Estaba a punto de preguntar si en este mundo vendían protector solar para humanos, cuando de repente, todo mi intento por mantener un perfil bajo se fue directo al traste, me detuve en seco frente a un puesto.
La culpa fue de una manzana dorada.
Me solté sutilmente del agarre de Krohonan y me acerqué corriendo a un puesto. Estaba suspendida sobre un cojín de terciopelo en uno de los puestos más lujosos del bazar, desprendiendo un fulgor tan cálido, limpio y destellante que parecía un trozo de sol embotellado.
—¡Por Dios, mira esto! —exclamé, completamente maravillada, estirando la mano para tocarla—. Es preciosa... ¿De verdad es una fruta o es una especie de joya mágica?
Un tirón violento de mi capucha me arrastró hacia atrás, haciéndome tropezar. Krohonan se interpuso entre el puesto y yo, con el rostro endurecido por una mezcla de ira y vergüenza ajena.
—¡¿Te puedes comportar de una maldita vez?! —me siseó fuertemente entre dientes, fulminándome con sus ojos grises—. Te dije que mantuvieras la cabeza baja. Estás llamando la atención de medio mercado con tus gritos de retrasada mental. Si sigues actuando como una salvaje nos van a descubrir antes de que crucemos la siguiente calle.
El regaño me cayó como un balde de agua helada. La emoción se me evaporó del cuerpo instantáneamente. Dejé caer los brazos a los costados, bajando la mirada hacia mis desgastadas botas y sintiendo un nudo amargo en la garganta.
—Lo siento... estaba... emocionada —susurré, con la voz apagada—. Es que en mi mundo no tengo tanta energía como ahora. Todo aquí se siente... vivo. No volverá a pasar.
Quisiera decirle que sufro de fatiga crónica y nunca tengo tanta energía como ahora. Sentir que puedo respirar y correr sin que me duelan las costillas hizo que me olvidara de dónde estaba. Pero no quiero que me traten de cristal.
Krohonan soltó un suspiro largo, un sonido que contenía más cansancio que ira, pasando una mano por su sien, dispuesto a decir algo.
Pero jamás pudo articular la palabra.
Una densa y estridente explosión morada nos encegueció. Fue un estallido de humo morado nos cegó por un segundo
Por un momento, el pánico me hizo retroceder, aferrarme a Krohonan para no gritar. Antes de que el humo se disipara, Krohonan ya tenía a alguien sujeto por el cuello.
—Te dije que no nos siguieras, zorro.
Otra nube de humo, esta vez gris y sucia, me hizo cerrar los ojos y toser. Cuando los abrí, Nerón se había zafado y estaba escondido detrás de mí, usándome como escudo humano.
—¡Estaba aburrido! —se quejó Nerón, asomando la cabeza por encima de mi hombro.
—¡Anda a cazar liebres! —Krohonan se aproximó, y hasta ahora me doy cuenta de los colmillos que le han crecido.
—N-no tengo problemas con que venga con nosotros.
Prefería intervenir antes que ocurriera algo más. La verdad es que la dinámica de "perro y gato" (o hada y zorro) se me hacía extrañamente familiar. Me recordaba a mis amigos en casa, si mis amigos tuvieran poderes sobrenaturales y tendencias homicidas.
—¿Crees que esto es por ti? —Riñó Krohonan—. No tolero estar ni un minuto con este estúpido.
Auch.
—Y si quieres vivir lo suficiente para tener una minúscula oportunidad con Annalis —continuó Krohonan, mirando a Nerón con desprecio—, más te vale no colmarme la paciencia. ¿Entendiste?
¿Annalis?
Mis cejas se dispararon hacia arriba. Miré de reojo a Nerón. El zorro asintió súper rápido, con las orejas gachas y la cara roja.
—Si.
El hada (sigo sin creer que sea un hada) rodó los ojos dándonos la espalda y retomó el paso. Por la seguridad de ambos, nos mantuvimos callados, siguiéndolo como patitos obedientes hasta salir del bullicio del bazar.
Por la seguridad e integridad física de ambos, Nerón y yo nos mantuvimos callados el resto del trayecto, siguiéndolo de cerca como dos patitos obedientes y asustados
Caminamos durante varios minutos por un sendero empedrado que se alejaba de la civilización mística. Nerón, que ya no aguantaba el silencio, se adelantó un poco y le cuestionó a Krohonan con voz quejumbrosa:
—Oye, ¿a dónde estamos caminando tanto? Las mejores tiendas de ropa y sastrería del bazar quedaron kilómetros atrás.
Krohonan no respondió absolutamente nada. Ni siquiera hizo el ademán de escucharlo; se enfocó exclusivamente en seguir caminando. Intercambié una mirada de total confusión con Nerón, levantando los hombros en señal de que no tenía la menor idea de a dónde pretendía llevarnos el hada, pero, extrañamente, descubrí que no sentía desconfianza real hacia él. Sabía que era grosero, pero no me dejaría morir en un callejón.
Mis ojos se desviaron hacia un pequeño puesto abandonado en el límite del camino del cual no pude evitar acercarme. Sobre un estante empolvado, vi una lámpara bellísima y peculiar: era una esfera de cristal completamente transparente que encerraba en su centro una llama de un color púrpura brillante. Lo fascinante era que, desde el fuego central, se extendía una intrincada red de líneas luminosas y puntos plateados que flotaban, moviéndose lentamente, recordando a mis constelaciones.
Me quedé hipnotizada viéndola, retrasando el paso.
Nerón lo notó, se colocó a mi lado y soltó un silbido bajo.
—Es preciosa... —susurré, estirando la mano hacia el cristal.
Nerón me dio un suave golpe en los dedos para detenerme.
—Es ridículamente costosa para gastar esmeraldas en esa baratija que solo sirve de adorno. Pero bueno... al menos tengo que admitir que tienes un excelente gusto para las antigüedades.
Sonreí levemente. Caminamos hasta las afueras del pueblo, donde los árboles se volvían retorcidos y el aire se sentía pesado y húmedo. Nos detuvimos frente a una cabaña que parecía inspirada en las pesadillas de un arquitecto depresivo. Estaba cubierta de musgo negro, la madera parecía podrida y las ventanas estaban tapiadas.
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Editado: 08.06.2026