—El honor —dijo Nerón, levantando un dedo índice con una elegancia que me dio ganas de reír— es lo que separa al guerrero de la bestia, Milenka. La forma lo es todo. Observa esta elegancia.
La sesión de entrenamiento con Nerón fue, por decir lo menos, un choque cultural. Estábamos en uno de los patios traseros del cuartel.
—Nerón, si alguien me ataca, no me voy a poner a hacer pilates —repliqué, secándome la frente—. Voy a correr y a gritar.
—¿Pilares?
—Nooo, pila... agh. ¿Sabes qué? Olvídalo. Continuemos.
—¡Okay, atácame! —exigió, abriendo los brazos—. Intenta derribarme con todo lo que tengas. Sin contenerte.
Suspiré. Él lo pidió.
Me lancé hacia él. Nerón, por supuesto, esperaba un puñetazo torpe o una patada telegrafiada que podría haber desviado con un abanico de seda. Se preparó para bloquear con gracia. Lo que no esperaba era que yo frenara en seco a medio metro, gritara «¡Annalis!» señalando al cielo y, cuando él miró instintivamente hacia arriba, le metiera los dos dedos en los ojos.
—¡¡Ahhh!! —Nerón retrocedió, tapándose la cara con ambas manos y tropezando con sus propias colas—. ¡Milenka! ¡Mis ojos! ¡Maldita sea!
—Funciona, ¿no? —Me crucé de brazos, bastante orgullosa de mi técnica de «Piquete Humano de la Desesperación»—. Si fueras un asesino, ahora mismo estarías retorciéndote en el suelo mientras yo huyo.
—¡Eso es sucio! —lloriqueó, parpadeando furiosamente con los ojos llorosos—. ¡Es un truco humano barato! ¡No hay honor en dejar ciego a tu oponente con un dedo!
—El honor es para los muertos, zorrito. Los vivos usamos lo que tenemos a mano.
Él gruñó, frotándose los párpados, pero finalmente se dejó caer al suelo, dándose por vencido. Me senté a su lado, aprovechando el descanso. Nerón, a pesar de sus quejas, es básicamente un peluche gigante con complejo de guerrero. Sin pensarlo mucho, agarré una de sus colas —que son ridículamente suaves y esponjosas— y empecé a desenredar los nudos con los dedos, como quien peina a un gato consentido.
Nerón se tensó al principio, pero luego sus hombros bajaron. De repente, un sonido vibrante llenó el aire. Era un ronroneo bajo, profundo y casi imperceptible. Nerón se puso rígido, sus orejas de zorro se agacharon hasta casi desaparecer entre su cabello y sus mejillas se tiñeron de un rojo furioso.
—¿Acabas de... ronronear? —pregunté, aguantando la risa.
—No escuchaste eso —balbuceó, tratando de recuperar su dignidad sin éxito.
—Oh, definitivamente escuché eso.
—¡Soy un kitsune de alto rango! —protestó, aunque no se apartó de mi caricia—. Es... es un reflejo involuntario de relajación suprema.
Seguí peinándolo, sonriendo para mis adentros. Había un silencio cómodo entre nosotros. Nerón, a pesar de su dramatismo, era una buena compañía; me atrevería a decir que era mi mejor amigo en este mundo.
—Sabía que iba a pasar, ¿sabes? —dijo de repente, con la voz más suave.
—¿El qué? ¿Que te dejaría ciego?
—No. Lo de Krohonan. —Se giró un poco para mirarme—. Sabía que estaba perdido por ti desde que llegaste. La forma en que te miraba cuando creía que nadie lo veía... era obvio. Pero...
—¿Pero?
—Lo que no entiendo —me miró con genuina curiosidad, ladeando la cabeza— es cómo tú te llegaste a enamorar de él. Es decir... míralo. Es gruñón, sombrío, frío y malhumorado; probablemente come gente cuando se enfada y su idea de un regalo romántico es una cabeza decapitada. ¿Tú? Tú eres... vibrante. Ruidosa. Humana.
Solté una carcajada que resonó en el patio vacío.
—Supongo que tengo gustos culposos —dije, encogiéndome de hombros y tirando suavemente de un mechón de pelo blanco en la punta de su cola—. Es guapo, y es el típico chico que elegiría quemar el mundo por salvarme.
Nerón pareció meditar mi respuesta, satisfecho. El tema cambió, fluyendo hacia los eventos recientes, esos que aún me daban pesadillas.
—¿Tú también peleaste con ellas? —preguntó, y su tono se volvió serio. Sabía que se refería a las sirenas.
—No mucho. Traté de no morir, más que nada —admití.
—Yo me acuerdo cuando atacaron tu habitación —continuó él, animándose al recordar la batalla—. Annalis entró como una ráfaga de viento; con su bastón empezó a luchar con la sirena mientras yo intentaba controlar las llamas hasta quemarla viva.
Asentí, escuchando la historia a medias.
—Sí, ya lo sé de memoria —rodé los ojos, divertida por su necesidad de protagonismo—. Lo repites todo el rato, Nerón. Parece que fue tu gran momento de gloria.
Espera. Algo en mi cerebro hizo clic. Un pensamiento frío se abrió paso entre mis recuerdos. Rebobiné. Las sirenas. Krohonan, lanzando fuego contra ellas y viendo cómo las llamas resbalaban sobre su piel como si fuera aceite. Recordé su frustración porque no ardían tan rápido.
—Nerón... —solté su cola—. ¿Cómo hicieron para quemarla?
Nerón parpadeó, confundido por mi repentina seriedad.
—¿Eh? Pues... con fuego. —Se rascó la nuca.
—No —insistí, frunciendo el ceño—. Krohonan tardó en quemarlas. Sus escamas resistían el calor. Incluso el agua hirviendo apenas las molestaba. ¿Cómo pudiste quemar tú a una sirena dentro de una habitación?
Nerón abrió la boca, la cerró y luego miró hacia un lado, rascándose la nuca con incomodidad.
—Bueno... en realidad, técnicamente... lo hizo Anna.
—¿Annalis?
—Sí. Verás... —hizo una mueca—. Me pegué la cabeza contra una estantería cuando la sirena me golpeó. Perdí la noción de la batalla unos segundos, pero cuando abrí los ojos, la maldita cosa ya se estaba retorciendo en el suelo, consumiéndose en llamas.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.
—Entonces... ¿Annalis sabe cómo quemarlas?
Nerón, recuperando su energía habitual (y olvidando su vergüenza), dio un salto. Sus colas se agitaron con entusiasmo.
—Habría que preguntarle... —sugirió—. ¡Habría que ir a verla!
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Editado: 28.01.2026