Tengo calor, mucho calor.
Quiero abrir los ojos, pero la falta de oxígeno me hace doler el pecho. Sin embargo, sentía algo más, una caricia delicada, cálida, el tipo de contacto que te hace creer, aunque sea por un segundo, que todo va a estar bien.
— ¿Milenka? Milenka despierta, por favor.
Esa voz… mi corazón dio un vuelco. Es Konstantin.
Pero, ¿por qué se oía tan preocupado? ¿Por qué sonaba como si me hablara desde el fondo de un túnel?
— ¿Habrá tragado agua? —preguntó Vladismir.
—No —respondió Nikolay, y noto una urgencia en su tono que no le conocía—. Llegue a tiempo para sacarla del lago.
¿Lago?
Mi mente luchó por conectar los puntos. El lago rojo. El caballo negro. El ácido.
Espera. ¿No estaba en Apricon?
—Cállense los dos —mandó Konstantin —. Está despertando.
Lo confirmo, Konstantin me tiene en su pecho, frotando mis brazos para darme calor.
—¿Que es Apricon? —preguntó Nikolay.
La pregunta flotó en el aire.
¿Lo abre soñado?
Una oleada de alivio y decepción me recorrió al mismo tiempo. Entonces… ¿nada era real? ¿Krohonan, Nerón, la magia… todo fue mi cerebro?
—¿Chicos? —Mi garganta ardía como si hubiera tragado brasas.
Poco a poco fui abriendo los ojos, esperando ver el cielo gris de Rusia o las caras preocupadas de mis amigos.
Pero no vi el cielo.
Vi el infierno.
Me di cuenta de que las "caricias cálidas" eran en realidad olas de calor abrasador. Las siluetas de mis amigos se disolvieron en columnas de humo negro y denso.
¿Qué…?
—¡Sigo en Apricon! — mire a todos lados, pero solo vía el fuego expandirse y aun me sentía débil—. ¡Ayu…!
No alcance a gritar. No cuando una figura salió entre las llamas.
Era una mujer, o algo que intentaba parecerlo. Era la criatura más horrible que había visto en los libros de Valian: una Sirena. Su piel tenía un brillo aceitoso, sus ojos eran dos pozos negros sin pupila y sus dedos terminaban en garras palmeadas que goteaban un líquido viscoso.
—¡Auxilio! —me puse de pie en la cama esquiando la daga que me lanza.
En mi desesperado intento le arrojo todo lo que tengo a mi alcance, pero ellas las esquiva.
No hay salida. La puerta estaba bloqueada por el fuego. Éramos ella, yo y su grito tan agudo que me perforan las orejas.
—¡Milenka!
La puerta de la habitación vuela en pedazos.
Nerón entró derribando los restos de madera, con sus colas agitándose frenéticamente. Tosió al inhalar el humo, y por un segundo vi la duda en sus ojos: ¿salvarme a mí o atacar al monstruo?
La sirena no le dio tiempo a elegir y se lanzó contra él con un siseo.
—¡Abajo! —me ordenó Nerón, levantando las manos.
Me tiré de nuevo al suelo, protegiendo mi cabeza con los brazos.
La Sirena volvió a gritar, pero esta vez su voz fue ahogada por un rugido crepitante. Nerón alzó su mano y las llamas que devoraban mi cortina obedecieron su mandato. El fuego se remolinó y se lanzó como un látigo vivo hacia la criatura, empujándola hacia atrás.
—¡SAL DE AQUÍ! —gritó Nerón, manteniendo a la bestia a raya con una barrera de fuego—. ¡BUSCA A KROHONAN! ¡CORRE!
Me abrió un camino entre las brasas. No me lo pensaron dos veces. Corrí por el pasillo, tropezando con mis propios pies y tocando todas las puertas que encontraba.
La primera en aparecer es Annalis envuelta en una bata negra.
—¿¡Qué ocurre?! —exigió saber.
Intenté explicar, llena de pánico, señalando hacia mi cuarto de donde salía una columna de humo negro.
—¡Nerón! ¡sirena!
—¡Fuego! —gritaron por otro lado, pero ya Annalis había salido volando mi habitación.
El siguiente en aparecer fue Valian. Venía corriendo desde la escalera, con el cabello mojado y la cara pálida.
—¿A qué se debe tanto escandalo?
—Hay fuego y Nerón esta con una sirena
—¿Que?
Valian abrió los ojos desmesuradamente. Me tomó de la mano con fuerza, tirando de mí hacia las escaleras.
—Hay que salir.
—¡Ellos están adentro! —Me resistí, clavando los pies en el suelo—. ¡Annalis acaba de entrar!
—¡Nerón puede con eso! —Insistió él, desesperado—. Tú eres débil.
—Pero…
Lo próximo que sentí fue una explosión. Una llamarada salió disparada de mi cuarto como una onda expansiva que reventó las ventanas del pasillo. La fuerza del impacto me hizo soltar a Valian e ir corriendo.
Enterré las uñas en el tapiz de la pared para no caer, tosiendo.
Entonces, lo escuché.
Un grito desgarrador. No era el chillido sónico de ataque, era el sonido de algo siendo incinerado vivo.
Miré hacia la puerta destrozada de mi habitación. A través del infierno naranja, vi una silueta retorciéndose. La mujer, la sirena, seguía viva, moviéndose espasmódicamente mientras las llamas la consumían, derritiendo su piel como cera sobre hueso.
Nerón estaba en el suelo, aturdido por la explosión.
Pero lo que me heló la sangre no fue el fuego, ni el monstruo muriendo.
Fue Annalis.
La Arpía estaba de pie en medio de las llamas ardientes, inmune al calor. No atacaba. No ayudaba. Simplemente observaba. Annalis sonreía con una frialdad terrorífica mientras la sirena se deshacía lentamente a sus pies.
—¡Milenka! —Valian llegó a mi lado.
—¡Nerón! —grité, ignorándolo. Al ver al zorro intentar levantarse entre los escombros, mi instinto fue correr a sacarlo.
Una viga del techo, debilitada por el fuego, cayó con un estruendo justo frente a Annalis. Ella ni se inmutó. No movió ni un solo músculo.
—¡ANNA!
—¡Milenka, la habitación está por derrumbarse! —Valian me agarró de la cintura, tirando de mí con fuerza.
—¡Annalis vamos!
Pero ella no dejaba de mirar de mirar el cuerpo calcinado.
—¡Ella saldrá volando! —tiró de mi brazo fuera de habitación.
Justo antes de que el techo terminara de venirse abajo, escuche mi nombre.
No era la de Nerón, ni la de Annalis.
Venía del cuerpo calcinado que se arrastraba por el suelo, extendiendo una mano esquelética hacia mí.
La sirena sabía quién era yo.
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Editado: 11.02.2026