El portal a Apricon.

19

El ambiente en la sala de guerra de Apricon era una mezcla densa de perfume de azufre y el aroma salino que desprendía Válian. Las garras de Annalis rascaban ligeramente el suelo de mármol, un sonido que siempre ponía de nervios a los sirvientes, pero que a Nerón parecía encantarle.

—Te ves tan encantadora cuando planeas masacres, Anni —ronroneó Nerón—. Debería haber una estatua tuya en esta sala...

Annalis ni siquiera lo miró.

—El último avistamiento de una sirena fue en el este del bosque —dijo, deslizando una garra sobre el pergamino extendido—. Si enviamos a unos cuantos cíclopes, las alcanzaremos; sus cantos perderán resonancia —sentenció, señalando un punto en el mapa con su dedo afilado—. Quiero sus escamas adornando mi armadura para el invierno.

—Personalmente, preferiría que esas escamas adornaran tu cama, querida —intervino Nerón, recostado contra una columna, jugando con una moneda de oro entre sus dedos—. Aunque debo admitir que esa ferocidad te sienta de maravilla. Casi hace que olvide lo peligrosa que eres.

Annalis le lanzó una mirada que habría incinerado a un hombre común.

—Guarda tus halagos para las Alkonost que he visto salir de tu habitación, Nerón.

—Quiere satisfacer un deseo que no se consigue en la realidad —siseó Válian, mordaz.

Annalis rodó los ojos, pero Nerón, en vez de ofenderse, solo amplió su sonrisa de pícaro.

—¿Podrían dejar de coquetear por cinco segundos? —interrumpió Válian sin levantar la vista.

—¿Consiguieron algún rastro del hipocampo que trajo a Milenka? —Annalis retomó la seriedad de la reunión.

—Nada, Annalis —respondió firme Válian—. Son criaturas fantasma, casi extinguidas. Después de la Guerra de los Dos Mundos nunca más se vieron. Milenka no llegó aquí por accidente. Esa criatura la trajo por una razón...

pero no logro verla aún.

—¿Cuál? —musitó Annalis.

—¿Para qué? —añadió Válian.

—¿Y por qué ella? —remató, con el ceño fruncido.

Nerón soltó una carcajada corta.

—Es una humana, Válian, no un acertijo cósmico —bufó Nerón, girándose hacia el kappa—. Ya nos demostró las agallas, su temple y su fuerza. La capacidad de adaptarse tiene como núcleo una terquedad que nos hacía falta en Apricon. Sin mencionar que es pequeña, frágil y tiene unos ojos que...

Annalis le lanzó una mirada fulminante.

—Nerón.

—¿Sí, jefecita?

—Si no cierras la boca ahora mismo, te aseguro que usaré tu lengua para encerar mis garras.

Valian ni disimuló la sonrisa.

—Para Neron eso seria ¿premio o castigo?

—Qué mujer tan difícil —suspiró Nerón, fingiendo estar dolido mientras se acercaba un poco más a ella, invadiendo su espacio con descaro—. Me encantan los retos.

Un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del cuartel. El cristal de la cúpula superior estalló en mil fragmentos brillantes, como una lluvia de diamantes mortales, obligando a Nerón a cubrir a Annalis y a Válian con su cuerpo.

Una figura se estrelló contra el suelo de mármol, levantando una nube de polvo.

—¡Lo acabamos de reparar! —rugió Nerón, señalando el enorme agujero en el techo con las manos abiertas—. ¡Krohonan, maldita sea! ¡Existe algo llamado "puerta"!

Annalis se zafó del agarre de Válian, ignorando los cristales que se habían clavado en su túnica.

—¿Krohonan? ¿Qué ocu...?

—Perdí a Milenka —jadeó él. No esperó a que terminaran—. No la encuentro, Annalis. ¡Rastréala ahora mismo!

—¿Qué? —Annalis se quedó de piedra, sintiendo los dedos de Krohonan clavándose en su piel.

—¿Qué dijiste, Krohonan? —Nerón se enderezó de golpe; su tono de burla desapareció como si nunca hubiera existido—. ¿Cómo que la perdiste? ¿Qué le pasó a tu ala?

—¡Tú la enviaste! ¡Es tu culpa! —el grito de Krohonan fue un desgarro de ira y agonía.

Sus alas se desplegaron de golpe, enormes y amenazantes, derribando los tinteros y las sillas cercanas. El aire en la sala se volvió pesado, cargado de una electricidad violenta que amenazaba con estallar. Krohonan parecía a punto de lanzarse contra Annalis, consumido por la culpa y el miedo.

Nerón, reaccionando con la rapidez de una sombra, se interpuso entre ambos, apoyando las manos firmes sobre el pecho de su hermano.

—Hermano, respira —ordenó Nerón con una autoridad que rara vez usaba, manteniendo el contacto visual—. La buscaremos. Te doy mi palabra de que la traeremos de vuelta, pero necesito que te calmes. No nos sirves así.

Krohonan soltó un gruñido ahogado, con los ojos fijos en la nada, mientras el pánico seguía devorándolo por dentro. Nerón miró por encima del hombro hacia el kappa.

—¡Válian! Prepara a los cíclopes. Quiero patrullas en cada cuadrante del bosque. Que no quede una piedra sin levantar.

—¡Sí! —Válian cerró el libro de golpe, con los ojos reflejando la gravedad de la situación, y salió corriendo de la sala a una velocidad impropia de su especie.

Nerón se volvió de nuevo hacia Krohonan. Con un gesto casi tierno, tomó a la pequeña serpiente que siempre lo acompañaba —que ahora siseaba nerviosa desde su hombro— y la dejó con cuidado sobre el escritorio de roble, lejos del cristal roto.

—Ahora —Nerón presionó con firmeza los hombros de Krohonan, obligándolo a bajar la guardia—. Mete esas alas, siéntate y dinos exactamente qué pasó con Milenka.




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