Corría. No pensaba. Solo corría.
No pensaba en la misión, ni en Krohonan. Solo corría.
El bosque se estrecha. Las ramas secas rasguñan mis brazos mientras corro, como si el propio bosque quisiera entregarme. Cada respiración arde. Las flechas silban a mi alrededor, una roza mi mejilla y corta la piel.
No me detengo. No puedo.
El sendero desaparece bajo mis pies. Solo raíces, tierra húmeda y mi instinto.
—¡Joder! —solté entre dientes, sin detenerme.
Salté un tronco, rodé en el fango, me levanté de golpe. El corazón me pateaba el pecho desde dentro, como si quisiera escapar por sí mismo. No había tregua. No podía darme el lujo de parar.
Detrás de mí, los gritos, los pasos, el sonido seco de los arcos tensándose.
La persecución no era solo caza; era una burla.
Me impulsé con una rama y trepé por una roca resbalosa. El barro se mezclaba con sangre en mis brazos, ni siquiera sabía si era mía. Esquivaba a ciegas, girando en el aire, usando cada árbol como escudo improvisado.
Y en medio de la carrera, la imagen ardía en mi mente como una herida:
Krohonan.
Lo había dejado atrás.
Quieto como una maldita estatua en medio del caos, observando cómo una cuerda gruesa y con púas de hierro, salía disparada de entre los árboles y se enroscaba alrededor de su cuello.
Y no hizo nada. ¡Nada!
No es que no pudiera reaccionar. Es que no quiso.
Ni siquiera alzó una ceja.
Yo ya había echado a correr, pero esa imagen se me clavó como una daga en el estómago. Él ahí, con esa maldita calma suya, mientras lo atrapaban.
Y yo...
Yo tenía que sobrevivir. Porque si me atrapaban a mí también, no quedaba nadie cuerdo para sacarlo de esa trampa.
Sabía que después de él vendría yo, y como dijo: ¿Qué me harán si descubren que soy humana?
Hay gritos detrás de mí, y una roca enorme se vuelve mi único refugio. Me agazapo tras ella, con la espalda pegada a la piedra fría, mientras escucho el retumbar de los pasos pesados de esos monstruos con armaduras negras. Los veo pasar por el sendero que abandoné a último momento. Tragaron el anzuelo.
Respiro.
Por fin. Solo un poco.
Y entonces algo aterriza frente a mí.
No escuché cómo llegó. No sentí el aire cortarse. Solo lo vi caer, como si el suelo se hubiera inclinado para recibirlo, con una elegancia ofensiva.
Di un salto instintivo, la daga de Neron en mi mano, lista para atacar.
—¿Segura que no quieres que te ayude? — dice, con esa voz suya cargada de arrogancia que me perforó el cerebro.
Krohonan. Con la soga aún colgando de su cuello como si fuera una bufanda de batalla.
El único pensamiento bonito que se me cruza por la mente es apretarle esa cuerda hasta que deje de hablar.
—No. Ya los despisté —gruñí, sin bajar la daga.
Lo observé. Estaba impecable.
Lo observé. Ni un rasguño. Ni barro. Ni sangre. Perfecto. Impecable. Como si no acabaran de intentar matarlo.
Su indiferencia y calma no era una bofetada; era un puñetazo.
—Sí, tienes razón —respondió con una sonrisa que me provocó un tic en el párpado—. No me necesitas y yo me preocupé por nada.
Entonces, como si mi situación no fuese la peor o necesitara un motivo mas para divertirse, silba. Un tono agudo, penetrante, molesto y absolutamente traicionero, que cortó el silencio del bosque. Los pájaros en las copas de los árboles estallaron en un vuelo nervioso. Un escalofrío helado me recorrió la espalda.
—¿Qué hiciste...?
Y entonces, otra vez. Las voces. Las pisadas.
Provenientes del sendero que usé como trampa.
—¡Eres un...!
Pero Krohonan ya no estaba.
Ni una hoja se movía.
Desaparecido.
Y yo, otra vez, con los enemigos pisándome los talones.
Pero esta vez, con el corazón rebosando rabia.
Rápidamente emprendí la huida. Otra vez el mismo infierno: correr, saltar, esquivar las flechas que me lanzan como si fuera un juego de caza. Las ramas me rasguñan la piel, las espinas se clavan sin piedad y los demonios no se cansan. No se cansan nunca.
Corro entre los árboles, con la respiración descontrolada, con el corazón que ya no late... golpea.
Pero esta vez...
Esta vez ya no tengo salida.
El bosque se estrecha. El suelo se acaba. Me topo con un borde abrupto, un rincón donde la tierra simplemente desaparece. Acantilado. Una caída monstruosa hacia un río rabioso que golpea las rocas como si quisiera partirlas en mil pedazos.
No hay tiempo.
Me alcanzarán.
Volteo a medias, intentando buscar otra ruta. Nada. Estoy acorralada. Atrás, las sombras avanzan entre los árboles con paso decidido. Uno de ellos se detiene. Lo reconozco. El que sonríe mientras mata. Alza un silbato y lo hace sonar. Un chillido agudo, como si le abriera la garganta al aire. Están llamando a su tribu.
Y entonces siento el aleteo. Atrás de mí.
—¿Ahora sí aceptarás mi...?
No lo dejé terminar. No contesté. Apenas escucho su voz, salto.
Simplemente salto al abismo.
A ciegas.
Hacia los brazos de Krohonan.
¿Qué clase de estupidez fue venir aquí?
Me aferro a su cuello, clavando las uñas en sus hombros, temblando, apenas sabiendo si está volando o cayendo conmigo. El rugido del río se hace más lejano. Ascendemos. Subimos. Él me sostiene firme, como si eso bastara para calmarme.
Pero no basta.
No después de tanto.
—Sácame de aquí —le susurro, con los labios pegados a su oído—. Tengo miedo. Sácame, por favor...
No responde. El muy idiota no dice nada.
No quiero abrir los ojos. No quiero saber cuán alto estamos. Pero lo siento. Subimos más y más.
Estoy segura de que si me suelta ahora, mi alma no alcanzará a gritar.
Y aun así, me aferro con todo lo que soy.
Porque quiero vivir.
Porque no quiero morir, ni en mi mundo ni en este.
Quiero vivir.
—Milenka... —murmura—. Lo siento.
#6675 en Fantasía
#13311 en Novela romántica
romance fantasia magia, secretos dolor drama pasion, aventura comedia amistad
Editado: 11.01.2026