El portal a Apricon.

17

El aire me falta. No es una forma de hablar, es una realidad que me está apretando la tráquea como si las manos de Xal estuvieran ahí, invisibles, disfrutando de mi asfixia. Mi pecho sube y baja en espasmos erráticos, y el bosque parece cerrarse sobre mí, una masa de sombras que susurran que este es el final.

Esto no podía ser verdad.

—Milenka, respira. Vas a hiperventilar y no quiero cargarte con un muerto —la voz de Xal es seda pura, una seda que corta.

—Vete... a la mierda —logro articular entre sibilancias.

Él suspira, ese sonido de falsa paciencia que me pone los pelos de punta. De repente, el aire cambia. La temperatura cae y el crujido de huesos me obliga a abrir los ojos. Xal ya no es el hombre de belleza insultante; es esa cosa. Esos ojos, esa mandíbula. Es una copia perfecta, cruel y despiadada de Krohonan.

—Quédate conmigo, Milenka —dice con la voz de él.

Mi mano se cierra sobre la daga. El impacto es seco. Se la clavo en el abdomen con la fuerza que me da el terror.

Él ni siquiera parpadea. Se limita a soltar una risa seca, una que me eriza los vellos de la nuca.

La imagen de Krohonan parpadea y desaparece, dejando a Xal en su lugar. Baja la mirada hacia su estómago, manchando su ropa perfecta.

—Otra vez fallando —Se saca la estaca como quien se quita una una espina molesta. Me señala el centro del pecho con la punta ensangrentada—. Debes apuntar aquí.

Se sienta frente a mí en el suelo húmedo, cruzando las piernas con una elegancia que odio. Me mira con una sonrisa que no llega a sus ojos.

—¿Qué me vas a hacer? —logré articular.

—Nada —respondió con ligereza—. Solo contemplar la belleza humana.

Lo miré, buscando la mentira en sus ojos, pero solo encontré un abismo tranquilo.

—¿No piensas... hacerme daño?

Xal apretó los labios formando una línea recta, fingiendo ofensa.

—Prometo —dijo, extendiendo sus manos para tomar las mías. El contacto era frío—. No hacerte ningún daño físico.

Me aparté de un tirón, sintiendo que sus dedos me quemaban la piel.

—Entonces, ¿Qué me harás?

Él soltó un suspiro dramático, como si yo fuera una niña particularmente lenta.

—Mírate, Milenka. Frágil, temblorosa... y con ese reloj de arena dentro de ti que se queda sin granos. ¿De verdad crees que necesito herirte? El cáncer ya está haciendo el trabajo sucio por mí. Eres una vela apagándose en un huracán.

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspirador.

—¿Y Apricon? Por favor. ¿Crees que te aceptó por amor? Eres su juguete humano. Una curiosidad de corta duración. Algo que coleccionas porque es raro, no porque lo valores.

—¡Si soy todo eso, entonces qué chiste tiene que me quede contigo!

Xal se puso en pie, sacudiéndose el polvo de sus ropas.

—Veo que estás un poco alterada—dijo, encogiéndose de hombros—. Te dejaré sola para que pienses y reconsideres tu nueva situación. Perdida en el bosque, con criaturas peligrosas acechando y, de paso... siendo mortal. Un recordatorio: el bosque no tiene piedad con las cosas que se rompen fácil.

Me dio la espalda y se internó en la espesura, dejándome exactamente como prometió: sola.

No tiene sentido que siga corriendo si estoy atrapada.

Me quedo sola con el sonido del río y mis propios pensamientos intrusivos, que son bastante peores que Xal.

Me quedé pensando en todas las opciones que podrían sacarme de aquí. Dice ser un hechicero. Siempre con sus ilusiones, sus trucos de luz y sombras. Dice que no me hará daño. Lo único que quiere es que me quede, que sea su prisionera voluntaria. Pero, ¿para qué? ¿Por qué?

Me levanto. Si voy a morir, no será sentada esperando a que él vuelva.

Sigo el río. El agua es lógica; el agua lleva a la civilización. O al menos lejos de él. Krohonan me está buscando. Tiene que estarlo. Él no es capaz de dejarme sola.

El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de un naranja

—Llevas caminando como dos horas. ¿No tienes hambre?

Me detuve en seco. Miré hacia todos lados. No había nadie. La voz de Xal no venía de un punto específico; sonaba a mi alrededor.

No respondí. Seguí caminando, acelerando el paso.

—¿No me vas a responder? —insistió, sonando tan cerca que sentí su aliento en mi nuca. Me giré bruscamente. Nada..

—No —respondí.

su risa resonono como por el rio

—Qué hermosa es la naturaleza de las mujeres. Tan llenas de buenas voluntades, con un corazón frágil que alberga esperanza. Un amor a un hombre que no vendrá a rescatarte, Milenka. Esa serpiente no te está buscando. Es más... es probable que ni siquiera esté respirando ya.

Me detuve en seco. El mundo se inclina un poco.

—Mientes —susurro. Es negación pura y dura. Krohonan no puede estar muerto.

—Cariño, esa mirada de "protagonista sufrida" no te queda —Xal apareció de repente, sentado en una roca a la orilla del río, jugando con una pequeña llama entre sus dedos—. ¿De verdad creíste que un par de alas y un poco de fuego eran un romance eterno? Qué humana eres. Tan predecible... tan biodegradable.

Parpadeé, incrédula.

—¿En serio usas "humano" como insulto?

—Es una descripción técnica, no un insulto —sonrió, mostrando demasiados dientes—. Pero volviendo al punto: Krohonan está muerto o ha huido. Acéptalo.

—Él sigue vivo —aclaré, con una firmeza que no sentía del todo, pero a la que me aferraba como a un salvavidas—. Krohonan me está buscando. Lo sé.

Xal se bajó de la roca y se acercó a mí caminando sobre el agua.

—No me gusta verte sufrir. ¿Qué tal si hacemos esto? Yo disparo una bengala para dar nuestra ubicación a tu "novio", y tú vuelves al campamento conmigo. Será mucho más cómodo pasar la noche en una hamaca que en el barro, ¿no crees?

Lo miré con desconfianza. Era una trampa. Tenía que serlo. Pero... ¿y si Krohonan estaba buscando y no me encontraba? El bosque era inmenso. Una señal en el cielo era mi mejor oportunidad.




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