Despierto con un jadeo ahogado, un escalofrío helado recorriendo mi cuerpo. El corazón retumbándome en los oídos. El aire me arde en los pulmones. Intento incorporarme y me encuentro arropada bajo el mismo árbol donde acampamos...
Pero todo está en calma.
Hay una fogata encendida.
El cielo está oscuro, y las estrellas, tan limpias que parece que alguien las hubiera dibujado.
Krohonan está sentado frente a mí, removiendo las brasas con un dedo. Me observa con esa expresión suya que siempre parece no preocuparse por nada.
—¿Tienes atorado un gas? —levanta una ceja.
—¿Qué...? ¿Los onis? ¿El risco? ¿La flecha... tu ala?
Balbuceo, asustada, con la garganta seca. El corazón me martilla en el pecho.
¿Estoy viva?
¿Esto es real?
—¿Tuviste un mal sueño? —pregunta con suavidad, casi con ternura.
Por último, soltó un suspiro, tan largo y dramático como si mi miedo fuera una molestia más con la que lidiar.
—Sea lo que sea que hayas soñado, eso no pasó, Milenka —dice al fin—. Mejor relájate... y come algo.
Me extiende un trozo de carne ensartado en una rama afilada. Está humeante, pero algo en ella me revuelve el estómago. El olor no me convence. Huele a cocido, sí, pero por debajo hay un aroma dulzón, casi empalagoso. Mi instinto me grita que no lo toque, como si estuviera caducada o fuese de algún animal con el que fácilmente podría encariñarme.
—No tengo hambre —murmuro, apartando la mirada hacia el fuego.
Él ríe suavemente. Es una risa limpia, sin la burla habitual. Un sonido tan perfecto, tan sincronizado con el crepitar del fuego, que por un segundo me dejo llevar. Quizá tiene razón. Estamos aquí. Sigo llena de barro. Fue solo un sueño horrible.
Sigo observándolo, y un destello de la pesadilla, o tal vez un recuerdo, pasa por mi mente. Una tentación peligrosa. Justo antes del hacha... en el sueño, Krohonan y yo... no, más bien, yo estaba a punto de besarlo.
Y él no parecía negado.
¿Me pregunto si...?
—¿Qué tanto me ves? —su voz me saca de mis pensamientos.
—¡No, nada!
Y no es que lo deje pasar por alto; la comisura de sus labios se extiende en una sonrisa lenta, una que nunca le había visto. No es arrogante. Es... cálida.
Se acerca, moviéndose sobre sus rodillas. Su rodilla roza la mía. La fogata ilumina sus facciones, suavizando los bordes afilados.
Pone una mano sobre mi mejilla. Su piel, por primera vez, no quema como una fragua. La siento tibia. Agradable. Humana. Y su mirada —esa maldita mirada— parece sincera.
—Me siento afortunado de que te hayan encontrado antes de que te hicieran daño —susurra, a centímetros de mi boca.
El mundo se detiene. Pero sus palabras resuenan. Te hayan encontrado.
—¿Cuándo? —pregunto sin pensar.
—Cuando llegaste a Apricon —respondió, su pulgar acariciando mi pómulo.
Y en ese instante, el hielo me inunda las venas. Algo se rompe.
Su aliento ya no es tibio; es fétido. Su voz ya no es suave; suena como un eco lejano, distorsionado. La mano en mi mejilla se siente pegajosa, muerta.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Mi respiración se agita. Mi corazón se desboca.
Porque solo una persona me encontró cuando llegué a Apricon.
Una.
Y esa persona no era el Krohonan que estaba frente a mí.
Quedó pasmado cuando la misma daga de Neron atravesó su pecho. Sus ojos se abrieron tanto que parecieron a punto de salirse.
Su mirada baja al mango de la daga enterrada hasta la empuñadura. Su sonrisa... esa sonrisa cálida se tuerce. Se vuelve grotesca. Se estira de forma inhumana, revelando demasiados dientes.
Solté la daga, la hoja ya enterrada en lo más profundo de su cuerpo. Y él, con una facilidad espeluznante, como quien se quita una astilla, se saca la daga. La sangre que brota no es roja; es un lodo negro y espeso que chisporrotea al tocar el suelo.
La ilusión se hace añicos.
El árbol gigantesco junto a él comienza a derretirse. La corteza plateada se escurre como cera caliente, revelando madera muerta y negra debajo. La fogata se apaga de golpe; no se extingue, es absorbida, como si alguien la hubiera sorbido de un solo aliento, sumiéndonos en la oscuridad fría de la luna.
Y su rostro...
Su rostro cambia. La piel se estira, se descompone. Los rasgos de Krohonan se funden y se reconfiguran como arcilla húmeda.
Y frente a mí, con ojos vacíos y una mueca repulsiva, está el hombre que me tuvo atada, que me encontró a orillas del río, que decía cosas dulces mientras me retenía como a un objeto.
Mi estómago se revuelve.
No puedo respirar.
Y estoy sola otra vez, pero con una bestia diferente.
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Editado: 11.01.2026