubieran existido. Ese detalle me desconcierta más de lo que admito.

—Volveremos al pueblo —declara, dándome la espalda y empezando a caminar.

—No.

—Y le diré a Annalis que, cuando llegue el invierno, se busque a otro idiota que la cuide mientras cambia las plumas. ¡Porque yo no lo haré!

—He dicho que no voy a volver.

Lo vi detenerse, abrir los ojos como platos. Aguardó un segundo antes de hablar, conteniendo la respiración.

—¿Cómo?

—No voy a regresar hasta cumplir la misión —me planté frente a él, alzando la barbilla—. No pienso hacerlo.

Krohonan se lleva las manos al rostro, teatralmente exasperado.

—Ahora entiendo por qué los humanos no viven más de cien años. ¡No tienen ni un gramo de instinto de supervivencia!

—Hablas como si fueras un anciano.

Él inclina la cabeza, y una sonrisa diminuta, casi imperceptible, se dibuja en sus labios.

—Con 503 años encima, ¿no merezco un poco más de respeto?

¿¡QUINIENTOS QUÉ?!

—Pu-pues... pues no. La edad no tiene nada que ver con ser un cobarde.

—¿Un qué? —bufó, incrédulo.

Oh, mierda.

¿Le acabo de decir cobarde al monstruo alado que me salvó la vida? y lo mas patético, fue que me di la vuelta con aire digno, como si no hubiera cometido una estupidez.

—¿Acaso sabes a dónde te diriges? —se burló, siguiéndome.

—Vi fotos. Las encontraré por ahí.

—¿Así como encontraste a los Corvus y a la serpiente Apep? Casi acabas muerta.

Me detuve. Sentí su presencia justo detrás de mí, alta, imponente y hasta molestamente humillante.

—Estás aquí porque no querías dejarme sola. ¿Me equivoco?

No responde. Pero el silencio lo dice todo.

—No quiero regresar hasta sentirme útil —aclaré.

—No tienes que ser útil para el cuartel —me interrumpe, su voz más grave—. No te llevé ahí para eso.

—Tampoco quiero ser una carga.

No dijo nada más, pero cuando reanudé la marcha, él caminó junto a mí sin protestar. Por fin, la paz. O al menos, una tregua tensa.

Seguimos en silencio, él abriendo camino a través de la espesura con una facilidad insultante, yo tropezando detrás. El pantano dio paso a un bosque más antiguo, de raíces nudosas y aire fresco. La niebla se disipó, revelando un cielo lleno de estrellas.

Llegamos a un claro bañado por la luz de la luna llena. Un árbol gigantesco, antinaturalmente pálido, se alzaba en el centro. Su copa plateada relucía, cubierta de miles de flores diminutas que solo se abrían de noche, brillando como un enjambre de estrellas atrapadas. El aire olía a vainilla y ozono.

Nos sentamos bajo su sombra. Yo me abracé las rodillas, tiritando ahora que la adrenalina se desvanecía. Krohonan prendió una fogata con un simple soplido de su aliento; un chorro de llama azul brotó de sus labios y prendió la leña seca al instante. Luego, se quitó su abrigo pesado y me lo arrojó a la cabeza sin decir palabra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.