El portal a Apricon.

26

La mujer se acerca con una elegancia que me pone los pelos de punta. Es el tipo de belleza que te advierte que vas a terminar muerta en una zanja. Sus ojos negros, como dos pozos de petróleo, no tienen rastro de humanidad. No tengo la daga, no tengo el diamante, no tengo nada más que mis manos temblorosas y un hombre que exhala vapor a mis espaldas.

—Esta lucha no es por ti, humana.

—Pero lo quieren a él —escupí, tratando de que no me temblaran las piernas.

—Claro. ¿Quién no? —Ella ladeó la cabeza, observando el cuerpo febril de Krohonan—. Es el último de su linaje. Muchas especies de sangre fría, por muy grandes y fuertes que sean, se doblegan ante él.

—No dejaré que te le acerques —sentencié, aunque mis rodillas amenazaban con doblarse.

La mujer soltó una carcajada.

—Sabes que puedo matarte en un santiamén y solo estoy siendo diplomática, ¿verdad? —dio un paso más.

—Pero no lo has hecho aún —desafié.

Ella se detuvo, entrecerrando esos ojos oscuros. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de desconcierto.

—Es porque algo lo evita. No sé qué pueda ser, pero hay un rastro de magia, algo repelente y oscuro que te rodea y no me permite atacarte —Me miró de arriba abajo con desprecio—. ¿Acaso te acostaste con el hechicero? ¿Te marcó como suya?

—¿Qué? ¡No! —sentí una mezcla de asco y confusión—. Él me tenía prisionera, no...

La sirena soltó un siseo de frustración.

—Entonces él es más listo de lo que parece. Un Koschei como Xal no puede ser asesinado por medios convencionales. Sabes que escondió su alma, ¿cierto? La fragmentó para ser inmortal. Y ese "algo" que te protege... —extendió un dedo largo y pálido, señalando mi pecho— viene de ahí.

Mis dedos volaron a mi cuello. El collar. El regalo que Xal me había dado.

Se acuclilló frente a mí, su rostro a pocos centímetros del mío. El olor a algas y muerte era insoportable.

—No me importa si te acostaste con él o no; me importa eliminar al hombre que proteges. Pero mientras lleves su alma colgada al cuello, eres intocable para mi especie. Así que, quítate... por favor.

—¡Está loca! ¡No! —grité, intentando retroceder.

Su mano se movió más rápido que el pensamiento. Sentí un tirón violento; la cadena de plata se rompió con un chasquido seco. En ese mismo instante, mientras ella saboreaba su triunfo, mi mano se lanzó hacia su puño cerrado. No fue valentía, fue puro instinto de supervivencia. Mis dedos se cerraron sobre el cristal que ella sostenía con descuido.

A unos metros, Xal, que estaba en mitad de un hechizo para despedazar a una sirena, se quedó rígido. Soltó un alarido que no sonó humano, un sonido de pura agonía. Sin el collar en mi piel, el vínculo se quebró.

El hechicero cayó de rodillas.

—¡Xal! —grité.

Su piel, antes tersa, comenzó a arrugarse como pergamino al fuego. Sus manos se volvieron garras esqueléticas y su cabello cayó al suelo en mechones marchitos. En segundos, el hombre arrogante se convirtió en un anciano centenario que se deshacía.

—Huye —fue lo único que susurró Xal, antes de que su cuerpo estallara en una nube de cenizas negras que el viento arrastró hacia mí.

La sirena, enfurecida por el robo, se lanzó sobre mi cuello, pero yo ya estaba en el suelo. Con el último gramo de fuerza que me quedaba, solté el cuarzo y lo pisé con toda la rabia de mi alma.

El estallido de luz blanca nos tragó justo cuando sus garras rozaban mi piel.

El impacto contra el suelo de piedra del cuartel fue seco y frío. El silencio que siguió fue absoluto.

Me tomó varios segundos darme cuenta de que ya no olía a azufre ni a agua podrida. El suelo bajo mis manos ya no era lodo, sino madera pulida, fría y limpia. El aire estaba quieto.

Estábamos en el Cuartel.

Me quedé allí, de rodillas, temblando incontrolablemente. Mis brazos habían encontrado instintivamente el cuerpo de Krohonan durante el transporte. Él respiraba con dificultad a mi lado, su calor empezando a estabilizarse ahora que estábamos lejos del agua maldita, aunque su piel seguía quemando al tacto.

Bajé la mirada. Mis manos, mi ropa rasgada, mi rostro... todo estaba cubierto por una fina y pegajosa capa de ceniza negra.

Los restos de Xal.

El monstruo que me había secuestrado, el hechicero inmortal que me había usado como su ancla a la vida, ahora era solo polvo cubriendo mi piel y el suelo del cuartel.

Miré a mi alrededor, esperando que las sirenas surgieran de las sombras, pero solo había estanterías familiares y el silencio seguro del santuario. El agotamiento me golpeó como un mazo. Me arrastré un poco más cerca de Krohonan, hundiendo mi rostro cubierto de hollín en su hombro hirviente.




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