La garganta me arde, la nariz me escose y al abrir los ojos veo todo en blanco cegador que poco a poco se disipa, hasta encontrarme en una especie de calabozo semioscuro, de esos que solo ves en las películas de serie B o en museos de la Inquisición. Las paredes eran de piedra fría y las únicas fuentes de luz eran unas antorchas que chisporroteaban con un fuego en las paredes.
—No soy fetichista para soñar este tipo de cosas.
Me pongo de pie, ignorando el mareo, y camino hacia los barrotes Los palpo. El metal está frío, húmedo y huele a óxido. Se sienten muy reales. Demasiado reales.
Unos pasos se oyen a lo lejos.
—¡Hoolaa! —grito, intentando que mi voz no tiemble—. ¿Alguien me puede sacar de aquí, por fi?
Una sombra se aproxima. Es enorme. Se expande por las paredes, engullendo la luz de las antorchas. Es la silueta de un hombre, pero… grande. Anormalmente grande y ancho.
—Oiga, señor guardia, le juro que no estaba invadiendo propiedad priva…
La frase se me muere en la garganta.
Cuando la figura entra en el círculo de luz, lo único que puedo hacer es gritar.
No es un hombre. Es una montaña de carne deforme. Su piel es tensa, grisácea, cubierta de pústulas que supuran. Pero lo peor es su cara: en el centro de la frente, donde debería haber dos ojos, hay una sola cuenca enorme, profunda y deforme, albergando un ojo amarillento.
Grité.
Grité tan fuerte que sentí que se me desgarraban las cuerdas vocales. El monstruo hizo una mueca de dolor y se tapó las orejas (o los agujeros que tenía a los lados de la cabeza) con sus manos, que parecían jamones, mientras también gritaba, un sonido gutural que hizo temblar el techo.
Corrí al otro extremo del calabozo, chocando contra la pared de piedra.
—¡AYUDAAA! —chillé, buscando cualquier cosa para defenderme.
Nunca dejé de gritar, ni siquiera cuando la bestia sacó una llave gigantesca y abrió la reja con un chirrido metálico. Me agaché, agarré un puñado de piedras y tierra del suelo y empecé a tirárselas con la desesperación de un animal acorralado.
—¡ALEJATE!
Las piedras rebotaron en su pecho desnudo como si fueran bolas de papel. El monstruo ni se inmutó. Se acercó más, eclipsando la poca luz que tenía. Me sujetó por la cintura y me lanzó sobre sus hombros tachando el fin de mi vida.
—¡POR FAVOR, NO ME HAGAS NADA! —pataleé, golpeando su espalda dura como roca con mis puños inútiles—. ¡BÁJAMEEEEEE! ¡TENGO CÁNCER, SEGURO SEPO HORRIBLE!
—Ca…lla…te.
El monstruo habló. Su voz era un crujido gutural que me revolvió el estómago. El hecho de que pudiera comunicarse me alteró aún más que su apariencia. Si hablaba, razonaba. Si razonaba, sabía exactamente lo que me iba a hacer.
Me llevó por un pasadizo aún más oscuro, donde la visión se me perdió por completo. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes.
Es la peor pesadilla que he tenido en toda mi vida.
Si no me mata el cáncer, me muero del susto al despertar.
Lo sentí subir. Escalones y más escalones. Yo seguía pataleando, mis manos rozando las paredes de piedra húmeda, hasta que de repente la luz me golpeó el rostro con tal intensidad que me encegueció. Por un momento, el asombro venció al miedo y dejé de luchar.
Estábamos en un lugar enorme y brillante. Parecía la entrada principal de un castillo de cuento de hadas, pero diseñado por alguien con gustos góticos. El techo era altísimo, lleno de puertas de madera oscura en el segundo piso, conectadas por dos escaleras de cristal que brillaban como diamantes a los extremos del salón.
Había gente… o criaturas. Oí bulla, murmullos, risas extrañas. El cíclope se dirigía hacia una de las puertas laterales.
Si entro ahí, no salgo.
Como último intento desesperado por escapar, agarré el cabello grasoso y enmarañado del cíclope con ambas manos y jalé hacia atrás con todas mis fuerzas, usando el peso de mi cuerpo.
La bestia rugió, desestabilizándose. Tropezó con sus propios pies gigantes y se inclinó lo suficiente para que yo resbalara de su hombro y cayera al piso de mármol. El golpe me sacó el aire, pero la adrenalina fue más fuerte.
No esperé más. Me puse de pie y hui.
Corrí como nunca en mi vida había corrido, ignorando el ardor en mis pulmones y el dolor en mi pecho.
El monstruo me persigue detrás no me da chance de llegar a la salida y entro a la primera puerta que encuentro abierta.
Bajé el pestillo con manos temblorosas, con la idea absurda de que un simple trozo de metal detendría a una montaña de músculos.
Retrocedí, jadeando, sin apartar la mirada de la madera.
¡PUM!
La puerta se sacudió violentamente. La bestia comenzó a gruñir y golpear desde el otro lado. La madera crujió. En cualquier momento la rompería para comerme
Le rezo a los mil ángeles, pero freno cuando choco con algo a mi espalda.
—Las duchas de mujeres está al otro lado.
Me quedé petrificada. Me giré lentamente y el aire se me escapó de los pulmones por una razón distinta al miedo.
Frente a mí, emergiendo del vapor, había un hombre. Estaba semidesnudo, me observaba con una mezcla de aburrimiento y fascinación.
Pero lo que me heló la sangre fue el movimiento entre su cabello: una serpiente de escamas negras estaba enredada en sus mechones, irguiéndose para mirarme, su lengua bífida probando el aire a centímetros de mi nariz.
—Y-yo… —mi voz murió.
Él dio un paso hacia mí, obligándome a mirar hacia arriba para encontrar sus ojos, grises, de pupilas verticales, y una sonrisa perezosa curvó la comisura de sus labios. La serpiente se deslizó desde su cabeza hasta sus hombros, rodeando su cuello como una joya viviente. El chico extendió una mano, sus dedos rozaron mi mandíbula.
—No eres de aqui —murmuró, su voz descendiendo a un tono íntimo, casi carnal.
La lengua se me enreda, tengo la cabeza nublada y cuando pensé que nada podía ser peor, la puerta estalla con la entrada del furioso cíclope.
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Editado: 11.02.2026