Esperaba un grito. Esperaba que cayera al suelo, exhalando su último aliento mientras la vida se le escapaba por la herida. Esperaba justicia.
Pero el cuerpo frente a mí no se desplomó. No hubo un suspiro de muerte ni ese brillo de sorpresa final que uno esperaría ver en los ojos de alguien que acaba de ser apuñalado. En su lugar, el silencio de la sala fue desgarrado por una risa que me heló la médula.
No era la risa de Annalis. Era un sonido distorsionado, una frecuencia que oscilaba entre un tono dulce y un chirrido acuático, metálico y sucio. Bajó la mirada hacia su abdomen con una curiosidad clínica, casi aburrida.
—Vaya... —dijo, torciendo el cuello con un crujido.
Bajé la vista. La sangre azul que manchaba su túnica empezó a retraerse hacia la herida, reptando contra la gravedad, metiéndose de nuevo bajo la piel como si tuviera voluntad propia. Entonces, la imagen empezó a fallar.
La máscara cayó, literalmente. La piel emplumada de Annalis, su cabello verde y su mirada se derritieron ante mis ojos como la cera de una vela expuesta al fuego. La carne se escurrió, revelando una piel grisácea, húmeda y escamosa debajo.
Era ella. La reconocí al instante y la bilis me subió a la garganta. La misma mujer que me había atacado en mi habitación. La misma que había torturado y matado a la verdadera; la misma que nos engañó a todos.
—¿Qué me delató? —su cinismo me hizo hervir la sangre.
Me quedé paralizada por un segundo, temblando de pura ira.
—Olvídalo —continuó, restándole importancia con un gesto de su mano palmeada—. De todas formas, no podrás contarle esto a nadie.
El miedo intentó paralizarme, pero el odio fue más rápido. Recordé el cuerpo incendiándose, los gritos que Nerón creía recordar y que yo ahora sabía que eran reales. Ella podía atacarme. Podía hipnotizarme, borrarme la memoria o hacer que me clavara la daga yo misma. Podía matarme en un parpadeo. Pero en ese momento, el miedo se evaporó, incinerado por una furia volcánica.
Arremetí de nuevo. La daga buscó su pecho, pero ella se movió con agilidad, con una fluidez líquida, esquivando el golpe con una facilidad insultante. Sin embargo, mi rabia fue más veloz que sus reflejos: logré girar la muñeca y el filo trazó un arco profundo en su brazo.
Sangre azul brotó de nuevo.
—¡Maldita humana! —bramó, sosteniéndose el corte mientras sus ojos, ahora completamente negros y vacíos, se clavaban en mí—. ¡Debiste haber muerto esa noche!
Retrocedí, jadeando, manteniendo la daga en alto.
—¿Para qué? ¿Para que robaras mi identidad también? —La sola idea de ella usando mi voz para engañar a Krohonan me revolvió el estómago. ¿Qué hubiera pasado si eso hubiera ocurrido?—. ¿Por qué no lo hiciste? —cuestioné, necesitando entender, necesitando ganar tiempo mientras mi cerebro buscaba una salida.
Yo estaba dormida, inconsciente, completamente indefensa y, en vez de acabar conmigo, prefirió iniciar el fuego. Ella soltó una carcajada y su voz empezó a cambiar, mezclando ecos de otras personas.
—Krohonan debía estar en la habitación —confesó, rodeándome con pasos lentos, casi deslizándose—. No ese zorro estúpido. Mi objetivo era el Basilisco.
—Ibas por él...
—Todas vamos por él —confirmó con una sonrisa llena de dientes afilados—. Y este ridículo plan me llevó más tiempo.
Sentí un sabor amargo en la boca. Quería que se callara. Quería que muriera. Apreté el mango de la daga hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
—Lograste engañarnos —dije, tratando de mantener la voz firme—. Estuviste aquí todo el tiempo, durmiendo bajo nuestro techo. ¿Por qué no atacaste?
La sirena soltó una carcajada que resonó en las paredes, una risa de sincera diversión.
—Porque no soy tan estúpida como tú. ¿Crees que es fácil idear un ataque contra Krohonan? Te envié al bosque para que murieras, y él te siguió. Lo que no entiendo es: ¿cómo sobreviviste?
Se detuvo frente a mí, a una distancia segura, mirándome con asco. En mi mente, un nombre me abrazó como un manto protector: Xal. Pero no iba a darle el gusto de saberlo.
—Eres una humana débil, escuálida... ni siquiera eres tan bonita —continuó ella, tratando de socavar mi voluntad, acercándose cada vez más—. De seguro ni a la gente de tu mundo le importabas. Probablemente se alegraron de que desaparecieras.
Algo dentro de mí se endureció. Me dolió, pero no de la forma que ella quería. Pensé en mi familia. En cómo, a pesar de que yo era básicamente una bomba de tiempo con una enfermedad terminal, movieron cielo y tierra para que yo fuera feliz. Gastaron lo que no tenían para que yo viviera mis sueños antes de que se apagara la luz.
—Te equivocas —le dije, con una voz que sonaba más firme de lo que me sentía—. Mi familia me ama.
—Lo dudo —se rio, burlona—. Eres molesta, gritona, exagerada y patética. Mírate, temblando con un cuchillito de cocina.
Apreté la daga. No iba a llorar. No le daría el gusto.
—No te creas la protagonista de esta historia —musitó—. Si el hipocampo se apareció fue por error, y tal vez su intención era matarte con esa patada, pero no lo logró.
Estaba a punto de lanzarme sobre ella de nuevo, dispuesta a cortarle esa lengua mentirosa, cuando el aire en la habitación cambió.
¡CRACK!
La puerta de madera maciza saltó en pedazos, astillada por una fuerza bruta que hizo vibrar las paredes. Krohonan estaba allí, su presencia llenando la estancia como una tormenta negra. Sus ojos no eran los de un hombre; eran los de un monstruo que acaba de encontrar a su presa.
La sirena palideció. Su sombra, proyectada en la pared por la luz de las velas, empezó a retorcerse de forma independiente a su cuerpo, revelando una forma monstruosa y alargada. Antes de que Krohonan pudiera alcanzarla, ella abrió la boca de forma antinatural.
No fue un grito. Fue un estallido agudo.
Antes de que el dolor pudiera taladrarme el cráneo, Krohonan ya estaba ahí. Se movió más rápido de lo que mi vista podía seguir. En un parpadeo, estaba frente a mí, de espaldas a la bestia, y sus manos grandes y callosas cubrieron mis oídos con firmeza, sellando el mundo exterior y protegiéndome del ataque sónico mientras su propio cuerpo absorbía el sonido.
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Editado: 28.01.2026