Cuando el disfraz de mi Krohonan se cae, lo que queda no es un hombre.
Se revela un ser pálido, de largo cabello negro que cae lacio y sin vida, enmarcando un rostro hermoso de una forma antinatural y unos ojos que me paralizan; vacíos, huecos, sin color. Tan carentes de alma que parece que no hay nada tras ellos. Sostiene la daga de Nerón frente a sus ojos, girándola lentamente entre los dedos, observándola con una mueca que no llega a ser de molestia, pero sí de decepción.
La herida en su corazón empieza a cerrarse. No cicatriza; se reacomoda con un sonido húmedo. Una sonrisa irreverente se extendió por su rostro, revelando unos colmillos demasiado largos, demasiado afilados para cualquier cosa humana.
—Fallaste al corazón por dos centímetros —dice con una calma insultante—. Si vas a matar a un Koschei inmortal, al menos ten la decencia de apuntar bien.
Me lancé sobre él con un grito ahogado, hundiendo mis dedos en su cuello frío, apretando con cada gramo de fuerza que no sabía que poseía. Lo empujé al suelo. Mi rodilla contra su pecho; su cabeza golpeó la tierra. Quería borrar esa sonrisa.
Él no luchó; su cuerpo dejó de oponer resistencia. Se volvió inerte. Mis manos seguían apretando su garganta cuando escuché aplausos lentos y rítmicos a mis espaldas. Se me heló la sangre. Giré la cabeza con un latigazo cervical. Había una silueta allí, apoyada contra un árbol, observándome con diversión. Regresé la vista al cuerpo que tenía debajo: no había nada. Solo aire y hojas secas.
—¡Cuánto odio en tu corazón! —exclamó—. ¡A mí, que te salvé la vida!
—Si me hubieras salvado, no me habrías engañado —escupí, poniéndome en pie con las piernas temblorosas—. ¿Qué eres? ¿Qué quieres de mí?
—Oh —ladeó la cabeza, jugando con un mechón de su cabello negro—. Se me olvidó que eras humana y tu capacidad de retención es... limitada. Soy Xal, un Koschei, un hechicero desterrado por los suyos.
—Entonces también eres humano —afirmé, tratando de encontrar un punto débil en su lógica.
—Um... —asintió con una mueca burlona—. Solo que en una escala más evolucionada, sin la barrera religiosa, sin limitantes a mi potencial. Soy lo que ustedes serían si dejaran de tener miedo a la oscuridad.
—No me interesa tu filosofía de villano ni tus traumas del pasado —le corté—. ¿Quieres algo de mí... o me puedo ir?
—¡Eres libre! —Xal abrió los brazos y dio un giro teatral, haciendo que su túnica ondeara—. Yo solo quería pasar un poco más de tiempo contigo. Conocerte. Jugar. La eternidad es tan aburrida.
Con un movimiento fluido, me lanzó la daga de Nerón. La atrapé por el mango casi por instinto y, sin decir una palabra más, me di la vuelta y eché a correr. Corrí hasta que mis pulmones ardieron. Buscaba el lago, buscaba el camino de regreso, cualquier cosa que no fuera este bosque asfixiante. Pero el paisaje se sentía extraño. Cada árbol parecía un reflejo del anterior. Me detuve en seco al ver un arbusto de bayas plateadas con una rama rota. Era el mismo por el que había pasado hacía cinco minutos.
Me di cuenta, aterradoramente rápido, de que estaba dando vueltas.
—Sabes... —la voz de Xal surgió de la nada, pero esta vez sonaba distinta. Tenía un tono metálico, artificial, como una grabación vieja y distorsionada—. La mayoría de las chicas en esta situación se desmayan. O mejor aún, se dejan besar. El guion que preparé era simple: romance, un poco de magia protectora, una eternidad de dicha ignorante bajo mi cuidado.
Él apareció frente a mí, apoyado contra un tronco que no debería estar ahí. Me señaló con un dedo largo, rematado por una uña pintada de un negro perfecto.
—Pero tú... tenías que ser una inmunda y terca humana.
Dio un paso hacia mí. Sus botas de cuero inmaculado crujieron contra el suelo, pero el sonido no fue de ramas secas. Fue el sonido inconfundible de huesos rompiéndose, como si caminara sobre un cementerio oculto bajo las hojas.
—¿Por qué luchar tanto por volver con ellos? —preguntó con fingida lástima—. ¿Con el ave gruñona que solo te ve como una carga? ¿Con el caníbal hippie que te devoraría si pasara suficiente hambre? ¿O con ese zorro estúpido? Ellos vivirán siglos, Milenka. Tú, en cambio... tic, tac, tic, tac... —hizo el sonido de un reloj con la lengua, un chasquido insoportable—. En tu mundo, tu cuerpo real se está pudriendo. Te queda poco tiempo.
Se acercó más, invadiendo mi espacio personal.
—En este mundo no enfermarás. En mi ilusión vives feliz teniéndolo todo; yo puedo darte eso. Puedo congelarte en el momento perfecto: el día antes de venir a Apricon, o ese instante en que pudiste rechazar la propuesta de venir a esta misión suicida para quedarte con el rey de los reptiles babosos. Puedo darte esa vida, Milenka. Sin dolor. Sin muerte.
Sentí una opresión en el pecho. Lo miré a esos ojos vacíos que sentía que me absorbían. Por un segundo, la tentación de una vida fácil me rozó, pero recordé el sonido de los huesos bajo sus pies.
—Jamás —dije con firmeza—. Prefiero pudrirme en la verdad que vivir eternamente en tu mentira. Jamás caeré en una trampa tan barata.
Xal no se enfureció. Al contrario, soltó una carcajada seca, carente de alegría. De repente, el bosque a nuestro alrededor comenzó a vibrar, las texturas se estiraron y el cielo se tornó de un color púrpura bilioso.
—¿La verdad? ¿Quieres la verdad de Apricon? —Su expresión se volvió peligrosamente dulce—. Crees que este es un mundo mágico y colorido, una aventura. Pero Apricon es solo una "capa", Milenka. Una costra sobre una herida infectada.
Extendió la mano y, con un gesto de garra, pareció "rasgar" el aire frente a nosotros. Lo que vi detrás me hizo retroceder: infinitos universos oscuros, dimensiones de puro vacío donde los humanos no eran héroes, sino ganado. Vi restos de ciudades que no conocía, donde las sombras se daban festines con los gritos de miles.
—Hay universos enteros debajo de este, Milenka —dijo, volviendo a cerrar la brecha y mirándome con una confianza absoluta—. Y en todos ellos, los de tu especie ya fueron devorados hace eones. Yo no soy el monstruo de esta historia, pequeña. Soy el que te ofrece un asiento en el palco mientras el resto del multiverso arde.
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Editado: 11.01.2026