El portal a Apricon.

24

Un clon de Xal, el que estaba más cerca de los arbustos, estalla en una nube de hollín cuando una lanza de hueso le atraviesa el pecho y se clava, vibrando, en el tronco de un roble. Xal frunce el ceño; su sonrisa de suficiencia vacila por primera vez.

—Pero ¿qué...? —empieza a decir, pero otro proyectil le corta la frase.

Krohonan reacciona por instinto. Sus alas, aunque heridas, se despliegan envolviéndome, mientras busca frenéticamente el origen del ataque que ni siquiera Xal vio venir.

Un chapoteo violento resuena desde la orilla. No es un pez; es algo pesado. Otra lanza vuela y otro clon se desvanece.

—¡Arriba, rápido! —ruge Krohonan.

En medio de un silbido agudo proveniente del agua, despliega sus alas con un golpe violento, intentando elevarnos sobre el fango. Pero, apenas despegamos unos metros, un dolor agudo lo hace flaquear. Una lanza rudimentaria atraviesa su ala derecha de lado a lado. El grito de Krohonan es desgarrador. Perdemos altura de inmediato, cayendo pesadamente cerca de la orilla del río, donde el barro se mezcla con la sangre.

—¡Krohonan! —grito, estirando la mano hacia él, pero algo se enreda en mi muñeca.

Es una soga de fibras vegetales, áspera como el papel de lija, que me quema la piel. Me arrastra con una fuerza inhumana hacia la corriente.

—¡Milenka! —grita Xal, con una voz cargada de una furia que no le conocía.

Tres clones de Xal aparecen a mi lado, agarrando la cuerda y tirando en dirección opuesta para evitar que el río me trague. Es entonces cuando emergen.

Los libros de Valian las describían como seres de belleza trágica, pero la realidad es un insulto a la vida. Su piel es opaca, de un gris cadavérico, pegada a huesos que parecen a punto de romper el tejido. No tienen labios, solo una hilera de dientes afilados en una boca que se abre más allá de lo anatómicamente posible. Sus ojos, dos canicas negras, no tienen rastro de alma.

—¡Sirenas! —grito horrorizada.

Xal, el verdadero, el que mantiene los ojos fijos en la orilla, rompe los amarres con chasquidos de sus dedos; su magia corta el aire como guadañas invisibles.

—¡Rápido, escóndete! —me ordena, mientras sus clones se lanzan como carne de cañón.

Una de las criaturas salta del agua, sus dedos largos y palmeados rozando el suelo. Sin pensarlo, lanzo la daga de Nerón. El acero vuela recto y se hunde en el centro de su frente. La sirena ni siquiera grita; se desploma como un saco de carne muerta.

Corro hacia Krohonan. Él está de rodillas, arrancando la lanza de su ala. Saco el diamante de Annalis; su brillo cálido pulsa entre mis dedos sucios de sangre.

—¡Krohonan, aguanta! —le pido, sujetando la piedra.

Solo tengo que pisarlo y estaríamos de vuelta en el cuartel. Me levanto y coloco el cristal en el suelo, muy cerca de él para que nos teletransporte a ambos, pero algo húmedo y fuerte como un cable se enreda en mi tobillo. El tirón es tan violento que mi cara choca contra el barro.

—¡Milenka! —el grito de Krohonan es lo último que escucho con claridad.

Uno de los clones sombra de Xal corre hacia mí, extendiendo su mano oscura, pero sus dedos solo rozan el aire. Las sirenas han sido más rápidas. Me jalan hacia atrás, hacia el gélido río.

El agua me recibe con un golpe que me saca el aire de los pulmones. Está helada, negra y sabe a metal. Intento luchar, pero docenas de manos me recorren, hundiéndome. La luz de la superficie se vuelve una mancha borrosa. Mis pulmones arden y mi visión se llena de puntos negros mientras me arrastran hacia lo profundo.




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