El cielo se tiñó de un naranja violento cuando la bengala surcó el aire. Otra más. Xal cumplía su promesa: una señal de luz en cada atardecer, un faro de esperanza falsa para quien sea que me estuviera buscando.
—¡Es hora de la cena! —exclamó Xal, con una alegría que me crispaba los nervios.
Con un chasquido de sus dedos, el suelo se onduló y una mesa de banquete, larga y excesivamente formal, brotó de la tierra. Sobre el mantel de seda blanca aparecieron fuentes de plata rebosantes de carnes exóticas, pero el horror no estaba en la comida. Estaba en los comensales.
En las sillas estaban sentados Konstantin, Vladismir y Nikolay. Mis amigos en el mundo humano. Pero sus rostros eran de cera derretida, facciones que goteaban lentamente sobre sus ropas, formando charcos amarillentos en el suelo. Sus ojos eran cuentas de vidrio negro que me seguían sin parpadear.
Xal se sentó a la cabecera, presidiendo aquel teatro macabro.
—Comamos, Milenka. Siéntate, no seas descortés —dijo, señalando la silla frente a él—. Aunque bueno, técnicamente tú ya te estás comiendo a ti misma desde adentro, ¿no? Esas células tuyas son tan... ambiciosas. Quieren ocupar todo el espacio.
Un frío glacial me recorrió la espalda. Me quedé de pie, incapaz de mover un músculo.
—Sé lo de tu enfermedad, Milenka. En realidad, lo sé todo —continuó él, mientras pinchaba un trozo de carne sangrienta y se lo metía en la boca a la figura de cera de Nikolay—. He buceado en tus memorias como quien hojea un libro viejo. Sé dónde te duele y por qué.
De pronto, el muñeco de Konstantin abrió su boca de cera y, con la voz exacta del verdadero Konstantin, susurró:
—¿Realmente creías que te extrañamos, Milenka? —La voz era suya, exacta, metálica.
—Eres una carga —siseó el muñeco de Vladismir, cuya mandíbula se descolgó por el calor de las velas—. Incluso Nikolay se sentirá aliviado cuando dejes de respirar.
Las lágrimas empezaron a quemarme las mejillas.
—¡Cállense! ¡Cállense ya! —grité, tapándome los oídos.
En ese momento, el cielo se desplomó en una lluvia torrencial. Pero no era agua común; era pesada, tibia, como si el cielo estuviera llorando sangre diluida.
—¡Ves! —Xal se puso de pie, extendiendo los brazos, dejando que el agua empapara su traje—. Esto me causa tu tristeza. No es lindo verte llorar, alteras el ecosistema de mi jardín.
Se acercó a mí y, con una delicadeza que me dio náuseas, detuvo una gota de lluvia en el aire, justo frente a mis ojos. La gota se expandió como una burbuja de cristal, y dentro vi algo que me detuvo el corazón.
Me vi a mí misma. Vi mi cuerpo destrozado al fondo de un risco. Luego vi otro cuerpo mío, flotando en el lago blanco. Y otro más, con el cuello roto. Había cientos. Una montaña de "Milenkas" descartadas.
—Has muerto mil veces en este bosque —susurró Xal en mi oído—. Y mil veces he rebobinado el tiempo, solo para ver si esta vez elegías mejor. ¿Ves a esa? —señaló una imagen donde yo intentaba besarlo para robarle la daga—. Esa fue astuta, pero predecible. La de allá intentó saltar, creyendo que el impacto la despertaría. La de más abajo intentó correr durante tres días antes de que sus pulmones colapsaran. Eres un bucle, Milenka. Un error de sistema en un lago blanco que debería haberte disuelto los huesos hace mucho tiempo.
—Es mentira... —mi voz apenas fue un hilo—. Nada de esto existe.
El miedo me golpeó con una nueva revelación: ¿Y si Apricon nunca fue real? ¿Y si Nerón, Válian y Krohonan solo eran parte de esta alucinación? ¿Y si nunca salí del lago blanco y mi cerebro se estaba inventando un mundo mientras moría?
—Por favor... para —supliqué, cayendo de rodillas sobre el lodo y la cera—. Para ya. Acepto quedarme. Me quedaré contigo, haré lo que quieras, pero deja las ilusiones. Deja de torturarme con ellos.
Xal se agachó frente a mí. Su rostro recuperó una belleza serena, casi humana.
—¿Me prometes que ya no vas a huir?
—Te lo juro —dije, cerrando los ojos para no ver los restos de mis amigos.
Él sonrió y, de la nada, sacó un collar. Era un cordón de cuero con un cuarzo transparente, tan puro que parecía emitir su propia luz. Me lo puso alrededor del cuello; el cristal estaba tan frío que quemaba.
—No te lo quites jamás —sentenció—. Duda de muchas cosas en este lugar, Milenka, duda de tus sentidos y de tus recuerdos, pero no dudes de que este diamante te protege. Mientras lo lleves, el bosque no podrá devorarte.
Me toqué el cuarzo. Se sentía pesado, como un grillete.
—¿Por qué? —pregunté, mirándolo a los ojos—. ¿Por qué me mantienes como tu prisionera? ¿Te sientes solo? ¿Alguien te contrató para romperme?
Xal ladeó la cabeza, dibujando una sonrisa enigmática.
—Me enamoré de ti.
Solté una carcajada seca y le dediqué una mirada cargada de asco.
—Ay, por favor. Ni tú te lo crees.
Xal se encogió de hombros, volviendo a su mesa de banquete que ahora se desvanecía en sombras.
—Cierto. Tienes razón. Yo tengo gustos más refinados y... bueno, bastante más saludables que una humana que se descompone.
Me puse en pie, apretando el collar entre mis dedos.
—Te lo preguntaré una última vez, Xal. ¿Por qué me tienes aquí? Y quiero la verdad. No más juegos, no más visiones. La verdad.
Xal guardó silencio por un largo momento. El banquete desapareció. Los muñecos se fundieron en el suelo. Solo quedamos nosotros dos bajo la lluvia.
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Editado: 11.01.2026