Me sentía vacía. La existencia de la enfermedad que elegí olvidar, el cansancio del bosque y la manipulación constante de Xal habían terminado por romper algo dentro de mí. La esperanza se había esfumado.
Estaba sentada sobre un tronco, con la mirada perdida en las brasas de una pequeña hoguera que él había encendido con un chasquido, escuchando una historia cliché de alguien inmortal.
—... La amé con una intensidad que casi reduce mi pueblo a cenizas. Pero el tiempo... el tiempo es el enemigo más cruel de tu especie. Vi cómo su piel se marchitaba, cómo sus ojos perdían el brillo y cómo su mente olvidaba mi nombre. No pude salvarla de la vejez.
Fingí compasión. Asentí levemente, dejando que él creyera que sus palabras estaban calando en mí. Pero por dentro solo había un páramo desolado. Xal se acercó. No me pidió permiso. Se arrodilló frente a mí con un cuenco de cristal y una cuchara, como si fuera un devoto cuidando de su altar.
—Come, Milenka —susurró con una ternura que me revolvía el estómago.
Abrí la boca por pura inercia; ya no luchaba. Dejé que me diera de comer como a una niña pequeña o a un animal encadenado. El sabor era dulce, casi embriagador, pero no me importaba. Mientras masticaba con lentitud, él seguía hablando con la voz teñida de una melancolía que parecía demasiado real para ser un truco.
—¿Qué garantía hay de que esas sirenas no vuelvan por mí?
—Que las volveré sushi —respondió con una sonrisa que desapareció en cuanto vio que no me hizo gracia.
Xal dejó el cuenco a un lado y me miró con una sinceridad aterradora.
—Milenka, no es buena idea que vuelvas a tu mundo. Lo que hay en tu pecho... ese bulto... puede que no sobrevivas al viaje de regreso.
No respondí. ¿Qué podía decir? Él tenía razón y ambos lo sabíamos.
—Si te quedas aquí —continuó, rozando mi mano—, ya sea conmigo o con esa ave desplumada, podrías vivir tranquila. Aquí el tiempo fluye distinto y el oxígeno, junto con unos elixires, podrían...
—No hacer nada —respondí—. Solo retrasarlo, pero en algún momento va a volver. El cáncer ya está en mi sangre; solo que aquí no tengo los dolores ni los síntomas.
De pronto, abrió su palma. Allí estaba: el cristal de Annalis. El objeto que perdí durante la caída al río, antes de aceptar la misión.
—¿Es real? —mi voz fue un hilo apenas audible.
—Nunca lo perdiste, Milenka. Yo lo tenía. —Me lo mostró, dejando que la luz del fuego bailara en sus facetas—. Puedes volver al cuartel si es lo que deseas.
¿Dejarme ir? ¿Así sin más? ¿Después de todo lo que hizo para romper mi espíritu? ¿Y si es otro truco? ¿Otro engaño para burlarse de mí?
—¿Y tú qué harás? —le pregunté, buscando la trampa en sus ojos.
—Volver a deambular. Fui exiliado por amar a quien no debía. Mi castigo es la soledad eterna.
—¿De dónde salió esa piedad de liberarme?
—Presiento que algo se avecina y soy muy egoísta para gastar energía en alguien que no quiere ser ayudado. Puede que no seas el objetivo de las sirenas, pero Krohonan sí, y creo... que tú elegirías volver con él antes que estar a salvo conmigo. ¿Me equivoco?
¿Se equivoca? Sí, quiero volver con Krohonan, con Nerón, con Annalis y los demás; pero si en estos días nadie se preocupó por buscarme, ¿yo para qué quiero estar con gente que no me quiere a su lado?
—A mi mundo; es lo que realmente quiero. Con mi familia y amigos de verdad.
La mirada se le iluminó por un momento.
—Eso quiere decir...
—Que buscaré un charco blanco y me zambulliré.
Xal soltó una carcajada sincera.
—¿En serio eres inmortal? —pregunté, esta vez con más interés.
Xal sonrió, pero fue una sonrisa de derrota.
—Sí. A menos que alguien me apuñale el corazón o encuentre el objeto donde escondí mi alma y lo destruya, pero... dudo que eso pase.
Tomó mi mano y depositó el cristal en ella. Sus dedos se cerraron sobre los míos, sellando un pacto silencioso. Me dio la elección: la libertad de irme o la seguridad de quedarme.
—Lanza la bengala —pedí.
Señaló al cielo y, con un estruendo que hizo vibrar el suelo, una bola de fuego carmesí salió disparada. Esta vez no fue un destello; fue una explosión efusiva, brillante y llamativa.
—Milenka... —susurró.
Se acercó a mí. Su rostro estaba a centímetros del mío. Sentí su aliento, vi la chispa de triunfo en sus pupilas. Estaba rendida. No puse resistencia cuando sus labios buscaron los míos, aceptando el beso como el clavo final en mi ataúd.
Pero entonces, el cielo no solo se iluminó: se rasgó.
Un rugido ensordecedor partió el aire. Alguien cayó del cielo como un meteorito, impactando el suelo con una fuerza bruta que nos lanzó a ambos hacia atrás. Xal me abrazó con fuerza protegiéndome de las piedras que volaban; entonces, Krohonan emergió de la cortina de humo y tierra.
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Editado: 11.01.2026