El portal a Apricon.

35

La daga se hundió en algún lugar que no quise mirar. Al mismo tiempo, escuché un quejido sordo. Volteé la cabeza y vi a Krohonan en el suelo, de rodillas, con una expresión de agonía pura grabada en el rostro mientras se sujetaba el costado.

Me quedé allí, congelada, con la mano ensangrentada y el corazón hecho pedazos, dándome cuenta de que la sirena seguía riéndose de nosotros.

—No... —susurré, y el horror me robó el aire.

Nerón me empujó hacia atrás, haciéndome caer al suelo. Él se quedó allí, jadeando, con la mirada perdida, actuando como un escudo humano para el monstruo que lo controlaba. Miré a mi alrededor buscando ayuda. Krohonan estaba al otro lado de la habitación, apoyado sobre una rodilla, con una mano apretándose el costado; su rostro estaba contraído en una mueca de dolor que jamás le había visto.

—Proteger... a Annalis —masculló Nerón con una voz que no era la suya, mecánica y rota.

—¡Ella no es Annalis!

La negrura de sus ojos pareció vacilar.

—¿Milenka...? —balbuceó.

—Sí, soy yo. Por favor, zorrito...

—¡Mátala! —ordenó la sirena, cortando el momento de lucidez con un chillido agudo—. ¡Es la enemiga! ¡Quiere lastimarnos!

La expresión de Nerón se endureció de nuevo.

—¡Nerón, mírame! —grité desde el suelo, estirando una mano hacia él—. ¡Soy yo! ¡Milenka!

Él ladeó la cabeza. La negrura en sus ojos se profundizó.

—Por favor, zorrito. No dejes que ella gane.

Intenté hablarle, hacerlo entrar en razón, buscar una chispa de mi amigo en ese cascarón vacío. Pero no hubo nada. Ni un parpadeo, ni una duda.

—¡Reacciona, maldita sea!

Nerón se agachó con la velocidad de un rayo, me arrebató la daga de la mano y, con esa misma rapidez quirúrgica que yo tanto le había admirado, trazó una línea en mi garganta.

Me quedé inmóvil. No hubo dolor inmediato, solo una sorpresa gélida. Llevé las manos a mi cuello, sintiendo cómo la piel se abría, cómo el aire intentaba escapar por donde no debía. La sangre brotaba a borbotones, caliente y espesa, empapando mi camisa, mis dedos, el suelo. Intenté respirar, pero solo produje un gorgoteo ahogado.

Mi mirada se conectó con la de él una última vez. Krohonan me miraba con un terror que superaba su propia agonía. Intenté decir su nombre, pero solo salió un burbujeo escarlata. Mis piernas dejaron de responder y el mundo empezó a inclinarse. Caí de rodillas y, luego, de costado. Mi visión, nublándose rápidamente, se encontró con la de Krohonan al otro lado de la sala.

—¡MILENKA!

El grito no fue humano. Fue una onda expansiva de poder puro, tan potente que los cristales de las ventanas de la sala de reuniones estallaron en mil pedazos. Los vidrios llovieron como diamantes letales. Su velocidad rompió la barrera del sonido, resonando como un disparo de cañón. En un parpadeo, una sombra negra cruzó la habitación, lanzó a Nerón contra la pared de piedra con una fuerza que hizo crujir el edificio entero y me atrapó antes de que mi cabeza golpeara el suelo.

—¡No, no, NO! —suplicó. Sus manos sostenían mi rostro con una delicadeza desgarradora—. Quédate conmigo.

Mi boca se llenó de sangre y tuve que escupirla para intentar inhalar un poco de aire, que cada vez llegaba con más dificultad. Mi respiración se volvió un silbido entrecortado. Los gritos de Krohonan, sus súplicas desesperadas, empezaron a perder fuerza, volviéndose un eco lejano bajo el agua.

Krohonan me apretó contra su pecho con tal fuerza que sentí sus latidos desbocados contra los míos, que se apagaban.

Mis labios se movieron, rozando su piel, sabiendo que era el final.

—Tal vez... en otra vida... —susurré, con la voz ahogada en sangre, aceptando que esa visión del sol jamás ocurriría.

Él negó con la cabeza frenéticamente, pegando su frente a la mía, llorando con una furia impotente.

—¡No! —sollozó, clavando sus ojos violetas en los míos, negándose a aceptar el consuelo—. En todas me dolería perderte. ¡Me niego a dejarte ir!

Le creí. Y eso hizo que doliera más.

Mis párpados pesaban toneladas. Iba cerrando los ojos, entregándome a la oscuridad, cuando vi una última sombra. Detrás de Krohonan, Nerón se levantaba de entre los escombros. Tenía la daga en alto, listo para clavársela por la espalda al hombre que me sostenía. Quise gritar. Quise advertirle. El brazo de Nerón bajó con fuerza.

El impacto visual de esa traición final me hizo abrir los ojos de golpe.

—¡AHHH!

Di una gran bocanada de aire, violenta y dolorosa; tan profunda que sentí mis pulmones arder al expandirse. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis ojos, nublados por la muerte, lucharon por adaptarse a una luz blanca, cegadora y artificial.

¿Dónde estoy?

No había olor a azufre, ni a sangre, ni a flores exóticas. Olía a desinfectante, a cloro y a encierro. No estaba en una sala de piedra, sino sobre un colchón firme cubierto por una manta blanca y áspera. Al mover el brazo, sentí el tirón de varias vías intravenosas clavadas en mi piel, conectándome a bolsas de plástico que colgaban de un soporte metálico. El silencio de la habitación solo era interrumpido por el pitido rítmico y constante de un monitor cardíaco.

—¿Milenka? —una voz conocida, pero extrañamente diferente, llamó desde la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.