—Entonces ¿qué paso? —Válian le preguntó a Nerón mientras la enfermera, mitad serpiente, se aseguraba que sus signos vitales estuvieran estables.
—¡Entró Annalis como una ráfaga de viento, con su bastón empezó a luchar con la sirena mientras yo intentaba controlar las llamas…!
Quisiera haberle prestado más atención a su "relato épico", pero mi vista estaba fija en la enfermera. Era una mujer de la cintura para arriba, pero de ahí hacia abajo era una serpiente de escamas esmeralda que se arrastraba con una delicadeza, elegancia y una feminidad perturbadora.
Sin embargo, mi mente no podía evitar verla como la villana final de algún videojuego de terror de mi hermano. Cada vez que sus escamas rozaban el suelo de piedra, el sonido me producía un escalofrío que me recorría toda la espalda.
—¿Pero ¿cómo entró? —cuestionó Válian—. Reforzaron la seguridad en los límites después de lo que pasó en el bazar. No tiene sentido.
Esa era una excelente pregunta. Pero yo tenía una mejor: ¿dónde estaba Krohonan?
El cuartel había sido atacado, hubo fuego, explosiones, gritos. Todos los guardias salieron, hubo un caos monumental, pero ni su sombra se asomó.
Casi morimos asfixiados, y el "gran protector", la mano derecha de Annalis, ni siquiera se asomó. Me sentía extrañamente irritada. No es que necesitara que me rescatara —bueno, quizás un poco—, pero su ausencia se sentía como un hueco en el Cuartel.
—¿Y por qué, entre todos los lugares eligió ir a atacarte?
La inquietud en la voz de Valian alimentó mi paranoia. Mi mente empezó a formular teorías disparatadas, todas salidas de una película de conspiración de bajo presupuesto que tenían como protagonista al cocatriz.
¿Y si él dejó entrar a la sirena? ¿Y si se cansó de cuidarme? ¿Y si todo esto es una trampa?
Ninguna de las preguntas se respondió por la aparición de la líder.
—¿Como te sientes? —habló bajo, casi inaudible.
Se veía... mal. Su túnica estaba chamuscada y caminaba con una rigidez que delataba dolor.
—Mejor que tú, por lo que veo —contestó Nerón en un tono de burla, aunque sus ojos mostraban preocupación.
—¿Que le pasó a tu voz? —me acerque preocupada.
—Inhaló mucho humo —contestó la enfermera—. Se recuperará pronto.
Annalis asintió levemente y nos miró a todos.
—Solo vine a decirles que Krohonan llegará al alba con un informe de la seguridad, se fue a investigar los límites de Apricon por si vieron a alguien extraño entrar.
Era el momento. No podía quedarme callada.
—¿Y ahora? —solté, quizás con demasiada acusación en mi tono—. ¿Dónde estaba hace unas horas que nos atacaron? Se supone que él vive aquí, ¿no? Que protege este lugar.
—¿No te dijeron?
Annalis miró a Nerón, buscando algún apoyo o excusa.
—La habitación donde te quedabas… era de él —contestó el zorro, bajando la mirada—. Como te la cedió a ti, él tuvo que rentar una habitación en la posada del pueblo.
Me quedé helada.
—Krohonan no duerme en el cuartel desde tu llegada —finalizó Annalis dejándome con el corazón en la garganta—. Estaba lejos cuando el fuego empezó. Tal vez las sirenas aprovecharon eso para atacar.
Hubo un silencio sepulcral por un momento. No supe a dónde mirar. Fui dolorosamente consciente de mi actitud conspiranoica y desagradecida. El tipo me había cedido su cama, se había ido a dormir a una posada seguramente incómoda, ¿y yo lo acusaba de traidor en mi mente?
Soy una ingrata.
El quejido de dolor de parte de la arpía nos atrajo a todos.
—¡Anna! ¿estás bien? —preguntó Nerón, tratando de levantarse.
—Sí… solo es el ala —jadeó ella, enderezándose con esfuerzo.
—Te cayó un techo encima, milagro que sigas viva —resopló Nerón.
—Déjeme revisar, jefa —se acercó la enfermera con una jeringa que parecía diseñada para un elefante—. ¿Quiere un analgésico?
—¿Me dejará de doler? —preguntó Annalis, mirando el objeto con sospecha.
La enfermera sonrió, mostrando sus colmillos blancos y afilados de una forma que supongo debía ser tranquilizadora.
—Solo sentirá un peñisquito.
Los ojos de Annalis se abrieron desmesuradamente.
—¡No! —gritó, alejándose rápidamente hacia la puerta, chocando con el marco—. No es necesario. Iré a descansar.
—Pero mi señora, el dolor…
—¡He dicho que no! —Su voz sonó imperativa, casi asustada.
—Muy bien… —la Lamia bajó la jeringa, confundida—. Recuerde tomar mucha agua e hidratarse.
—Así haré —dijo Annalis, ya con un pie fuera—. Y Válian, cuando te desocupes puedes venir a mi oficina. Necesito hablar contigo.
—¿A-a solas? —cuestionó Nerón, alzando la cabeza como un perrito celoso..
Annalis ni siquiera respondió; salió prácticamente corriendo del lugar. No pude evitar soltar una carcajada. Ver a una Arpía guerrera huir de una aguja era la dosis de realidad que necesitaba para no volverme loca.
—¿Por qué contigo? —murmuró Nerón, indignado haciendo que ni risa fuera más escandalosa.
Válian se limitó a no dejarse rebajar al nivel del zorro.
—No imagine que le tuviera miedo a las inyecciones—comenté, todavía riendo.
Digo, por las garras del tamaño de mi cara, es irónico
Válian observó a la enfermera guardar sus utensilios en el gabinete.
—No le tiene miedo —mencionó.
—Tampoco es que era muy pequeña esa aguja—justifico su NO novio—. ¿La viste? capaz y te atraviesa todo el brazo.
—¿Se considera como brazo un ala? —pensé en voz alta.
Nerón alzó los hombros al igual que la sonrisa y retomó la gran hazaña que, según él, pondría su nombre en la boca de cada habitante de Apricon, mientras Válian y yo intercambiábamos una mirada de cansancio compartido.
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Editado: 08.06.2026