Xal dormía.
O al menos eso creí.
Su pecho subía y bajaba con una cadencia lenta, perfecta, casi hermosa. Demasiado tranquila para alguien que había demostrado disfrutar del caos como un arte. El bosque estaba inmóvil, atrapado en una noche sin viento. Ni insectos. Ni hojas. Como si estuviéramos dentro de una burbuja.
Yo no podía cerrar los ojos.
Cada vez que parpadeaba, la visión regresaba: humanos siendo devorados bajo Apricon, cuerpos retorciéndose en túneles de piedra húmeda, uñas arañando la tierra hasta sangrar. Gritos apagados, absorbidos por la roca. Sabía que era mentira. Sabía que Xal se alimentaba del pánico como un parásito.
¿Y si Krohonan no es quien creo que es? ¿Y si soy solo ganado esperando turno?
Me abracé a mí misma.
—No quiero morir —susurré.
El silencio se rompió con una risa seca.
—¿Y por qué no? —Xal abrió un ojo, observándome con una diversión cruel—. La muerte es el único portal verdadero, Milenka. El único que no tiene cerradura por el otro lado. Acaso... ¿Te asusta el final? —preguntó, ladeando la cabeza.
Se incorporó.
—Cuando vivía en el mundo humano, era solo un niño —continuó, caminando en círculos a mi alrededor—, pero recuerdo bien su obsesión. Se aferran a la vida como si fuera un tesoro, cuando en realidad es una jaula de carne. Su terror a la muerte es fascinante... no entienden que es la única salida al sufrimiento de la tierra. La única forma de dejar de ser... insignificantes.
Se detuvo frente a mí y ladeó la cabeza. Su expresión cambió a una de fingida honestidad.
—Y tienes razón —admitió, encogiéndose de hombros—. Lo que mostré antes era mentira, apricon no tiene humanos en su sótano, pero... si debes saber la verdad.
—Nada de lo que digas será cierto —mascullé, apretando los puños.
Xal soltó una carcajada cristalina. Xal hizo un gesto desganado con la mano, como quien espanta una mosca, el suelo bajo mis pies se volvió transparente, transformándose en una ventana hacia un abismo de kilómetros.
Jadeé y retrocedí, pero no caí.
Abajo, el Cuartel de Apricon.
El corazón se me detuvo. Pude ver a Krohonan, a Nerón y a Válian. No estaban desesperados. No estaban armando partidas de búsqueda ni gritando mi nombre al viento. Estaban sentados alrededor de una mesa larga, con copas de cristal rebosantes y risas que, aunque no podía oír, se sentían como bofetadas. Celebraban.
—Míralos. Ya te olvidaron —su voz apareció justo detrás de mi oreja, mientras sentía sus manos largas y frías acariciarme los hombros—. No te están buscando, Milenka. Están celebrando. Brindan porque el plan para deshacerse de la "humana problemática" finalmente funcionó.
»El tiempo en Apricon es caprichoso, ¿no te lo advirtieron? Esas semanas que pasaste con ellos fueron apenas un parpadeo para sus vidas centenarias. Eres un perro de feria que aprendió a hablar, los entretuvo un rato y luego... murió. Quédate aquí, lindura. Aquí el tiempo es mío, y yo te haría feliz.
—Es otra mentira —gemí, apartándome de él.
—¿Lo es?
Xal desapareció en un parpadeo y volvió a surgir desde la tierra unos metros más allá, como una maleza que crece a cámara rápida. Se quitó un sombrero invisible con la galantería de un anfitrión de circo.
—No solo posees belleza, sino una inteligencia única. Pero seamos realistas, bonita...
Chasqueó los dedos.
El grito se me quedó atrapado en la garganta. Perdí la sensibilidad de mis manos y pies. Al bajar la vista, el horror me golpeó: mi piel se había transformado en un cristal ahumado y traslúcido. Podía ver mis propios huesos, el flujo azulado de mis venas y, justo ahí, en mi pecho, el tumor.
Xal lo hizo brillar con una luz rosa neón, chillona y artificial, que palpitaba con un ritmo obsceno.
—Mírate. Eres un error de diseño. Un subproducto defectuoso de la evolución humana. Tan frágil... tan rota.
Se acercó tanto que pude sentir el frío que emanaba de su cuerpo.
—He visto caer civilizaciones que creían ser eternas, y tú estás aquí, llorando por un poco de oxígeno de un mundo que te está matando, y por un hombre que ni siquiera te busca, que ignoró nuestras señales. Y mientras tanto, llevas esa cosa dentro. Estás sola con tu enfermedad.
Su mano se acercó a mi pecho, rozando el cristal sobre la luz rosa.
—¿Quieres que te lo quite? Podría borrar ese tumor con un soplo. Dejarías de sentir ese dolor que te acompaña cada mañana. Es un sonido tan molesto, un olor tan fétido y tan... mundano. Déjame curarte.
Mi respuesta no fue una súplica. Fue el acero de la daga de Nerón cortando el aire.
La hoja se hundió en su frente con un golpe seco. El color abandonó el cuerpo de Xal instantáneamente, una marea grisácea ascendió por sus piernas y torso, convirtiéndolo en una estatua de piedra inerte.
El silencio volvió. Mi respiración era lo único que llenaba el vacío.
¿Lo había hecho?
¿Había terminado por fin esta pesadilla?
Di un paso hacia atrás, intentando recuperar el aire, cuando una sombra se alargó desde mi espalda.
—¿Cuántas veces más haremos esto, Milenka? —La voz de Xal era idéntica, pero cargada de una decepción juguetona.
Me giré, aterrorizada. Xal estaba allí, impecable, observando su propia estatua de piedra con un desprecio estético evidente. Se acercó al cadáver petrificado y le retocó la barbilla con un dedo.
—El ángulo de la muerte fue un poco... melodramático, ¿no crees? Demasiado teatro, poca técnica.
Con un movimiento brusco, arrancó la daga de la frente de la estatua. Caminó hacia mí, sosteniéndola por la hoja y ofreciéndome el mango con una reverencia que apestaba a victoria.
—¡El corazón! Tienes que apuntar al corazón, Milenka. Si vas a matarme, al menos hazlo con intención.
Tomé la daga con manos temblorosas. Sus ojos brillaban con una diversión infinita, convencido de que yo era solo un juguete en su caja de cristal. Se equivocaba. Algún día, encontraría la fisura. Algún día, lograría deshacerme de él para siempre.
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Editado: 11.01.2026