En una de las salas privadas, Annalis revisaba unos pergaminos mientras Milenka la observaba. La atmósfera era apacible, lejos de la tensión de los días anteriores. La decisión estaba tomada y, por primera vez en mucho tiempo, Milenka sentía que el suelo bajo sus pies no estaba a punto de desmoronarse.
Annalis la escuchó con una calma imperturbable, sentada tras su escritorio de cristal tornasolado y con las manos entrelazadas.
—Se ha hecho oficial, Milenka —comenzó Annalis, alzando la vista con una expresión serena y una voz suave que no delataba sorpresa, sino una aceptación cortés—. Dado que has decidido permanecer en Apricon, hemos cancelado las partidas de búsqueda que intentaban encontrar una vía de retorno inmediata a tu mundo. Sin embargo, la búsqueda del hipocampo sigue en pie; es una anomalía que no podemos ignorar.
Milenka asintió, sintiendo el peso de su propia elección. Ya no era una náufraga esperando el rescate, sino una residente.
—Entiendo —respondió Milenka, tratando de sonar más segura de lo que se sentía.
—Me alegra tu determinación —se burló Annalis de su vibrato de voz.
—Sí. Y... bueno, a partir de la semana que viene me mudaré con... Krohonan —añadió Milenka, esperando alguna señal de desaprobación o advertencia.
En su lugar, una pequeña sonrisa curvó los labios de la arpía.
—Debo admitir que en todos los años que llevo conociéndolo, jamás vi a Krohonan congeniar con nadie de esta manera. Es un ser de naturaleza fría y solitaria, pero esa misma frialdad lo hace estrictamente monógamo y leal. Una vez que eligen, no hay vuelta atrás. Les deseo lo mejor en esta nueva etapa.
Milenka soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. La calidez en las palabras de Annalis la animó a pedir lo que realmente había ido a buscar.
—Ya que me quedaré en Apricon, no quiero ser una carga —dijo Milenka con firmeza, inclinándose hacia adelante—. Quiero ser útil. Necesito que me enseñes. Botánica, alquimia, la ciencia que se practique aquí. Lo que sea.
Annalis la miró con cierta duda, evaluando la complexión delgada de la joven.
—¿Ciencia? No estoy segura de si...
—En mi mundo era muy buena en química —la interrumpió Milenka con entusiasmo—. Mezclas, reacciones, tabla periódica. Puedo aprender rápido. Los principios básicos de las reacciones no pueden ser tan distintos, ¿verdad?
Annalis la observó con curiosidad, probablemente sin entender qué era una "tabla periódica", pero al ver el brillo decidido en los ojos de Milenka, accedió, más por complacer el ímpetu de la joven que por convicción.
Milenka, impulsiva y alegre, rodeó el escritorio y le dio un abrazo rápido a Annalis. La arpía se tensó un segundo antes de relajar los hombros, aceptando el gesto. Milenka pensó en lo mucho que había cambiado su percepción de ella; la mujer intimidante y distante que la recibió al llegar a este mundo ahora se sentía más cercana, casi como una amiga o una mentora.
Siguiendo las indicaciones de Annalis, Milenka se dirigió hacia la sala de pociones. A medida que avanzaba por el pasillo de piedra, sus sentidos fueron asaltados por una mezcla embriagadora de aromas: la dulzura de flores exóticas mezclada con el olor punzante de metales oxidados.
De repente, una maldición resonó al fondo de la sala y un líquido blanco y espeso comenzó a escurrirse por debajo de una puerta entreabierta. Milenka se asomó con curiosidad y se quedó petrificada. Allí, entre frascos y vapores, se encontraba un hombre con orejas puntiagudas y varias colas de zorro que se movían con agitación.
—¿Nerón? —preguntó, incrédula.
El kitsune se dio la vuelta bruscamente, luciendo una mezcla de sorpresa y culpabilidad.
—¿Milenka? —Sus orejas se levantaron—. ¿Qué haces aquí?
—Yo... yo... ¿tú qué haces aquí? —tartamudeó ella, señalando el desastre en el suelo.
—Aquí trabajo —respondió él con naturalidad, quitándose la careta de protección y dejándola sobre una mesa llena de caos.
—¡¿TRABAJAS?! —exclamó Milenka, su voz subiendo de tono por la sorpresa—. Disculpa... ¿Trabajas?
Nerón soltó una risa cantarina. No parecía ofendido en lo absoluto; al contrario, la incredulidad de ella parecía divertirle.
—¡Sí, saco de huesos y órganos! Trabajo —extendió los brazos como presentando su reino—. No soy solo la cara bonita de este cuartel, aunque admito que es una gran responsabilidad serlo. Así como tu noviecito se encarga de la defensa y de gruñirle a las paredes, yo soy el... ¿científico loco? ¿Así le llaman los humanos?
Milenka asintió lentamente, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras su cerebro procesaba la información. Su lengua parecía haber olvidado cómo gesticular. O sea... quiero decir... ¿Nerón es un genio?
—Quiero pensar que viniste a proponerme algo indecente —dijo Nerón, apoyando la cadera en la mesa y sonriendo con picardía—, pero temo acabar rostizado por el basilisco si se entera.
—Jajaja, no. He venido a pedirte algo mucho peor —respondió Milenka, recuperando su tono sarcástico—. Quiero que me enseñes. Ser tu estudiante, tu alumna, tu pupila. Todo.
Los ojos de Nerón brillaron, pero no con sabiduría, sino con una chispa maníaca.
—¡Llegaste en el momento correcto! —exclamó él, con sus colas agitándose con entusiasmo—. Necesito un sujeto de prueba. ¡Ven!
—¿Un qué?
Milenka no llegó a procesar la frase cuando él ya la había tomado de la mano y arrastrado frente a una mesa llena de botellas y sustancias humeantes. Con movimientos rápidos, Nerón se volvió a colocar su careta y le encasquetó a ella unos lentes de protección que le golpearon el puente de la nariz sin ningún cuidado.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó ella, ajustándose las gafas torcidas.
—Un repelente contra el fuego —dijo él, concentrado en verter el líquido blanquecino sobre un mechero encendido—. Quién sabe, quizás el éxito de esto me lleve a elaborar un condón.
#1349 en Fantasía
#4924 en Novela romántica
romance fantasia magia, secretos dolor drama pasion, aventura comedia amistad
Editado: 28.01.2026