El día de la caída al río.
El zumbido llegó primero.
Un sonido agudo, antinatural, que desgarró el aire como un lamento metálico. Luego, la punzada sorda.
La flecha surgió de la oscuridad y se hundió con violencia en el ala del basilisco.
Krohonan soltó un gruñido gutural de puro dolor. Sus músculos se tensaron en un espasmo incontrolable y, en un segundo de debilidad física, sus brazos perdieron la fuerza.
—¡Milenka! —El grito de él fue lo último que ella escuchó antes de que la gravedad ganara la partida.
Krohonan batió su ala sana con desesperación, describiendo un arco torpe e inútil en el aire. Sus dedos se estiraron hacia el vacío, buscando algo que ya no estaba ahí. Milenka lo vio todo en una fracción de segundo: sus ojos abiertos de par en par, ese terror absoluto que no era por su propia vida, sino por la de ella.
Ese miedo la atravesó más hondo que la caída.
Luego, el río.
El impacto fue brutal. No fue como sumergirse; fue como estrellarse contra una muralla de mármol helado. El aire se le escapó de los pulmones en un golpe seco. El frío le mordió los huesos, paralizándole los pensamientos. El mundo se fragmentó en burbujas, sombras y destellos verdosos mientras la corriente la arrastraba hacia abajo, cada vez más abajo.
Intentó gritar.
Solo tragó agua.
Antes de que el río pudiera terminar de reclamarla, algo la tocó.
Manos.
Manos viscosas, frías como el hielo, que se cerraron alrededor de su cintura, de sus piernas, de su cuello. Cuerpos cubiertos de escamas se deslizaron a su alrededor con una facilidad monstruosa. Ojos amarillos brillaron bajo la superficie.
Sirenas.
No eran las bellezas de los mitos. No cantaban. No seducían. Eran pirañas con rostro de mujer, bocas repletas de dientes finos como agujas.
—Mírenla —siseó una, golpeando el agua con su cola plateada—. Tan pequeña. Tan insignificante. ¿Esta es la joya que el basilisco protegía?
—Sí —gruñó otra, tirándole del cabello con violencia—. Y huele a podrido. Huele a muerte humana.
—¡Mátenla ya! —rugió una tercera, alzando una lanza de coral—. ¡El basilisco escapó! ¡Ese estúpido con alas sigue vivo!
—Danos la orden, madre —dijo otra, afilando lentamente una daga de coral—. Déjanos devorarla.
La sirena mayor se acercó. Su presencia era distinta: más pesada, más antigua. Tomó a Milenka del mentón con dedos duros como piedra, obligándola a mirarla.
—Ya no nos sirve —escupió—. Mi objetivo era el basilisco que la protegía. Si él no ha muerto, esta humana asquerosa es solo basura que ensucia mi río. Cómanse su corazón y dejen los restos para los cangrejos.
Las garras se cerraron alrededor de la garganta de Milenka. Pero antes de que el primer colmillo rasgara su piel, el agua explotó.
Una onda de choque atravesó el río como un latido divino. Un remolino de luz azulada, eléctrica, se expandió en todas direcciones, empujando a las sirenas hacia atrás con un chillido colectivo. El río se abrió, obediente, y una burbuja de aire puro envolvió el cuerpo de Milenka.
Ella aspiró con desesperación.
—Vaya —dijo una voz—, qué modales tan... húmedos.
La voz resonó en la cueva como una burla perezosa.
Xal apareció caminando sobre el agua, como si el río fuera una alfombra de seda extendida para él. Cada paso dejaba ondas luminosas. Se detuvo frente a la sirena mayor, ignorando las dagas de coral apuntando directamente a su pecho.
—¿Por qué gastas energía en esta humana asquerosa? —chilló la sirena, retrocediendo con odio—. No te pertenece.
—Gasto mi energía en lo que me place —respondió Xal con calma, observando a Milenka a través de la esfera—. Y hoy... me place ella.
La sirena soltó una carcajada burlona, un sonido que recordaba al roce de escamas secas.
—Quédatela si quieres, hechicero.
Retrocedió, pero una chispa venenosa iluminó sus ojos ciegos. Nadó en círculos lentos alrededor de Xal, como una serpiente acuática.
—Pero dinos... ¿aún te duele el vacío? —susurró—. ¿Sigues intentando llenar el hueco que dejó aquella humana que tanto amaste?
El rostro de Xal se transformó.
Por un segundo apenas perceptible, la máscara de indiferencia se agrietó. Algo antiguo, profundo y negro asomó en sus ojos. La burbuja que protegía a Milenka vibró, temblando con la pérdida momentánea de control.
—¿De qué hablas?
—Hablo de los rumores —la sirena soltó una carcajada estridente—. La mujer de piel oscura. La humana que amaste tanto que desafiaste las leyes de Apricon... hasta ser exiliado. ¿Crees que traer a esta otra va a borrar que murió por tu culpa? ¿Que no supiste protegerla?
Xal no respondió. Su silencio era un trueno contenido.
—¿Crees —continuó ella— que otra piel, otro rostro, detendrán la culpa que te carcome?
El agua comenzó a hervir.
—Lárguense de mi vista —dijo Xal, sonriendo sin humor—. Podría devolverla al basilisco ahora mismo solo para ver cómo les arranca las escamas una por una. También darle su ubicación, creo que un pajarito las anda buscando.
El río rugió.
Las sirenas no esperaron una segunda advertencia. Se sumergieron al unísono, desapareciendo en las profundidades, dejando tras de sí un rastro de espuma amarga.
Xal quedó solo.
Milenka flotaba aún inconsciente dentro de la burbuja, temblando de frío. Con un gesto lento, Xal deshizo el hechizo. Ella cayó sobre la arena húmeda, jadeando, empapada.
La lluvia comenzó a caer, lavando el barro de su piel.
Xal se acercó. Se arrodilló frente a ella y, con delicadeza rozó la piel de su cuello.
—¿Devolverla? —murmuró a si mismo—. ¿A la serpiente?
Sus dedos se retiraron.
—No. Él ya tuvo su oportunidad. Te dejó caer. Ahora eres mi invitada.
#6675 en Fantasía
#13311 en Novela romántica
romance fantasia magia, secretos dolor drama pasion, aventura comedia amistad
Editado: 11.01.2026