El portal a Apricon.

32

La biblioteca de la fortaleza olía a tiempo estancado, a cuero viejo y a polvo. Era un lugar inmenso, laberíntico, donde Valian parecía estar en su elemento natural, moviéndose entre estanterías como un niño en una dulcería, mientras Krohonan caminaba detrás de nosotros con la paciencia de un volcán a punto de estallar.

—Aquí está — indicó Valian, sacando un volumen enorme del estante.

El libro cayó sobre la mesa con un golpe sordo. El cuero de la tapa estaba cuarteado, y el símbolo grabado en oro casi se había borrado con los siglos. El título estaba en una lengua que, curiosamente, empecé a entender: Compendio de criaturas.

Abrimos el libro y las páginas crujieron como hojas secas.

—Mira, Nerón tiene su propia sección —dije, señalando una ilustración de un zorro con más colas que él. El dibujo era elegante, casi tan bonito y cálido como él—. "Kitsune: astutos, vanidosos y con una preocupante tendencia al exhibicionismo emocional". Sí, suena a él.

Luego pasamos a una lámina detallada de los Kappas, y Valian sonrió con vergüenza al ver la descripción de su linaje.

—La anatomía es desactualizada a esta época, y quien lo dibujó fue un poco exagerado con el tamaño del caparazón —comentó con su habitual tono académico.

Entonces llegamos a Basilisco.

Krohonan detuvo mi mano antes de que pudiera leer la primera línea. Su piel estaba fría, pero sus ojos ardían.

—No —dijo, seco.

—Krohonan, solo tengo curiosidad... —empecé a decir—. ¡Vamos!

Sin previo aviso, agarró la página por el borde. Con un sonido rasgado que hizo eco en el silencio de la sala, arrancó la hoja de cuajo. Una pequeña llama brotó de su palma y, en segundos, la historia de su especie se convirtió en ceniza gris sobre la madera.

—¡Bárbaro! —gritó Valian, escandalizado, llevándose las manos a la cabeza, horrorizado—. ¡Eso es un libro milenario, un ejemplar único! ¡Es patrimonio histórico! ¡No puedes simplemente...!

—Acabo de hacerlo —lo cortó él, sacudiéndose las cenizas de la mano con indiferencia—. Sigan buscando.

Valian parecía a punto de llorar sobre los restos carbonizados, así que decidí avanzar rápido para evitar un homicidio. Pasé las páginas, nerviosa, hasta llegar a las Arpías.

La ilustración era curiosa, un poco, pero la descripción me sacó una sonrisa involuntaria.

"...Sangre roja, temperamento volátil, atracción por los objetos brillantes y tendencia a graznar cuando se les contradice".

—Me recuerda a Annalis cuando pierde los estribos —bromeé en voz baja, intentando aligerar el ambiente.

Nadie se rio. Pasé la página.

Y ahí estaba. Sirenas.

Mis dedos recorrieron el texto y, a medida que leía, la sonrisa se me borró del rostro. El aire en mis pulmones se volvió pesado, denso.

"... adaptan al entorno. camuflaje. Imitación. Su voz encanta e hipnotiza, reescribiendo la memoria de la presa para ocultar la sustitución..."

Reescribiendo la memoria.

Me quedé paralizada. Sentí un vacío helado en el estómago. Sentí que la presión arterial se me iba a los pies. El color abandonando mi rostro.

—¿Milenka, estas bien? —La voz de Krohonan sonó lejana, distorsionada.

No respondí. Me levanté con las piernas temblorosas y salí de la biblioteca antes de que pudieran detenerme. Caminé rápido, casi corriendo. Krohonan intentó seguirme, insistiendo en que le ayudara a recoger.

Mis pasos resonaban en el pasillo de piedra, pero yo no escuchaba nada. No veía a los guardias que me saludaban.

Sustitución.

No veía las antorchas, ni las alfombras. Solo veía una verdad horrible formándose en mi cabeza como un rompecabezas.

—¡Oye, Milenka! ¿A dónde vas?

Nerón se me atravesó en el camino, apareciendo de la nada con esa sonrisa despreocupada de siempre. Me detuve en seco, casi chocando con él. Me miró, y su sonrisa vaciló.

—¡Uf! Tienes una cara... —intentó burlarse, moviendo sus orejas—. Pareces enferma, o como si hubieras visto un fantasma. ¿Krohonan te mordió?

Me detuve en seco. Lo agarré de la solapa de su túnica. Mis manos temblaban.

—Nerón... Dijiste que habías perdido la conciencia en la batalla —balbuceé, sintiendo que el suelo se inclinaba.

—¿Sí...? Pero solo por unos segundos.

—¿Y luego? —apremié.

—¿Cómo que y luego? —Abrió los brazos, gesticulando—. Annalis entró como una ráfaga de viento; con su bastón empezó a luchar con la sirena, mientras yo intentaba controlar las llamas hasta quemarla viva.

Sentí un escalofrío. Eran las mismas palabras. La misma entonación. Como un disco rayado.

—Nerón... —le apreté más la túnica—. ¿Cómo exactamente la mató?

Él frunció el ceño, y por primera vez, vi una grieta en su seguridad. Sus ojos vagaron por el pasillo, buscando un recuerdo que no estaba allí.

—Te lo acabo de decir —frunció el ceño—. Annalis entró como una ráfaga de viento; con su bastón empezó —repitió, más lento—... a luchar...

Lo solté, retrocediendo un paso. Lo miré aterrada, y él, pareció darse cuenta de algo. Sus orejas de zorro se agacharon, un sudor empezaba a perlar su frente dándose cuenta de que su propia confusión empezó a agrietar.

—¿Estoy... estoy repitiendo lo mismo?

—Nerón... —mi voz era apenas un susurro—, no creo que Annalis haya ganado esa pelea.

El mundo se paralizó. El pasillo se quedó en silencio absoluto. Nerón se llevó una mano a la sien.

—Pero... yo estuve ahí —intentó justificarse, pero su voz temblaba—. Yo la vi. Annalis... ella...

Su rostro se contrajo. El hechizo, la sugestión, o lo que fuera que le hubieran implantado, estaba luchando contra la lógica.

—No... —susurró Nerón, y sus pupilas se dilataron por el horror—. Yo la escuché gritar.

Se quedó helado, procesando la realidad. La comprensión le cayó encima como un balde de agua helada: estaba procesando quién estaba dentro de esa forma en el ala de invitados y quién ya no estaba con nosotros.




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