El portal a Apricon.

28

Me quedé un buen rato observando fijamente mi reflejo, girando la cara de un lado a otro. Mis mejillas ya no parecen dos pozos abandonados y mis ojos... bueno, ya no parecen los de un extra en una película de zombies. Había carne ahí. Piel tibia, elástica, con un tono rosado que había olvidado que existía. Hace apenas unas semanas, mi reflejo era el de un espectro. He recuperado color, he ganado un poco de peso y, por primera vez en toda mi vida, no siento que mi cuerpo sea una jaula de cristal a punto de romperse. Tenía color. Tenía carne. Tenía... ¿vida?

Era extraño. Había recuperado el brillo en los ojos, ese que el cansancio crónico se había encargado de apagar durante años. Me veía bien, malditamente bien, y una parte de mí se sentía como una traidora. Allí estaba yo, floreciendo en un mundo que no era el mío, mientras los que amaba seguían al otro lado. Elegí mi salud, elegí no morir; elegirme a mí se sentía, extrañamente, como una traición.

Un gruñido gutural al fondo de la sala rompió mi momento de introspección dramática.

Miré a través del reflejo del espejo. Allí estaba Krohonan, el gran y temible Señor Rey Serpiente Basilisco; era, en realidad, el paciente más insufrible, comportándose como un niño de cinco años con gripe. Krohonan no está hecho para estar en cama. Tenerlo confinado entre almohadas era como intentar meter un huracán dentro de un frasco de mermelada. Las pobres enfermeras lamia, con sus colas de serpiente deslizándose nerviosamente por el suelo de piedra, estaban al borde del colapso nervioso.

Una de ellas, una chica joven con escamas verde pálido, sostenía una bandeja con un caldo que olía bastante decente, pero para Krohonan aquello parecía ser un ataque personal.

Miró el tazón como si contuviera ácido.

—¿Qué es esta agua sucia? —gruñó, su voz vibrando en las paredes—. ¿Es que no hay carne? ¿Algo que sangre?

La lamia retrocedió, abrazando la bandeja contra su pecho.

—Mi... mi señor, el sanador dijo que su estómago aún está delicado y...

—¡Mi estómago digiere huesos! —bramó él, intentando incorporarse. Se tambaleó ridículamente y tuvo que apoyarse en el cabecero, lo que solo aumentó su furia—. ¡Saca esto de mi vista antes de que me coma el plato de cerámica!

Suspiré.

Me alejé del espejo y caminé hacia la pobre enfermera.

—A ver, deja de aterrorizarlas —sonreí, quitándole la bandeja a la chica, que me miró con ojos desorbitados, como si estuviera presenciando un suicidio en directo.

Me planté al lado de la cama.

—Milenka —advirtió, fulminándome con la mirada, con los ojos inyectados en una mezcla de dolor y rabia.

—Cállate y abre la boca —exigí, cargando la cuchara con una generosa cantidad de algo parecido a una verdura.

Se quedó paralizado. Creo que nadie le había hablado así en siglos, si es que alguna vez lo habían hecho.

—Milenka, no estoy para juegos...

—Si puedes digerir huesos, puedes soportar esto, grandísimo bebé.

Aproveché su momento de estupefacción para meterle la cuchara en la boca. Fue un movimiento directo, rudo y sin sutileza. ¡Cucharazo! digno de una madre.

Las enfermeras se quedaron petrificadas, seguramente esperando que mi cabeza rodara por el suelo en los próximos tres segundos. Pero, tras un silencio tenso, volvió a abrir la boca. Lo hizo con un odio visceral, mirando la pared como si quisiera prenderle fuego.

—Sabe a mierda —murmuró, derrotado.

—¿Cómo lo sabes? —cuestioné—. ¿Has comido mierda alguna vez?

En ese momento, algo frío y escamoso se deslizó por mi brazo. La serpiente negra, esa sombra viviente que siempre lo acompañaba, se enroscó en mi muñeca por primera vez. La temperatura del ambiente bajó diez grados de golpe.

Krohonan se tensó. Dejó de masticar. Sus ojos, antes humanos, se transformaron; las pupilas se contrajeron hasta convertirse en rendijas verticales.

Miré a la serpiente. Ella me miró a mí, sacando su pequeña lengua bífida. No parecía agresiva, solo curiosa. O quizás le gustaba mi calor corporal ahora que ya no estaba helada por la enfermedad.

—Si la muerdes... —empezó Krohonan, su voz volviéndose peligrosamente baja, amenazando a su propia criatura.

—Si me muerde, la muerdo yo —aseguré, sosteniéndoles la mirada a ambos.

La serpiente se quedó quieta, casi reconociendo el desafío, y luego se relajó. Krohonan soltó una carcajada seca, una sonrisa ladeada que me hizo dudar de si quería besarlo o darle un bofetón.

—Estás loca —bufó, pero ya no había ira.

Terminó la sopa (bajo mi estricta supervisión) y luego me miró de arriba abajo. Yo hice lo mismo. Recorrió mi cuerpo con la vista, deteniéndose en mi ropa andrajosa. Yo no tenía nada limpio que ponerme, nada que no estuviera manchado de la sangre y el barro de los días anteriores. Sus pupilas se dilataron, volviéndose dos rendijas que parecían leerme el alma... o algo más físico. No dijo nada, pero ese silencio pesaba más que todos sus gritos anteriores.

—No he tenido tiempo de bañarme —admití, tirando de un hilo suelto de mi manga.

Él no respondió. Se quitó la camisa negra de lino que llevaba puesta, dejando su torso vendado al descubierto, y me la lanzó. La prenda aterrizó en mi cara.

—Úsala.

Me la puse sobre mi ropa sucia (la cual me quité discretamente detrás de un biombo). La camisa me quedaba gigantesca. Las mangas me colgaban más allá de las manos y el bajo me llegaba casi a las rodillas. Parecía un vestido enorme y oscuro. Cuando salí de detrás del biombo, Krohonan me observaba. Su pupila se rasgó de nuevo, como la de un gato acechando a un pájaro. No dijo ni una palabra, pero el peso de su silencio se sintió físico, denso.

—¿Estarás bien si voy a mi habitación entonces? —Más que una pregunta, solo quería estar segura de que él estuviera de acuerdo con mi ausencia.

Asintió, cerró los ojos y volvió a descansar.

Salí de la enfermería decidida a llegar a mi habitación para buscar algo que me ajustara mejor. Al caminar por los pasillos de la fortaleza, noté algo raro. Los soldados —tipos que medían dos metros y tenían más cicatrices que sentimientos— bajaban la cabeza a mi paso. Se apartaban como si yo fuera la dueña del lugar. No me miraban a los ojos.




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