El portal a Apricon.

34

Las manos de Krohonan cubrieron mis oídos con una presión hermética. El mundo se volvió sordo de golpe; un vacío silencioso donde solo existía el latido frenético de mi propio corazón martilleando contra mis costillas.

Vi a la sirena abrir la boca, su garganta vibrando con ese alarido que no podía escuchar, pero que sentí en los huesos como si una onda expansiva me atravesara el pecho. Krohonan se tensó contra mi espalda, absorbiendo el impacto sónico para protegerme. Entonces, una ráfaga de viento violenta nos azotó.

Cuando abrí los ojos, el escenario había cambiado. Nerón estaba encima de la sirena. Tres colas nuevas habían brotado de su espalda, agitándose con una furia salvaje: sumaba cinco en total. Sus colmillos estaban al descubierto y una de sus manos apretaba el cuello de la criatura mientras la otra, convertida en un puño de fuego crepitante, se preparaba para incinerarla.

Iba a matarla.

Iba a acabar con esto.

Pero entonces vi los labios de la sirena moverse. No fue un movimiento de asfixia o dolor, sino una sonrisa suave, casi maternal. Aparté las manos de Krohonan de golpe, rompiendo el sello de protección. Tenía que saber qué estaba diciendo. Tenía que evitar que ella terminara de hablar.

—Oh, zorrito... —la voz que salió de esa boca era la de Annalis, dulce y cargada de un cariño falso—. ¿Por qué tardaste tanto?

—¡No la escuches! —grité, desgarrándome la garganta.

Intenté correr hacia él para romper la distancia y sacudirlo, pero el brazo de Krohonan me detuvo, sujetándome por la cintura con fuerza contra su pecho.

—¡La mataste! —rugió Nerón. Su voz estaba quebrada, no por la furia, sino por un dolor insoportable. Lágrimas gruesas caían por su rostro, humedeciendo el pelaje de sus mejillas.

—Nooo... —la sirena levantó una mano temblorosa y acarició el brazo que la asfixiaba con una ternura que me revolvió el estómago—. Yo no fui, mi amor. Ella lo hizo.

Su dedo índice, largo y grisáceo, giró lentamente hasta señalarme. Mi corazón dio un vuelco. La perra me estaba usando para terminar de romper la mente de Nerón.

—¡No! —insistí, forcejeando con desesperación—. ¡Miente, Nerón! ¡Es una trampa!

Logré zafarme del agarre de Krohonan y corrí hacia ellos. Me detuve en seco al ver que la mano de Nerón se aflojaba. El puño de fuego se apagó lentamente, dejando solo humo. Liberó el cuello de la mujer. La soltó.

Escuché el sonido de las alas de Krohonan desplegándose por completo, ocupando todo el espacio, preparándose para lo peor.

—¿Ne... Nerón? —lo llamé con voz pequeña.

El Kitsune se levantó lentamente. Sus cinco colas se movían de forma hipnótica, independientes, como tentáculos. No levantaba la cabeza.

—¿Qué le hiciste? —balbuceé, retrocediendo un paso mientras sentía un nudo de terror en la garganta.

La sirena se incorporó detrás de él, usando su cuerpo como escudo.

—Él protege a la persona que ama —se jactó, poniéndose de pie con una elegancia insultante y escondiéndose tras la espalda de Nerón—. A. Mí.

Nerón levantó la vista. No tuve tiempo de gritar. Antes de que me diera cuenta, Krohonan me embistió lateralmente, sacándome del camino con una fuerza brutal. Rodamos por el suelo justo cuando una bola de fuego explotó en el sitio donde yo había estado parada un segundo antes, carbonizando el suelo. Me incorporé tosiendo por el humo y miré a Nerón. Su mano aún humeaba.

—Lo perdimos —dijo Krohonan a mi lado. Su voz sonó grave, tensa, y por primera vez detecté un atisbo de miedo que no logró ocultar—. Nerón está idiotizado.

Ver a su mejor amigo convertido en un arma en su contra lo estaba matando por dentro.

—¡Tenemos que matarla! —la voz me temblaba, más por la realidad de la situación que por el frío. Pero para llegar a ella, teníamos que pasar sobre él. Y Nerón no se iba a dejar.

—¡Oh, Milenkaaa! —la voz cantarina me llamó.

La sirena se asomó por detrás del hombro de Nerón, burlona. Fue entonces cuando vi el rostro del zorro con claridad: sus ojos ya no eran color ámbar, ni siquiera humanos. Eran dos pozos de negrura absoluta, vacíos, sin alma. Estaba poseído.

—No la escuches —advirtió Krohonan, poniéndose de pie y colocándose entre Nerón y yo.

Pero ya era tarde. El sonido que escuchaba no venía de la habitación. A lo lejos, sentí que me llamaban. No era el tono de Annalis, ni el gruñido de Nerón, ni la voz profunda de Krohonan.

Por favor, despierta... —era un susurro, una súplica cargada de angustia.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Vladimir?

Mi mente dio un salto violento. Las paredes de piedra se volvieron blancas, asépticas. El olor a ozono y sangre cambió por el de desinfectante y medicamentos. Por un instante, el frío de Rusia me golpeó la cara; luego el olor de los cruasanes en París; el campamento de verano...

Te extraño... prometo ya no burlarme de ti —la voz de Nikolay resonó en mi oído derecho; sonó tan real que busqué su rostro entre las sombras de la sala—. Solo abre los ojos.

Sabía que era mentira. Sabía que Nikolay jamás diría algo tan cursi sin una cámara delante, pero el anhelo del hogar era una herida abierta que la sirena estaba hurgando. Sabía que estaba en Apricon, en medio de una batalla a muerte, pero se escuchaba tan real, tan dolorosamente posible, que mis rodillas flaquearon.

¿Y si todo esto era el sueño? ¿Y si ellos me esperaban?

—¡Milenka!

Un grito y un zarandeo brusco me sacaron del trance. Krohonan me sacudió por los hombros, con sus ojos clavados en los míos, llenos de urgencia. Parpadeé. Nerón, bajo la manipulación de la sirena, empezó a atacar a diestra y siniestra. Era un torbellino de garras y fuego. Krohonan se vio obligado a luchar contra su mejor amigo, conteniéndose, recibiendo golpes que sé que podría haber evitado si no tuviera miedo de lastimarlo de gravedad.

Vi a la sirena al fondo, sonriendo. La rabia me inundó de nuevo. Agarré la silla de madera más cercana y, con un grito de frustración, se la lancé con todas mis fuerzas. La silla se hizo añicos contra la pared, cerca de ella, pero sirvió para que dejara de sonreír.




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