El Portal A Apricon.

05

El comedor del Cuartel General de Apricon era, a falta de una mejor descripción, la cantina de Star Wars pasada por un filtro de alta fantasía medieval. Las mesas estaban talladas en enormes bloques de cuarzo bruto y la iluminación provenía de extrañas lianas fosforescentes que colgaban del techo abovedado.

—Tienes suerte, Milenka —dijo Nerón, repantingado en su silla con una laxitud que rozaba lo indecente. Sus colas de zorro se mecían perezosamente bajo la mesa—. Literalmente. A los licántropos les da por pelearse por las raciones de carne cruda. Es un dolor de cabeza.

Llevábamos media hora sentados ahí, y parecía que nos conocíamos de toda la vida. Hablaba con una confianza descarada, soltando bromas de pésimo gusto sobre los demás habitantes del cuartel, y yo le seguía el ritmo. Parecía que, en medio del fin del mundo, el zorro y yo compartíamos la misma única neurona funcional. Nos reíamos a carcajadas de estupideces, ignorando por completo la barrera entre mi humanidad y su naturaleza bestial.

—Me caes bien, Milenka. Para ser un demonio sin pelo—admitió, sacando de entre las ropas de su casaca un objeto alargado y esbelto. Era una pipa de madera oscura, bellamente labrada, con una boquilla de metal brillante.

—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la fina columna de humo dulce que se elevaba de la cazoleta.

Nerón sonrió de medio lado, dándole una calada lenta antes de exhalar un aro de humo perfecto que flotó sobre mi cabeza.

—Se llama kiseru —explicó Nerón, soplándola con orgullo—. Contiene una mezcla de hierbas del valle bajo. Relaja los canales de energía. Aunque dudo que tu cuerpo de cristal pueda soportarlo.

—Por favor, he fumado cosas peores en los callejones de Ámsterdam —le arrebaté la pipa con un movimiento rápido, ignorando su mueca de sorpresa.Lo tomé con ambas manos, imitando su pose experta, y aspiré con fuerza.

El infierno mismo entró por mi garganta.

No era tabaco, era como inhalar fuego líquido mezclado con especias amargas y corteza de árbol quemada. Mis ojos se llenaron de lágrimas al instante. Empecé a toser de forma violenta, golpeándome el pecho con el puño mientras el humo se me escapaba por la nariz, haciéndome jadear en busca de oxígeno.

—¡Por... cof... los Dios... cof, cof! ¡Sabe a ceniza de muerto! —chillé, devolviéndole la pipa casi arrojándosela a la cara.

Nerón estalló en una carcajada tan estridente que sus colas doradas se agitaron detrás de él, barriendo el suelo.

—¡Ay, los mortales son tan graciosos! —se burló, limpiándose una lágrima falsa de la comisura del ojo—. Este humo es un manjar. Deberías sentirte honrada de compartir el kiseru conmigo.

—¿Cómo demonios puedes disfrutar de algo que sabe a quemado?

—Soy un Kitsune, por si no te habías dado cuenta. Uno de los seres más importantes, místicos y letales que pisarán jamás este suelo. Básicamente, soy realeza espiritual envuelta en un paquete increíblemente guapo.

Rodé los ojos, recuperando por fin el aliento, con la garganta ardiéndome.

—¿Un qué? ¿Un kitsune? —lo miré de arriba abajo, esbozando una sonrisa burlona—. Para mí que eres solo un híbrido entre un modelo de catálogo de ropa interior y un chihuahua atropellado.

—¡Qué insolencia! —Nerón fingió una ofensa dramática, llevándose una mano al pecho—. La envidia te corroe, Milenka.

Antes de que pudiera lanzarle otra pulla, una mujer alta se acercó a nuestra mesa. De la cintura para arriba era increíblemente hermosa, con piel pecosa y orejas alargadas, pero de la cintura para abajo... tenía el cuerpo moteado y las patas de un ciervo.

La mujer se inclinó hacia Nerón, ignorando por completo mi existencia, y le susurró algo al oído con una sonrisa coqueta y una voz cantarina.

—Nerón... —susurró la mujer mitad ciervo, inclinándose sobre su hombro con una sonrisa cargada de intenciones descaradamente coquetas. Le susurró algo al oído que no logré captar, pero que hizo que los ojos del Kitsune brillaran con picardía.

A Nerón se le iluminaron los ojos de inmediato. Sus orejas de zorro se irguieron.

—Con muchísimo gusto, preciosa—se puso de pie de un salto—. Milenka, el deber me llama. La diplomacia entre especies no descansa. Invéntate algo para no sentirme tan culpable de dejarte sola.

Y así, sin más, el muy canalla se marchó tras el contoneo de la mujer ciervo, dejándome completamente sola en medio del inmenso comedor.

Solté un suspiro, apoyando la barbilla en mi mano. Iba a levantarme para explorar cuando el sonido de unas botas pesadas contra la piedra llamó mi atención.

Por la doble puerta de la cafetería vi pasar a un ser alto, imponente, envuelto en una túnica oscura. Sus gigantescas alas de murciélago estaban firmemente plegadas a su espalda, aunque la izquierda lucía un vendaje improvisado y rústico donde las plumas de Annalis se habían clavado más temprano.

Era Krohonan.

Mi cerebro, moldeado por años de leer novelas de fantasía y romance en Wattpad a las tres de la mañana, hizo un cortocircuito maravilloso.

¡Por Dios, esto es un enemies to lovers de manual. Me salva de una muerte segura y me trata mal. El chico malo, huraño y peligroso que resulta herido por proteger a la protagonista.

Sentí que una oleada de calor me subía a las mejillas.

¡Yo iba a ser la protagonista que derritiera su corazón de hielo!

Me levanté de un salto, alisándome la ropa sucia e intentando adoptar una postura casual pero atractiva. Corrí hacia el pasillo por donde había desaparecido y lo alcancé un par de metros más adelante.

—¡Krohonan! —lo llamé, modulando mi voz para que sonara un poco más tímida y coqueta.

Él se detuvo en seco y giró lentamente la cabeza. Su serpiente negra asomó desde su cuello, siseando en mi dirección. La expresión del hombre era de absoluto y genuino fastidio.

—¿Qué quieres?

No me achiqué. Lo miré a esos ojos que prometían muerte y forcé una sonrisa valiente.




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