El portal a Apricon.

23

Krohonan emerge de la cortina de humo y tierra. Sus alas estaban desplegadas, goteando brasas, y sus ojos eran dos pozos de odio fijos en Xal.

—Vaya —Xal apareció a mi lado, de pie.

Miré hacia atrás para saber qué me mantenía abrazada y encontré a un muñeco de ramas secas que se deshizo apenas me aparté.

—Eso sí que es una entrada. Un poco dramática, ¿no crees? Vas a asustar a la chica, y ya tiene suficiente con su "pequeño problema" de salud.

—¡Aléjate! —La voz de Krohonan sonó como un crujido.

—¡Oh, por favor! —Xal levantó las manos en un gesto de paz, aunque sus dedos ya trazaban símbolos en el aire—. Estábamos teniendo un momento íntimo.

Krohonan ni siquiera lo dejó continuar. Con un movimiento veloz, lanzó una llamarada azulada que habría incinerado un edificio entero. Xal se desvanece en humo negro un milisegundo antes de que Krohonan le arranque la cabeza. Reaparece tres metros atrás, levitando, con esa sonrisa de imbécil intacta.

—Qué falta de modales, pajarito —suelta Xal.

Mueve las manos y el suelo bajo Krohonan se vuelve líquido. Sombras espesas como chapapote atrapan sus botas, tirando de él hacia abajo. Krohonan ruge, envuelve sus puños en llamas blancas y golpea el fango, evaporando la trampa en una explosión de vapor hirviente.

No se detiene. Krohonan despliega sus alas y las bate con una fuerza que arranca los arbustos de raíz. Se impulsa y embiste a Xal en el aire. El hechicero intenta levantar un muro de runas carmesíes, pero Krohonan lo atraviesa como si fuera cristal. Lo agarra de las solapas y lo estampa contra el suelo, creando un cráter que hace temblar el bosque.

Xal escupe sangre, pero sus manos ya están trazando símbolos. Cadenas de energía brotan de la tierra y se enredan en el cuello de Krohonan, apretando. Escucho el crujido de las vértebras.

—¿Esto es todo? —se burla Xal mientras se limpia la boca—. Eres solo un animal con alas.

Es mi momento.

Corro hacia ellos mientras Krohonan intenta despedazar las cadenas. Xal está demasiado ocupado saboreando su ventaja. Llego por su flanco, saco la daga y la hundo con todo mi peso en el centro de su pecho.

Siento el acero cortar carne y chocar contra el hueso. Xal se queda rígido. Su mano, fría como el hielo, cubre la mía sobre la empuñadura.

—Al fin... —susurró con un hilo de voz—. Le atinaste al corazón.

Cerró los ojos lentamente, con esa eterna sonrisa burlona grabada en el rostro, y su cuerpo se deshizo en cenizas negras que el viento se llevó al instante. Me quedé allí, de rodillas. Lo hice. Esta vez no fallé. Yo lo maté.

—¡Milenka! —Krohonan me rodeó con sus brazos; su calor era abrumador, real, reconfortante.

Me apreté contra su pecho de acero, dejando que las lágrimas fluyeran por fin. El terror se estaba drenando, sustituido por el alivio de su presencia. Pero entonces, un sonido seco cortó el aire.

Clap... clap... clap.

Un aplauso lento. Sarcástico.

—Verte aferrada a este... duele más que saber que eres capaz de matar nuestra "hermosa" relación.

Mi corazón se detuvo. No. Imposible. Me negaba a voltear. Yo había sentido la daga entrar, había visto su cuerpo deshacerse. Krohonan me apretó más fuerte contra él, sus alas volviendo a desplegarse en posición de defensa.

Miré por encima de su hombro y el horror es real: hay veinte, treinta, cincuenta versiones de Xal saliendo de la oscuridad de los árboles. Nos tienen rodeados. Es un círculo perfecto de clones idénticos, todos con la misma expresión de asco.

—¿De verdad creíste que sería tan fácil? —dijeron todas las sombras al unísono.

De repente, un chillido agudo y húmedo rasgó el aire desde el río. Algo rápido como una flecha atravesó uno de los clones.




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