El Portal A Apricon.

04

Por mi propia salud mental, decidí seguir creyendo que todo esto era un elaborado delirio febril producto de la radiación del lago o, peor aún, que finalmente había estirado la pata y el más allá era un episodio de National Geographic dirigido por Guillermo del Toro. Con esa "lógica" de supervivencia, acepté regresar al interior del Cuartel de Apricon.

—Ay, disculpa, no preguntamos tu nombre —exclamó Annalis.

—Milenka.

— ¡Que extraño nombre! —se mofó Nerón junto con el de la hoja en la cabeza, y la serpiente de Krohonan le mordió el brazo.

—Me parece un nombre… exótico—corrigió Annalis, ignorando el escándalo.

¿Mi nombre le parece extraño? Me dieron ganas de reír. Ella parece un avestruz y el otro es literalmente un híbrido de Calvin Klein y un zorro.

¿Y yo soy la rara?

—¿Esto es real? —volví a preguntar, necesitando un ancla—. ¿En serio? ¿No voy a despertar en mi cama de hospital con una enfermera cambiándome el suero?

—Si —respondió Annalis con una calma gélida—. Ustedes nos llaman: mitos o leyendas; nosotros reconocemos a los humanos como Demonios.

—Que lindos —di a conocer mi sarcasmo.

Siempre quise ser la villana de un cuento

—No lo tomes personal, somos los únicos que quedamos después de la batalla contra los humanos en la edad media, cada vez quedamos menos especies.

—Por eso la amable bienvenida —apuntó Nerón, frotándose el brazo mordido.

—¿Encerrándome y siendo custodiada por un horrible ciclope? —reproché.

—¡No le digas así! —me reprendió Nerón, genuinamente ofendido—. Puedes herir sus sentimientos. Los Polifemo son muy sensibles.

—Típico de humanos —mofó Krohonan.

—¿Que quisiste decir con eso? —me gire a encararlo.

—Es típico que ustedes los humanos juzguen todo por su apariencia, esos los hacen más despreciables.

Quería contradecirlo, pero su lógica fría me dejó sin palabras. Él tenía razón y por alguna razón eso me molestaba.

—Todo esto es nuevo para ti —me defendió Annalis—. Es normal que estuvieras impactada, lamento lo del calabozo.

—Pudo ser peor —animó el chico del que aún no sé su nombre.

Necesito saber su nombre antes de que empiece a llamarlo Lechuga.

—Mandarte con los minotauros —añadió Krohonan con una sonrisa torcida.

—¡Está mintiendo! —Annalis rio con nerviosismo—. El laberinto del Minos lo usamos solamente con los que sentenciamos a muerte.

—Ah, me alegro. Eso me tranquiliza muchísimo.

Creo que ellos no reconocen el sarcasmo por el chico de cabello largo y Annalis sonríen satisfechos.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó ella.

—Estaba de excursión con unos amigos, encontré un lago que en mi mundo consideraban peligrosos. Un caballo me empujó al lago.

—¿El lago era rojo? —inquirió.

— Completamente. Parecía sopa de tomate.

—¿De qué? —Nerón torció la nariz, confundido.

—Tomate. Una fruta, a veces vegetal, al principio verde y luego roja... olvídalo —repetí con una media sonrisa, pero me detuve al notar el ambiente.

Los hombres se miraron entre sí, con los ojos abiertos como si estuvieran asombrados… o asustados.

—Qué extraño… —murmuró ella, pensativa—. Los lagos de hipocampo se cerraron hace siglos, cuando ellos se extinguieron

— ¿Hipocampos? ¿Eso en verdad existe?

Annalis afincó su mirada en mí y el hombre de dos tres se cruzó de brazos, resistiendo la risa.

—Pero el que vi era un caballo normal, con cuatro patas. ¿Que los hipocampos no tienen cola de pez?

—Dentro de agua —explicó Annalis con paciencia distante—, si suben a la superficie su apariencia cambia.

Krohonan se metió en la conversación:

—Lo que no tiene sentido es ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué tú, una inmunda humana?

—¡Oye! —Me olí la camisa instintivamente.

—Que apesta —se tapó la nariz.

—La última vez que los hipocampos aparecieron fue en la guerra Media —acotó el de la hoja en la cabeza.

—Apricon está en paz desde que desaparecieron las sirenas.

Ah, de paso existe sirenas.

Faltaba Ariel en esta ecuación.

—Si… aaam… con respecto a eso Ana —por primera vez se ve a Krohonan nervioso. Inquieto.

Empujó a Nerón pidiendo claramente que hablara por él.

—Se… Se reveló que el ataque del pueblo aledaño fue a causa de una… si…re…na

¿Por qué parecía que le tenían miedo a Annalis?

Ella parpadeo.

Se levantó de su silla con mucha calma y si no fuese porque krohonan desplegó una de sus alas hacia a mí para cubrirme a tiempo, ya no estuviera viva.

De un momento a otro Annalis explayó sus alas y las plumas fueron expulsadas cual balas.

—¿¡Y CUANDO PENSABAN DECIRME?! —bramó, su voz distorsionada por un chillido de ave de rapiña.

Nerón se ocultó detrás de Krohonan.

—Ho-hoy ¡Íbamos a decírtelo hoy!

—¿¡HACE CUÁNTO LO SUPIERON?! —exigió ella, avanzando un paso, la ira deformando sus hermosas facciones.

Krohonan, en un acto de traición magistral, dio un paso a un lado dejando a Nerón totalmente expuesto.

Yo, por puro instinto de conservación, hice lo mismo.

—U-una se-semana.

Fue solo un parpadeo. Pestañeé una sola vez, y eso le bastó a Annalis para cruzar la sala, agarrar a Nerón por el cuello de la camisa, alzar el vuelo hasta la cima de la cúpula de cristal del invernadero y, sin una gota de piedad, dejarlo caer en caída libre directo hacia la cascada.

El zorro gritó en el aire y el impacto contra el agua resonó en todo el lugar.

Segundos después, Nerón salió del agua tosiendo, empapado hasta los huesos, con las colas aplastadas y luciendo realmente aterrorizado.

Annalis aterrizó en el borde de la fuente, sacudiendo sus alas con elegancia mortal, mirando al zorro empapado desde arriba.

—La próxima vez que me oculten una amenaza de nivel de extinción —siseó la arpía, con un tono peligrosamente bajo—, les juro por los dioses antiguos que los usaré de carnada viva. ¿Quedó claro?




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