La primera sensación no fue visual; fue auditiva. El mundo, que antes se sentía como un susurro constante, de repente estalló en una sinfonía de detalles intrusivos. Podía escuchar el goteo de agua de una tubería a tres pasillos de distancia, el roce de las túnicas de los guardias en el corredor.
Con un quejido, me obligué a abrir los ojos, solo para encontrarme con una luz cegadora.
—¡Auch! —exclamé, pero mi voz sonó diferente, un poco más aguda.
Me llevé las manos a la cabeza de inmediato, quejándome por un dolor punzante.
Pero mis dedos no tocaron cabello. Tocaron una fina capa de pelaje ultrasensible y corto, y luego, una estructura triangular, suave pero firme, que se sacudió involuntariamente bajo mi tacto.
Me puse de pie con torpeza y me arrastré hacia el espejo de cuerpo entero que había en la esquina de la habitación. Lo que vi me hizo retroceder.
No era humana. O, al menos, no completamente.
Tenía el rostro de Milenka, sí, pero con una elegancia depredadora. Mis ojos marrones ahora tenían una profundidad dorada y mis pupilas se dilataban con una curiosidad insaciable. De mi cabello rubio emergían dos orejas que se movía de forma independiente, captando cada sonido de la habitación. Al abrir la boca, mis colmillos superiores se proyectaban con una nitidez amenazante.
—No puede ser... —murmuré, llevándome una mano a la cara. Mis dedos, un poco más largos rozaron mis mejillas.
Pero lo peor vino cuando bajé la vista. Detrás de mí, naciendo de la base de mi espalda baja sentí el peso. Un peso cálido, esponjoso y traicionero que se balanceaba tras de mí.
Giré la cabeza y ahí estaba: una cola larga que se movía con un ritmo propio.
Traté de agarrarla, de detenerla, pero la cola dio un latigazo en el aire, escapando de mis manos y golpeando el marco de la cama con un golpe seco. Me di cuenta con horror de que no tenía control absoluto sobre ella. Era como una extremidad con vida propia, un radar emocional que me traicionaría en el peor momento posible. Si estaba nerviosa, se erizaba como un cepillo de alambre; si me frustraba, daba latigazos furiosos contra el aire.
—¿Qué demonios...?
El resto del día fue una tortura de adaptación. El mareo era constante, y caminar en línea recta requería una concentración
Si intentaba pasar desapercibida, la cola golpeaba un jarrón. Si estaba molesta porque un guardia me miraba raro, la cola azotaba el suelo como un látigo atrayendo aún más miradas.
A medida que pasaban las horas, la frustración creció y en todo el maldito día no me topé con Krohonan por ningún lado. Parecía haberse evaporado de la faz de Apricon.
Esperaba encontrarlo en el comedor, o quizás en el patio de entrenamiento, pero el Cuartel era vasto y el silencio de Krohonan era más ruidoso que cualquier grito. ¿Tan fea quede? ¿Se arrepintió de haberme ayudado?
Para cuando cayó la tarde, estaba exhausta, frustrada y con ganas de llorar. Arrastré los pies hasta mi habitación, abrí la pesada puerta de madera y me dejé caer sobre la cama... o al menos esa era la intención.
Me detuve en seco.
Sobre mi cama, bañada por la luz tenue de la habitación, había una cesta enorme, rebosante de manzanas doradas que brillaban con una luz casi divina. A su lado, reposaba la lámpara del bazar, con su llama púrpura iluminando las constelaciones.
Giré la cabeza a ambos lados del pasillo, buscando a alguien.
—¿Qué rayos...? —susurré, con una sonrisa que sentí enorme.
Me acerqué lentamente, temiendo que fuera una ilusión. Toqué la superficie de cristal de la lámpara; estaba cálida. Agarré una manzana dorada, sintiendo su peso real en mis manos.
Busqué desesperadamente una nota, pero no había ningún remitente, absolutamente nada
Pero no me iba a quedar con la duda. Salí al pasillo principal buscando respuestas. No tardé en encontrar a Nerón.
—¡Nerón! —lo llamé, acercándome a paso rápido.
El Kitsune giró la cabeza, y al ver mis orejas de gato, una sonrisa de pura diversión se dibujó en su rostro. Sus ojos recorriendo mi transformación con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la admiración.
—Vaya —dijo él, soltando una risita nerviosa—. Te sienta mejor de lo que pensaba. Un Bakeneko de revista.
Nerón soltó una risita y se acomodó contra la columna, pero su mirada se desvió por un segundo, perdiendo su brillo burlón. Su expresión se volvió repentinamente seria, observándome con una intensidad que me incomodó.
—Oye, Milenka... —comenzó, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro íntimo—. ¿Qué era exactamente esa marca que Ragna copió en tu pecho?
El estómago se me encogió. El aire se me atoró en los pulmones.
—Parecía una cicatriz profunda... como si te hubieran cortado a traición con una espada ¿De dónde sacaste una herida de guerra tan brutal en un mundo humano sin magia?
Me tensé de inmediato. Las orejas se me pegaron por completo al cráneo y mi cola dio un latigazo violento contra mi pierna
¿Cómo le explico?
¿Cómo explicarle a una criatura mágica que en mi mundo mi propio cuerpo había intenta matarme?
Abrí la boca para confesarle la verdad, para decirle que yo no era ninguna guerrera, que solo era una humana enferma, débil y casi desahuciada que fingía estar bien.
—Nerón, yo...—dije, evitando su mirada— en mi mundo hay una enfermedad que…
El eco de unas botas pesadas resonaron en el extremo del pasillo.
Sus orejas de zorro se giraron hacia la puerta, la tensión en sus hombros fue inmediata.
Seguí su mirada. A lo lejos, caminando hacia las puertas de salida del cuartel, iba Krohonan.
—Eso se sintió raro… —murmuró—. Se veia molesto. ¿En qué nos quedamos?
Aprovechando la distracción, cerré la boca y cambié de estrategia. No estaba lista para la lástima.
—Me duele el cráneo por estas orejas —dije, intentando sonar casual—. Es como si pudiera escuchar el latido del corazón de cada criatura. ¿Es normal que piquen tanto cuando hay corrientes de aire?
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Editado: 08.06.2026