Krohonan duerme sobre la camilla estrecha e incómoda de la enfermería. Su cuerpo imponente parece fuera de lugar allí, reducido a vendas apretadas y a una capa espesa de ungüento verdoso cuyo olor es tan horrible que se me pega a la garganta. Una mezcla de hierbas quemadas, sal vieja y algo metálico que no quiero identificar.
Me dolían las manos, pero ignoré el latido punzante de mis propias quemaduras mientras humedecía un paño para limpiar sus alas.
Estoy de pie junto a él, limpiando con cuidado la sangre seca y las escamas de sirena incrustada en su piel.
Annalis no se ha movido de mi lado desde que la alarma de intruso estalló en la sala de juntas, el lugar se había convertido en un desfile. Todos acudieron corriendo: guardias, sanadores, curiosos... incluso el cíclope que días atrás me habría hecho temblar. Ahora es solo una sombra apoyada contra la pared, una presencia borrosa que no logra arrancarme la mirada de Krohonan.
—Milenka, por favor... —la voz de Annalis es suave, pero urgente—. Necesitamos que hables. ¿Qué pasó?
Siento su mano posarse en mi hombro, y sus garras clavándose levemente en mi piel.
No respondí. El roce del paño sobre la piel de Krohonan era lo único que mantenía mi mente anclada a la realidad. Mi atención sigue fija en el pecho de Krohonan, en el leve movimiento que confirma que aún respira. Cada inhalación suya es una victoria tranquilizadora.
Annalis suspira.
—Déjennos solas, por favor —ordena finalmente.
La enfermera Lamia, una criatura de torso humano y cola de serpiente, se retiró arrastrando sus escamas contra el suelo de piedra con un siseo rítmico. Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió pesado.
—Huma... niña —corrige rápidamente, carraspeando—. ¿Qué ocurrió?
Sus ojos dorados buscando algo que no sé si puedo darle.
—Krohonan vino desesperado. Decía que te había perdido. Y ahora es él quien está herido. ¿Qué pasó, Milenka?
Muchas cosas.
Demasiadas.
Miré mis manos. Mis dedos temblaban.
—Sirenas —es lo único que consigo articular.
Annalis abre los ojos, sorprendida.
—¿Sirenas? —escupe la palabra, erizando las plumas de sus alas—. ¿Ellas le hicieron esto a Krohonan?
Asentí mecánicamente, sin dejar de limpiar una mancha de sangre en su hombro.
—¿Te tenían prisionera?
Negué con la cabeza.
Otro suspiro. Esta vez más largo. Más cansado y resignado. No sé si está cansada de mi silencio o si simplemente entiende que hay cosas que no puedo decir todavía.
—Valian fue al mercado por provisiones—me informa, tras un silencio—. Cuando regrese, le pediré que te acompañe.
—No —mi voz sale ronca, apretando el paño húmedo—. Quiero a Neron.
Ella me miró sorprendida y su rostro se suavizó en una mueca de ternura.
—Él... bueno, Nerón suele estar ocupado conmigo—me mira con atención, y su expresión se suaviza—. Pero le daré la tarde libre. Vendrá en unos minutos.
—Gracias.
Annalis se va, cerrando la puerta con cuidado. El silencio vuelve a caer, espeso, interrumpido solo por el burbujeo de los frascos alquímicos y el latido irregular de la luz mágica sobre nuestras cabezas.
Me quedo a solas con Krohonan. Tomo su mano vendada entre las mías, sin pensar, sin rezar, solo esperando.
Esperando que despierte.
Una serpiente negra emerge desde algún rincón de la sala. Es la misma que siempre lo acompaña. Se desliza, trepa por la camilla y recorre su cuerpo como si lo conociera de memoria, hasta enroscarse sobre su pecho.
Krohonan abrió los ojos de golpe. Su respiración se aceleró y sus pupilas se dilataron mientras intentaba enfocar el techo.
—Milenka...
mi cuerpo reaccionó en seguido, casi que me le tiro encima y me detuve a tiempo cuando escuche lo que menos imaginaria.
—¿Ese tipo...? —su voz es áspera—. ¿Dónde está?
Parpadeo.
¿Xal?
¿Se refiere a Xal?
No suena furioso. Ni a la defensiva. Es una curiosidad genuina, casi distraída.
Krohonan estuvo inconsciente. No recuerda que gracias a Xal logramos escapar. Tampoco recuerda el collar, ni cómo se desvaneció en ceniza.
Pero yo sí.
Ese parpadeo.
Ese segundo exacto en que el collar fue destruido sentí una descarga eléctrica y vi otro collar idéntico, dentro del ataúd de una mujer olvidada, oculto dentro de una lápida de piedra blanca antigua, cubierta de musgo. El alma fragmentada del Koschei, débil, casi sin magia... pero viva.
Ahora soy la única que conoce el secreto de su inmortalidad.
—Murió —aseguro—. Para dejarnos escapar.
El alivio cruza su rostro antes de que pueda ocultarlo.
—¿Y tus manos? —frunce el ceño al notar mis vendajes—. ¿Qué te pasó?
—Estabas muy caliente —confieso con una media sonrisa.
Él me miró fijamente, sus ojos escaneándome con una intensidad que me hizo encoger.
—¿Qué hacías todos estos días con ese tipo?
—Aguantar —digo la verdad—. Solo me torturaba.
Krohonan frunció el ceño, recorriendo mi cuerpo con la mirada, buscando heridas, moretones, algo que justificara mis palabras.
—No veo marcas —alega confundido.
—Porque no fue una tortura física —suelto el aire, jugando con mi dedos empezando a sentirme ansiosa—. En mi mundo... yo estoy enferma.
Krohonan guarda silencio.
—Tan enferma que las náuseas no me dejan dormir. La migraña me parte la cabeza. Mi garganta se cierra. Sangro sin razón. Me duele el pecho al toser. Me quedo sin oxígeno. Las piernas me fallan.
Trago saliva.
—Xal solo me recordó algo —mi voz tiembla con el llanto avecinando con salir—. Que en mi mundo... ya estoy muerta.
El escepticismo bailaba en sus ojos.
—¿Qué clase de enfermedad hace todo eso? —cuestiona—. Desde que llegaste no haces más que correr, pelear, gritar...
—Eso es lo raro —una risa amarga se me escapa—. Desde que llegué aquí, no me duele nada. Es como si el cáncer... hubiera desaparecido. Por eso decidí quedarme, ya no quiero regresar.
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Editado: 28.01.2026