Desde una de las galerías superiores, Annalis observaba el bullicio del patio con una serenidad que ocultaba una mente en constante movimiento. Su expresión era ilegible, pero su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Su mirada no se apartaba de Milenka.
Para la jefa del cuartel, la presencia de la humana no era solo un cambio de rutina; era una alteración en el delicado equilibrio de Apricon. Era innegable.
Annalis pensaba en Krohonan. El Basilisco siempre había sido una fuerza de la naturaleza: letal, predecible en su frialdad y absolutamente inhumano; controlado por la pura realidad de ser el único en su especie.
Pero ahora, bajo la influencia de Milenka, Krohonan se estaba volviendo algo más... humano. Y para Annalis, un guerrero que empieza a sentir es un guerrero con grietas. Esa vulnerabilidad la emocionaba a un grado inquietante. En la guerra que se avecinaba, los sentimientos eran variables que no podía controlar, y eso convertía a Milenka en un factor importante para sus propios planes.
Abajo, el ruido de una disputa la sacó de sus pensamientos. Annalis vio a Milenka cruzar el patio con una bandeja de comida y no dudó en interceptarla, aterrizando detrás de ella.
—Milenka, ¿podrías ir a hablar con Krohonan, por favor? —pidió Annalis con su habitual tono afable y neutral.
—¿Por?
Ambas miraron hacia la dirección del alboroto. En el extremo del comedor abierto, Krohonan tenía las alas negras parcialmente desplegadas, proyectando una sombra amenazante sobre un Garuda. El híbrido, mitad hombre y mitad águila, tenía el plumaje erizado y las garras tensas sobre la mesa. En la mitología humana del sur de Asia, las águilas y las serpientes eran enemigos naturales, y esa enemistad ancestral parecía estar a punto de destruir el mobiliario.
Milenka suspiró, mirando a Annalis con los ojos entrecerrados.
—Me lo estás pidiendo mucho últimamente, Annalis —dijo, acomodando la bandeja en su cadera—. ¿Acaso me estás utilizando?
—Sí —respondió Annalis con simpleza.
—Ah, ok. Eso creí —Milenka soltó una risa seca, apreciando al menos la honestidad.
—No quiero arriesgar mis plumas intentando calmarlo —explicó Annalis—. Nerón le tiene pánico a que lo vuelva a quemar, y Valian... bueno, Valian simplemente se niega a acercarse a Krohonan cuando está de ese humor.
Aceptando su rol de "domadora oficial", Milenka caminó hacia la mesa del conflicto. La serpiente negra que siempre acompañaba a Krohonan siseó, abriendo la boca para mostrar sus colmillos, pero Milenka no se inmutó. Puso una mano sobre su hombro rígido, un toque ligero pero cargado de intención, y se sentó a su lado con naturalidad, ignorando al Garuda aterrorizado. El efecto fue inmediato: la postura de Krohonan se relajó levemente y se dejó guiar para sentarse de nuevo en el banco.
La serpiente negra, al notar la presencia familiar, dejó de sisear al enemigo y se deslizó hasta enroscarse perezosamente alrededor del brazo de Milenka.
Un silbido burlón sonó desde el otro lado de la mesa.
—¿Eso también es parte del paquete? —se rio Nerón, agitando sus colas con deleite mientras observaba la escena.
—Creo que sí —respondió Milenka, acariciando la cabeza escamosa del reptil.
Nerón, que disfrutaba provocando a Krohonan más que cualquier otra cosa en el mundo, decidió subir la apuesta. Se cambió de puesto, sentándose demasiado cerca de Milenka, invadiendo su espacio personal a propósito.
—Estás muy guapa hoy, Milenka. Ese brillo de "sobreviviente" te sienta bien —dijo Nerón, pasando un brazo por los hombros de ella mientras miraba a Krohonan de reojo.
Krohonan ni siquiera se molestó en mirarlo, pero su voz salió como un trueno contenido:
—Quita tu brazo.
—Como digas —provocó Nerón, ensanchando su sonrisa zorruna.
Una chispa crepitó entre los dedos de Krohonan. Nerón, captando que la broma estaba a punto de convertirse en una urgencia médica, retiró las manos de inmediato, alzándolas en señal de rendición.
Sin embargo, mientras retiraba las manos, una de sus colas esponjosas se movió por debajo de la mesa y rodeó la cintura de Milenka en un abrazo suave y peludo.
Milenka sintió la cosquilla y, al ver la cara de indignación contenida de Krohonan ante la audacia del zorro, no pudo aguantarse la risa.
Más tarde, mientras Milenka regresaba de una de sus lecciones con Nerón, se encontró con un rostro nuevo. Un guardia joven, de perfil afilado y facciones casi humanas, la observaba con curiosidad. Tenía los brazos cubiertos de plumas de un verde esmeralda vibrante que brillaban bajo la luz.
—Hola —dijo el guardia, apoyándose en la pared con una sonrisa ensayada—. Me llamo Zalcó.
—Hola —respondió ella, deteniéndose por cortesía—. ¿Y qué eres, Zalcó?
Milenka lo observó con curiosidad. En su mente, la comparación fue inevitable y un tanto cómica: Parece un guacamayo gigante.
—Soy un Quetzalcóatl —respondió él con orgullo, hinchando el pecho.
—¿Qué-tal-el-cual? —soltó Milenka, frunciendo el ceño.
Zalcó soltó una carcajada, encantado.
—Quet-zal-có-atl —repitió.
—Cuetalcól —repitió ella, asintiendo con seguridad, aunque la pronunciación había quedado a kilómetros de la original.
El guardia se rio de nuevo, no con burla, sino cautivado por la ingenuidad y el encanto humano de la chica. Se inclinó un poco hacia ella, dispuesto a corregirla o quizás a invitarla a dar un paseo, cuando una sombra se proyectó sobre ambos.
Krohonan apareció detrás de Zalcó. No hizo ruido al llegar, pero su presencia llenó el pasillo como una nube de tormenta.
—¿Te estaba diciendo algo interesante? —pregó Krohonan, su voz gélida dirigida directamente al guardia.
Zalcó se puso pálido, enderezándose de golpe y clavando la vista en el suelo.
—N-no, señor. Solo nos saludábamos —tartamudeó Zalcó, retrocediendo un paso.
—Perfecto —cortó Krohonan. Ni siquiera miró al guardia; sus ojos estaban fijos en Milenka—. ¿Vamos, cielito?
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Editado: 28.01.2026