El portal a Apricon.

36

En... coma.

¿En coma?

La palabra rebotaba en las paredes blancas de mi mente, carente de sentido.

Cuando desperté de verdad, cuando el pitido de las máquinas dejó de ser un sonido lejano y se convirtió en una tortura rítmica, no emití ningún ruido. No grité, no avisé a nadie.Ni siquiera tuve la fuerza —o el deseo— de levantarme.

Simplemente me quedé allí, estática, mirando el techo y contando las grietas de la pintura mientras intentaba reconciliar el sabor de la sangre de Krohonan en mi boca con el sabor a plástico seco de la cánula de oxígeno en mi nariz.

Estuve así por horas, inmóvil, suspendida en una nada gris, procesando el silencio.

Hasta que la puerta se abrió. Una enfermera entró distraída, revisando unos papeles. Al levantar la vista y encontrarse con mis ojos abiertos y fijos en ella, se congeló.

La carpeta que llevaba en las manos resbaló de sus dedos y golpeó el suelo con un estruendo que me hizo saltar el corazón.

La miré fijamente. Su rostro se me hizo familiar de una forma inquietante.

—¡Dios mío! —exclamó.

Tenía el cabello largo, oscuro y recogido en una coleta tirante. Sus ojos eran rasgados. Y la forma en que, tras recuperar la compostura, salió disparada por el pasillo —casi deslizándose, rápida y fluida— gritando "¡Despertó! ¡Despertó! ¡La paciente del 304 despertó!", me sacó una sonrisa involuntaria.

Se movía con una fluidez extraña, casi deslizándose, como si bajo ese uniforme blanco escondiera una cola de serpiente.

—Igualita a la Lamia... —pensé, y mi propia voz sonó como lija rascando madera.

En cuestión de minutos, el silencio sepulcral de mi habitación se convirtió en el backstage de un concierto de rock.

Tres enfermeras más entraron a revisarme las pupilas como si buscaran oro, los signos e incluso sentí a alguien tocarme los pies.

Detrás de ellas, un hombre en bata blanca —el médico, supuse— me miraba atónito, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, incapaz de formular una frase coherente debido a la euforia científica.

—Es un milagro... —balbuceaba el doctor—. Simplemente un milagro.

Pero el milagro real —o la verdadera pesadilla— empezó cuando avisaron a mi familia, el caos organizado se convirtió en una avalancha.

Mi madre no entró; irrumpió. Se lanzó encima de mí, ignorando los tubos y los cables, llorando con un llanto gutural que me humedeció la bata en segundos. Mi padre, siempre tan estoico,un hombre que normalmente guarda sus emociones en una caja fuerte; me besaba la mano, luego el brazo, la mejilla, la frente, y volvía a la mano, como si necesitara comprobar táctilmente que yo estaba allí.

Mi hermano me estrujó en un abrazo que casi me devuelve al coma por falta de aire.

—¡Mira, Milenka! —dijo él, limpiándose la nariz con la manga—. ¡Te traje algo para que te cuide!

Metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña serpiente negra.

Me quedé helada.

—La rescaté en la escuela —explicó orgulloso—. Le falta un colmillo.

La serpiente se enroscó en su dedo, sacando una lengua bífida. Era negra como la noche. Pequeña, sí, pero idéntica.

¿Cómo es posible que sea tan parecida a la de Krohonan?

Un vértigo me recorrió la espina dorsal. Miré a la enfermera que seguía dando órdenes en el pasillo, con ese tono de voz que ahora me recordaba demasiado a los chillidos de las Lamias cuando Krohonan se negaba a comer.

Miré la serpiente. El pánico empezó a rozarme la nuca.

Entonces... ¿Apricon fue real o no?

¿Apricon existia o mi cerebro simplemente recicló los elementos de mi realidad para construir una fantasía épica?

La serpiente estaba aquí, pero era solo un reptil de diez centímetros.

¿Nada había ocurrido?

¿Krohonan, Nerón, Valian... todo fue un sueño?

Antes de que pudiera entrar en una crisis existencial, la puerta se abrió de nuevo y entraron los chicos.

Mis amigos.

Nunca me había sentido más feliz de ver caras conocidas hasta ahora.

—¡Milenka! —Vladimir fue el primero en quebrarse en cuanto cruzó la puerta, ocultando su rostro tras sus manos grandes.

Pero fue Nikolay quien rompió todos mis esquemas, no dijo nada. Se lanzó hacia la cama, apartando a mi hermano, y me plantó un beso. Un puto beso en los labios. Un beso real, cargado de una desesperación y una alegría tan cruda que me dejó atónita.

—¿y este lesbiano que? —se quejó mi hermano tirado en el suelo.

—¿No era su amigo? -cuestionó mi padre y mire a mi madre de reojo asentir con la cabeza.

Fue rápido, torpe y salado por las lágrimas, pero me dejó atónita, con los ojos abiertos como platos. fue improvisto y estatico, sobretodo estático, como quien beso a un espejo. Creo que ni él mismo fue consciente de lo que hizo; en cuanto se separó y la euforia bajó un poco, se puso rojo como un tomate.

—¿Me acabas de besar? —le susurré, aún en shock.

—¡No! —lo negó a muerte, poniéndose rojo hasta las orejas—. Fue... fue un abrazo efusivo.

—Te la comiste a besos, hermano —se burló Konstantin, entrando el último, aunque sus ojos también brillaban húmedos

—Se lo embarraste en la cara —rió vladimir—. ¡Admítelo!

—¡Que no!

pero Nikolay lo negaba a muerte, diciendo que "había sido un impulso fraternal".

—Claro, un impulso fraternal con lengua —se burló Konstantin, aunque su mirada seguía fija en mí, seria y cargada de algo que no pude descifrar.

Nos reímos. Por un momento, todo fue perfecto. Estaba viva, mis padres me amaban, mis amigos estaban aquí. El dolor del pecho parecía lejano.

Entonces, la atmósfera cambió. Konstantin carraspeó y se puso serio. Se giró hacia mi familia, pero sobretodo, hacia Vladimir y Nikolay.

—¿nos pueden dejar a solas un momento? —pidió—. Necesito darle... las noticias.

El estómago se me apretó.

—¿Qué noticias? —preguntó Nikolay, todavía nervioso.




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